El de la 305

El de la 305

Raúl Tomás Torres - Bogotá. Actualmente es decorador de una tienda de cocinas integrales de su propiedad.

21 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

La algarabía y el ruido de los vasos competían con los boleros que fustigaba la rockola. En una mesa un grupo de obreros consumía cerveza amistosa desde temprano; trabajaban en la reconstrucción de la estación y gastaban los primeros centavos de la quincena que acabarían de derrochar en brazos desconocidos horas después.

Entre ellos, uno grandote alzó la voz, en respuesta a una anécdota referida por su compadre sobre peripecias en el Amazonas, y habló de un lugar cercano:

"Conocí el Hotel Francés un mediodía de sábado con mis apremios de dinero y mi saco de herramientas al hombro. Apoyado por empleados a mi cargo ejecutaría la renovación del sitio, que conservaba en su fachada vestigios de mejores días.
Por su prestigio y ambiente fue paso obligado de los pasajeros del tren que se veían sorprendidos en la estación por la noche de la capital, pero tras la muerte de Emos Preud'homme y varias administraciones sin fortuna compartía el aspecto de ruina de las callejuelas aledañas a la agonizante terminal, por donde deambulaban mujeres fáciles y rufianes de toda índole que convirtieron los aposentos del albergue en escenario de contiendas de sangre y encuentros de sexo no siempre incruentos y muchas veces sacrílegos.

La ciudad cambió con el tiempo; barrios que alguna época brillaron con la presencia de familias de estirpe se debatían ahora entre desidia e inseguridad y plazuelas que a mitad de siglo habían sido orgullo de Santa Fe ahora se ahogaban bajo el peso de las casetas de lata y madera de los mercados piratas.

Pronto entablé amistad con Efraín, hijo de Alcides Beltrán, propietario del hotel por aquellos días; dispusimos de mutua confianza por nuestra edad y talante similares y bajo su guía establecí en mi cabeza un riguroso mapa de los recovecos de la edificación.

-¿De verdad tienes experiencia? -dudó, el día de mi llegada, mientras caminábamos por el corredor en penumbra a pesar de la hora. Muchas lámparas carecían de bombillas, las paredes asomaban sucesivas capas de pintura bajo las rasgaduras del papel tapiz.

-Llevo varios años trabajando en decoración -lo tranquilicé-, comencé en este oficio casi de niño.

-Deberás reparar toda la mueblería y los techos; olvídate de las paredes y la mampostería, que la arreglaremos con los otros.
Intenté mostrar algo de inconformidad con el negocio pero no pareció importarle; abrió la puerta de una de las habitaciones, que cedió con chirriar de bisagras, como si le doliera, y liberó vaho de humedad y de meses. La ropa de cama estaba revuelta y reclamaba lavandería a gritos.

-Como podrás ver, los cuartos requieren mucho trabajo e inversión.

-Nos tomará más tiempo del que creía -respondí, con la mirada en una pareja que abandonaba la siguiente habitación. El barniz de la lujuria patinaba sus rostros. No parecían felices, saciado ya el instinto. Igual el felino, después de cenar olvida que ha matado.
El resto de la primera tarde dibujé una idea del camino que seguiría. Efraín me enteró de la situación en minutos y me hizo cómplice de los observatorios que tenía instalados en casi toda la extensión del edificio, desde donde podía atisbarse toda la actividad que desarrollaban, sin que sus ocupantes lo supieran: minúsculos orificios tras espejos o cuadros, rendijas en las puertas, huecos en los techos, cualquier intersticio era sabiamente aprovechado por el bandido para husmear la intimidad de sus huéspedes. Me obligó a jurar que respetaría el secreto so pena de despedirme en el acto y a manera de bienvenida me invitó a tomar algo; al bajar las escaleras percibí los acordes de una melodía y le miré con curiosidad:

-Es el de la 305 -me dijo sin más explicaciones.

Salimos a la calle, pues en el hotel no había cerveza, y terminó de impartirme las instrucciones que creía indispensables para el desempeño de mi tarea. Se mostró conforme cuando le aclaré que trabajaría sólo por las tardes, debido a mis estudios, y explicando que lo mismo le ocurría a él, me pidió a cambio que fuese los fines de semana. Acepté sus exigencias e impuse las mías y comencé mi labor en el Hotel Francés.

Como el viejo Alcides se negó a cerrar por no perder plata debimos acostumbrarnos a trabajar con la presencia contigua de viajeros con amiguitas del sector, algunas de las cuales me guiñaban el ojo y llegaron a hacerme su confidente y depositario de los centavos que arrebataban a sus clientes, puesto que correrían peligro en la calle con estos en el bolsillo.

Era usual escuchar gemidos o ruidos de alcoba que me alertaban y, procurando no llamar la atención de mis compañeros, buscaba el agujero mejor ubicado para observar los menesteres de amor que sucederían.

Increíbles cabriolas, declaraciones de amor eterno dictadas por el licor, pieles de diverso color y pelaje, miembros recorridos por la pasión en toda su longitud, encendidas discusiones sobre tarifa y límites de la sesión, escenas que porfiaban entre lo sublime y las aberraciones me era dado asistir acosado por un sentimiento confuso de fascinación y asco que me atraía y producía miedo a la vez. Detenerme a contemplar las expresiones de los rostros de toda raza y condición durante el clímax del sexo, atrapar en mi memoria los alcances del placer que se desplazaba por la tez de los contrincantes era la preocupación de mis pupilas.

onvencerme hasta la angustia de la sutileza femenina de fingir el instante supremo y de la incapacidad del macho de percatarse de ello por estar más ocupado de sí mismo era la conclusión de mi cerebro ahíto.

A fuerza de voluntad busqué ignorarlos y decidí concentrar mis esfuerzos en finalizar el contrato y largarme de allí cuanto antes mejor.

-Maldito seas por enseñarme los miraderos que fabricaste...
-No negarás que te diviertes montones con ellos -rió con picardía Efraín y me arrojó la mitad de una naranja.

-Cuando acabe tendrás que buscar otro pasatiempo porque no quedará ni uno bueno -le advertí.

-Con el tiempo te aburres y terminas por degustarlo en ocasiones muy especiales -explicó, otorgándose la autoridad de la experiencia-, sobra contarte que los conozco desde chino y ya me harté de usarlos.

En las siguientes semanas avancé de prisa en la demolición de los techos viejos, carcomidos por la polilla y los años, y me fatigué en la instalación de cielorrasos ventilados y modernos.

Oprimida por los martillazos, un miércoles lluvioso volví a escuchar la música de la primera tarde; en clave de nostalgia me llegaron jirones de su compás, cruzaron las paredes, invadieron el corredor y se detuvieron junto a nosotros.

Noté cierto efecto de bálsamo que ejercía en todos; por instantes dejamos de trabajar y escuchamos atentos. Era una guitarra solitaria; aunque las notas de su pena rompían los goterones vespertinos y escalaban los muros, huellas de una alegría secreta asomaban la nariz en su melodía tras un intervalo de notas amargas y crecía en rápido ritmo, para esconderse de nuevo en los lentos acordes del final.

Aguzaba el oído, cerraba los párpados e imaginaba la intimidad del roce de cuerdas y dedos. Resonaba el eco y nos arropaba con la cercanía de su dolor dulce, evocaba sonido de bosques con su sonrisa invisible, traía en sí retazos de agonía, de recuerdos y de bruma.

Oímos por un rato, luego, la continuación del trabajo socavó la tonada. La risa grosera y las palabrotas de una de las camelladoras que se burlaba de Efraín por recriminarle el retraso en el pago del alquiler terminaron de sustraerme del encanto.
El frío de las primeras horas de la noche aceleró la partida de mis compañeros y no dudé en aprovechar su ausencia. Subí al tercer piso; con pasos sin ruido me acerqué a donde sabía el agujero y atisbé. El ocupante de la 305 era una persona de edad incierta; más parecía golpeado por la vida que viejo en realidad; la barba entrecana contrastaba con los rizos castaños de su cabello en descuidada rebeldía; algunas arrugas ya le cruzaban la expresión sin sosiego y los anteojos de montura metálica ensombrecían más su mirada. En un cenicero repleto humeaba un cigarro; limpiaba y afinaba la guitarra con esmero, sin embargo, el estado de sus cosas denotaba que la empleada del aseo no pasaba por allí muy seguido. Recorrí el ancho de la figura del hombre. De repente volteó, pareció descubrirme tras la pared y avanzó en mi dirección. Sentí pánico por unos segundos. Descansé; de una mesita, justo delante de mi atalaya, agarró una botella y apuró un trago; tosió, escupió en el piso y regresó a su instrumento.

Ahora, por el orificio logré ver la fuente de aquella música bruja. Sus uñas amarillentas y largas rasgaron las cuerdas y me mostraron sin saberlo la verdad de su origen. Escuché un buen rato y decidí hablar de él con Efraín en cuanto pudiera.

Tardes después llegué antes de lo habitual y observé a mi amigo recibir un paquete del restaurante del frente que personalmente subió al tercer piso. Sin mediar saludo, le interrogué en las escaleras:

-¿Quién es el tipo de la 305?

-Vino aquí hace como ocho meses; sale muy poco y no permite que nadie entre a su habitación; sólo tú y yo hemos visto el interior desde que está ahí encerrado.

-¿Y quién te dijo que yo lo vi? -dije, con mucho color en la cara, pero tratando de defenderme.

-Después de oírlo tocar seguro subiste a espiarlo -respondió.

-Es una melodía exquisita, aunque extraña -me descubrí-; domina la guitarra a la perfección. ¿Sabes a qué se dedica?

-La verdad no me importa mucho, debe ser uno de esos músicos chifladitos que van por ahí...

-Pero de algo debe vivir -observé, anudándome un zapato-,

¿Quién paga sus cuentas?

-Papá dice que cancela puntual todos los meses -replicó con tono de confidencia y misterio-, deja la preguntadera y vete a trabajar que esta noche traigo algo entre manos y quiero que me acompañes.

Caminé por el pasillo estorbado de escombros y madera vieja. Mis andanzas con Efraín por lo general terminaban de madrugada. Pero no tenía ganas de trabajar ni de parrandas y deseaba saber del hombre aquel. Volví al tercer piso, miré en ambas direcciones del corredor antes de situarme frente a la mirilla y observar.

Ahí estaba, con un vaso de aguardiente en la mano trémula; admirable que fuese la misma que empuñaba la guitarra de manera tan virtuosa. Bebía sin tregua, pero esta vez no tocaba y el silencio andaba suelto por los pasillos del hotel, interrumpido en ocasiones por la risa de las vagabundas del primer piso, que descansaban su juerga sumidas en el sopor de la tarde.

Oí pasos en la escalera y simulé tomar medidas del corredor con mi metro. Era el viejo Alcides quien no más verme alegró la cara y me encargó revisar el pasamanos.

-¿De dónde saca trago el tipo ese? -le indagué mientras bajábamos. Por su expresión deduje que le extrañaba que estuviera enterado de ello pero me contestó, aunque hosco:

-Todos los días le suben una botella, a veces dos, y muchos cigarros...

-¿Y quién paga todo eso? -pregunté, sin disimular mi alarma.

-Llega un chequecito cada mes -replicó mirándome frío con sus ojos de sapo-, a trabajar mijito, a trabajar.

-Ese hombre es un alcohólico -trataba de argumentar algo coherente para mitigar mi sorpresa- y se está envenenando con su ayuda.

-Todos nos moriremos de algo -su cara ahora estaba sombría-, este es un hotel y debemos permitir a nuestros huéspedes hacer lo que les dé la gana mientras paguen por ello. A trabajar.

Su espalda ancha sofocó la luz del pasillo. Regresé a la 305 con una decisión tomada. Llamé a la puerta y durante segundos que oí pasar me respondió el silencio. Por fin, pasos cansados, y de súbito unos ojos tristes me ablandaron:

-He pedido el favor de no ser molestado bajo ningún pretexto.

Su voz brotaba de la caverna de su garganta y se notaban las notas gruesas y entorpecidas por la bebida; soporté un instante su aliento y la aureola de alquitrán que despedían él y su cuarto. Me armé de motivos y mentí:

-Soy nuevo aquí, todavía no tengo claro como funcionan las cosas; lamento interrumpirlo pero debo verificar el estado de esta habitación.

Dije esto y dirigí la mirada al vaso que temblaba en su diestra. Pareció abatido y retrocedió. Pese a su estado aún conservaba capacidad de avergonzarse. Aunque el pequeño avance me envalentonó, por la cadena de la autoridad dudé:

-Si gusta puedo volver luego...

Me enfrenté a sus ojos grises, anegados de soledad y abandono de sí. Los labios estragados por el licor callaron y el cigarro cercó de humo el marco de la puerta; por reforzar mis excusas continué:

-Verá usted, trabajo en las reparaciones de decoración y el único lugar que falta es este. Quisiera saber si estaría dispuesto a mudarse a otra habitación. Varias con vista a la calle ya fueron renovadas, estará cómodo y yo podré largarme pronto de aquí.

Dibujó círculos con el cigarrillo y me precedió:

-Aquí no hay mucho que arreglar; pediré al señor Beltrán dejarla así para mí.

-El cielorraso está a punto de desprenderse y creo que el agua ya filtró las tejas -señalé, mientras cruzaba la puerta-, de todos modos respetaremos su privacidad.

Fumó de pie en medio del desorden; como si nadie le viera se acercó a la mesita y de una botella sirvió dos vasos y me ofreció uno. Tras una breve duda, lo rechacé con la mayor amabilidad que pude:

-Gracias, Don Alcides se enojaría si me encuentra tomando con un huésped, pero siga, siga por favor que yo lo acompaño...

-Compañía, compañía -musitó-, ya ni me acuerdo de qué color es.

-Volveré cuando quiera, toca usted muy bien la guitarra y quisiera que me enseñase, con ese pretexto lo acompañaré de vez en cuando.

Suspiró y se sentó en el borde de la cama, dejó el cigarro encima del montón de colillas que ya rebosaba el cenicero y se rascó la cabeza; como un castigo irrenunciable se empujó el trago de un golpe:

-Vuelva, vuelva cuando lo desee.

Salí sin despedirme, bajé al segundo piso y traté de concentrar mi habilidad en una puerta sin bisagras. Me prometí ayudarle.

Los días posteriores el viejo Alcides me ocupó todo el tiempo y no pude subir, y, cuando por fin dispuse de tiempo me desanimé al encontrarlo inconsciente de la borrachera. Lo observé por el agujero; permanecía en la cama en posición fetal; de su boca escurría saliva espesa que mojaba las sábanas y su rostro y sus manos estaban lívidos. No sabía qué hacer, aquel hombre podría morir y nadie se enteraría de nada. Los gritos de Alcides me sobresaltaron y bajé. El trabajo me sustrajo hasta el fin del día. En casa no dormí y a la mañana siguiente no fui a clase; entré al Francés sin dejarme ver y subí directo a la 305. Miré por el agujero y allí estaba sentado con la cara demacrada entre las manos. Sollozaba. Escondí el orificio y me detuve frente a la puerta. Decidido a salvarlo toqué dos veces con firmeza. Tras unos segundos percibí sus pasos vacilantes. Abrió. Con los ojos casi afuera de las cuencas intentó balbucear un déjeme en paz pero se precipitó de bruces hacia mí. Tuve que emplear toda mi fuerza para sostenerlo y llevarlo a rastras a la cama. Lo dejé ahí y salí al restaurante; para mi desazón, el viejo Alcides me vio regresar con una taza de caldo humeante.

- ¿Qué haces aquí a esta hora, no deberías estar en clase? -me interrogó-. ¿Y adonde vas con eso, ah?

Subí las escaleras a grandes zancadas; Alcides, que me seguía resoplando, gritó:

-Te estás metiendo en vainas que no te incumbe; sal ya de ahí y déjalo tranquilo.

Lo detuve con la mirada y me senté al lado del hombre; a lentas cucharadas le obligué a tomar el caldo. Sus pupilas turbias no reaccionaban ni su cuerpo diezmado recuperaba temperatura; lo tapé con las mantas y decidí que lo mejor sería darle tiempo de mejorar. Entretanto necesitaba amainar la furia del viejo Alcides que destilaba carmín en el vano de la puerta.

-Aproveché que no hubo clase y vine temprano porque quiero adelantar la carpintería -le expliqué-, pero al subir me encontré esta ruina de tipo con la puerta abierta y en muy mal estado.

-Espero no tener que repetirte que debemos dejar a nuestros huéspedes hacer lo que les plazca mientras paguen bien...

-Pero este hombre se está matando en sus narices -repliqué casi a gritos-, y nadie hace nada. ¿Es que no tiene familia ni nadie que lo quiera, ah? En vez de darle licor deberíamos alimentarlo y sacarlo de ese hueco sin fondo.

-Ese ya no tiene arreglo; muchacho, haz tu oficio y déjame hacer el mío -sentenció el viejo con desaliento y agregó como por acallar su conciencia-: además se le suben los tres golpes todos los días; es asunto de él que prefiera el ron a un filete.

El recuerdo de la vieja del aseo tragándose a hurtadillas el contenido de una bandeja plástica me obligó a inclinar mis armas temporalmente.

El resto de la mañana simulé trabajar y aproveché el ajetreo de llegada de mis compañeros para escabullirme a la 305. Lo hallé despierto y, no obstante el ligero temblor que agitaba sus extremidades, parecía aliviado.

-Me alegra que esté mejor -dije por animarlo-, debería intentar algo por usted. Duele verlo matarse de esta manera.

Los ojos se le anegaron, trató de balbucear algo pero los cansados pulmones se lo impidieron; aceptó sopa caliente y un poco de comida sólida. Al terminar le ordené dormir, arrojé a la basura las botellas que encontré en la habitación y le prometí volver.

Contemplaba los nubarrones dibujados en la ventana y estaba sobrio y de buen humor cuando llamé de nuevo a la puerta. En su sonrisa robada a la fatiga noté agrado por mi presencia y hablamos con soltura.

Observé en la mesa provisión fresca de licor, y revistas viejas y recortes amarillentos de periódico, cuyo contenido leí mientras conversábamos: Eran noticias sobre un accidente ferroviario ocurrido años atrás. El famoso incendio de la Mikado Henschel 81, insignia noche y plata del Ferrocarril de Antioquia, en un viaje nocturno entre Medellín y Puerto Berrío, arrastrando veinticinco vagones cargados de algodón. En ese accidente, ocurrido en el túnel de La Quiebra, habían muerto los cuatro tripulantes y se suponía causado por la explosión de la caldera principal.

Destapó una botella y apuró un trago. Le censuré con energía esa forma de suicidio gradual que había elegido, pero ignorante a mis reproches reunió aire con las fuerzas que restaban a su golpeada maquinaria y como una explicación para sí mismo, como una confesión atragantada por siglos, relató-:

"Trabajé veintitrés años con los Ferrocarriles Nacionales. Mi hoja de vida fue intachable y a la fecha del accidente que reseñan esos recortes -señaló con el índice tembloroso-, comandaba la línea de carga de la primera división de los Ferrocarriles Antioqueños. Esa noche la neblina y el frío golpeaban de frente, por lo cual me quedó más difícil primero, rechazar el trago de la buena suerte que siempre nos brindaban en la estación y luego, eludir el demasiado aguardiente de las primeras millas. Puedo jurar ahora que recuerdo el paso por Porcecito pero la subida hacia Santiago y La Quiebra se me perdió en las tinieblas de la borrachera.

Por mano de la Providencia caí de la carlinga unos cientos de metros antes de la boca del túnel, con el incendio ya declarado no sé porqué causa, pero mis compañeros que dormían la rasca en cualquier vagón no sintieron llegar la muerte. Despertaron cuando nada podía salvarlos y sus alaridos retumban todas las noches en mis oídos -se detuvo un momento para sorber otro trago- y sólo logro acallarlos con alcohol.

Huí y llegué caminando a Cisneros, ya de mañana. Semanas después, desde ahí mandé telegrama a mi familia que me daba por muerto. Temía ser hallado culpable por negligencia, o por borracho, o algo así. Aunque no encontraron mi cadáver entre las cenizas los Ferrocarriles Nacionales han cancelado la pensión todos los meses hasta hoy e incluso mis hermanos me ofrecieron funerales y colocaron lápida en algún cementerio y todavía pagan misas por mi eterno descanso.

Todos estos años los he vivido clandestino en compañía de mis miedos y como ya estoy muerto no soy capaz de matarme. Por eso anestesio mi alma a diario con este veneno."

El licor enronqueció la voz del hombre y fue minando su lucidez; comenzó a divagar y yo me pregunté si quedaría algo por hacer allí. Sin adiós salí al corredor al tiempo que el hombre empuñaba la guitarra. En la escalera me alcanzaron las notas de la tonada que ya reposaba, grabada a fuego, en mi memoria.

No volví al tercer piso y como quedaba poco trabajo en el Francés pronto me marché; meses después recibí llamada de Efraín: -Rafael, puedes venir por tu saldo y a terminar la 305 que ya está desocupada.

La plata y la 305 me estarán esperando todavía."En la mesa las botellas y las miradas vacías observaban al hombre; el dueño del bar y la rockola habían callado por escucharlo. Las parejas salían al abrigo de la madrugada y se encontraban con los primeros rayos de la mañana. Muchas de estas terminarían la farra en el Nuevo Francés; en la 305 quizás.

El grandote empezó a silbar.

Raúl Tomás Torres - Bogotá
Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa

Nacido en Venezuela en 1966, reside en Bogotá desde hace 29 años. Actualmente es decorador de una tienda de cocinas integrales de su propiedad.

Ganador del III Certamen Internacional de Relatos "Ron y Miel", en Guadix, España, en 2004. Actualmente prepara su primera novela.

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