Lionel Messi, un paradigma en más de un sentido

Lionel Messi, un paradigma en más de un sentido

El éxito provoca un instantáneo efecto de emulación. El resto se interesa por aplicar la fórmula de aquel que fue un visionario arriesgado antes de que los resultados y la realidad le dieran la razón.

23 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

Ahora, todos quieren tener la intuición y la capacidad de anticipación para encontrar el crack en ciernes, como Barcelona lo hizo con Lionel Messi cuando tenía 13 años.
 
El rosarino no sólo es el paradigma futbolístico de esta época por sus notables condiciones para jugar, gambetear y definir, sino también por el recorrido que siguió hasta llegar a la cima como 'Balón de oro' y el Jugador de la Fifa. En Messi se simboliza el adelantamiento de los almanaques a que se vieron obligados los clubes. A las grandes figuras hay que buscarlas antes de que surjan y su cotización alcance valores estratosféricos imposibles de pagar. Las cifras siderales quedan para los jeques árabes o para megalómanos, como Florentino Pérez.
 
Gustavo Mascardi, uno de los representantes argentinos con mayor experiencia en el mercado de pases, reconoció que la práctica más extendida en las potencias europeas es el rastrillaje entre chicos y adolescentes en busca del futuro Messi o de los que reúnen un potencial futbolístico más que interesante. Esa tarea de buscar y captar materia prima se vale de las necesidades insatisfechas que afectan a vastas zonas de América latina y de Africa.  

Messi no vivía en la indigencia, pero fue Barcelona, y no Newell's, ni ningún otro club argentino, el que decidió costear el tratamiento con hormonas de crecimiento que requería. Obvio, lo hizo después de que Carles Rexach, uno de los responsables de la cantera, lo viera jugar.  

Hoy, empresarios y clubes especulan con chicos con padres desempleados o en situación laboral precaria, a los que se tienta con un traslado con empleo asegurado y casa. Una manera de empezar a salir de la pobreza.  

El de Messi es el cuento perfecto con el final más feliz que él mismo pudiera haber imaginado. Pero aun así fue inevitable el desgarro que le provocó el desarraigo en su etapa de formación. 

OPINIÓN
CLAUDIO MAURI
LA NACION DE ARGENTINA

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