Diatriba infantil

Diatriba infantil

25 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

Ningún índice más elocuente sobre el estado de una sociedad que su infancia. Un informe de este diario sobre su situación nacional explica casi todo sobre la tragedia. Mientras sea así no habrá paz de verdad, que además no sería merecida. Lo que hasta hace poco se pudo disimular podría convertirse en adelante en la línea de donde el país no puede retroceder más, pero desde la cual podría empezar a recuperarse. En dos direcciones: la negativa, con leyes, tribunales y vigilancia especiales para delitos contra los niños; la positiva, de acción política sobre un objetivo sin el cual el país no puede tener la dignidad de la buena conciencia.

Una frase célebre estableció hace medio siglo terminantemente un contenido de indignación política a todo lo largo y ancho del mundo: "cualquier discusión es inmoral mientras haya un niño con hambre". En Colombia hay por miles, y no solo con hambre, lo que constituye el problema nacional social por excelencia, secundarizado por otros que se le anteponen en un desconcierto de prioridades inadmisible: si la niñez empieza mal, la sociedad empieza mal. La tesis presidencial y que supuestamente favorece la mayoría es que el país no progresa porque hay violencia. Es motivo suficiente para contradecir su gobierno y oponerse a su reelección: hay violencia porque muchos colombianos, para comenzar, tienen infancias miserables, monstruosidad que genera desquite, delito, patología social que se diluye, como lo hace el presidente, en orden policial represivo y no preventivo, en lo que es el desacuerdo de principio con la línea dirigente nacional, con poca excepción. Con aclaración: luchar contra el maltrato infantil no justifica más maltrato.

La teoría viene siendo hace tiempo que es así porque es un país pobre, porque el dólar, porque la crisis y, últimamente, porque primero hay que crear riqueza y después repartirla. El otro rostro de la realidad que describe el informe de EL TIEMPO es el del tecnócrata que exige que el incremento vergonzoso del salario mínimo, que debería ser decente y no mínimo, no dificulte la recuperación económica. Habría que comparar la utilidad de la finanza, por ejemplo, con un salario en casos considerable como afortunado y preguntarse a cuál país y cuál economía, a la recuperación de quién se refiere y qué representa, en qué mundo vive, dónde y quién educó a gente para la que la economía se reduce a rentabilidad sin más. Aunque como en otras cosas, puede decirse progreso que esa realidad sea cada día más difícil de disfrazar.

Es un discurso amortiguado por el subterfugio de la abstracción, pero obligatorio y más en época de sensiblería con respecto a la infancia, desprotegida además no solo aquí sino en un mundo donde se presenta como buena noticia que, según Unicef, el número de niños que mueren anualmente antes de los cinco años bajó a 8,8 millones y que la tasa de mortalidad infantil ha disminuido de más de 25 por ciento en dos décadas, o sea, 10.000 niños menos muertos por día. Lo inmoral es que hay cómo remediarlo. La vida inocente es el punto por donde podría la humanidad, si quisiera su dirigencia, empezar a corregir su futuro.

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