Autopsia

Autopsia

Por Giovanni Castaño - Tunja. Nació en Honda (Tolima) en 1968. Médico cirujano. Actualmente es jefe de la Unidad de Oftalmología, Facultad de Medicina, Pontificia Universidad Javeriana.

21 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

Nos van a matar, estos hijueputas nos van a matar, pensé.

José, el ayudante de autopsias, estaba a mi lado, acurrucado. Él, que siempre había sido un temerario, ahora temblaba y susurraba algo que yo no entendía.

¡Cállese!, le dije, y señalé la puerta de atrás, por donde podríamos escapar hacia el hospital. Nos van a matar en esta morgue asquerosa y caliente, pensé con tristeza. Más golpes en la puerta de la calle, la querían tumbar. Luego, una nueva ráfaga de disparos. Estábamos escondidos debajo de la mesa de disecciones. José seguía con sus susurros. Le pregunté:

-¿Qué dice?

-Quieren las balas doctor, solo quieren las balas.

Le rapé la botella de aguardiente en la que habíamos metido los proyectiles. Plomos arrancados del cuerpo que yacía sobre nosotros. Evidencia. Mi voz casi no salía pero controlé el terror.

-Voy a abrir y las entrego -dije.

Mis palabras fueron ahogadas por los golpes en la puerta y por una nueva ráfaga.

-Corramos hasta el patio, por la puerta de atrás -susurré, mientras dejaba la botella con las balas en el piso.

-¡Corramos ya!

En la mañana me habían advertido que llegaría un muerto. Cuando entré en la morgue y me senté en el piso, al lado de la puerta de atrás, estaba agotado. Ya era media mañana y no tuve tiempo de bañarme. Acumulaba dos días de trabajo, con sus noches, sin dormir. Miré mis zapatos saturados de sangre, vómito y otros líquidos. Levanté la mirada hacia las paredes enchapadas con baldosín blanco desde el piso hasta el techo. Los faltantes daban a los muros el aspecto de un caprichoso tablero de ajedrez. Algunos refilones de sangre vieja y seca complementaban el paisaje. Esa diminuta morgue, con sus tejas de cinc, se convertía poco a poco en un horno. La mesa era lo único frío. Cemento áspero en donde varias veces por semana despedazaba muertos. Se iban solo cáscara, dejando sus entrañas en un balde sucio y oxidado.

Cuando vino José, dueño de la funeraria y ayudante de autopsias, el muerto aún no aparecía. Recién llegado al pueblo, me resistí a la idea de que me ayudara con las autopsias y que luego se hiciera con el negocio del cajón y la velación. Al poco tiempo dejó de importarme. José aportaba la fuerza: cortaba costillas y abría cráneos. Yo analizaba orificios de bala, trayectos, distancias, describía órganos destrozados y causas de muerte; al final, escribía el acta.

José abrió la botella de aguardiente y llenó la única copa. Había solo una así que bebió hasta el fondo y sirvió de nuevo, bebí sin mediar palabra. Hacia mediodía la morgue estaba llena de moscas. El recinto quedaba en los predios del hospital en donde pronto terminaría mi año rural, sin embargo, a pesar de estar en el mismo lote, convenientemente habían aislado aquel recinto de la construcción principal. Era un pequeño garaje con una puerta de latón grande que daba a la calle y una puerta trasera para entrar desde el hospital, en donde José y yo bebíamos, sofocados.

El camión del ejército llegó con el difunto, abatido en combate. Me levanté y abrí la puerta grande. Saludé de mano al capitán, cuyo rostro ya me era familiar, y firmé la recepción del cuerpo. Los soldados descargaron el muerto y con brusquedad lo acomodaron sobre la mesa. Salieron sin hablar y yo cerré con firmeza, asegurándome de pasar el aldabón. Alcancé a ver un gentío afuera, miradas curiosas y sonrisas morbosas.

Dos días continuos atendiendo vivos me habían dejado sin aliento para encargarme de los muertos. Apuré otro trago de aguardiente y comencé. El hombre estaba desfigurado, era imposible reconocerlo. La cabeza se veía demasiado grande y, como era costumbre, le habían amputado las puntas de los dedos. Otro sin huellas digitales. Nunca las había. Me llamó la atención que venía limpio, como recién bañado, con una desnudez inocente. Siete impactos, todos por delante. Ningún proyectil parecía haber salido, así que la misión se mostraba dispendiosa. José, experto en su materia, fue al rincón por su herramienta. Una vara metálica curtida de muertes con la que era más fácil determinar el trayecto de una bala. Se metía por cada orificio y se dejaba ir, sin presionar, buscando el camino más simple, sin resistencia. Donde trancara posiblemente estaría incrustado el plomo. Yo sólo quería dormir. Acaso bañarme o lavarme los dientes, pero sobre todo dormir. Pero era importante adjuntar las balas, la evidencia. Me parecía un esfuerzo perdido, estábamos en guerra y los muertos eran lo normal. Yo destajaría al señor Don Nadie para llenar un papel que se olvidaría en un archivo, oxidado como la varilla y el balde, como todo en esa tierra.

Entre pulmones rotos, riñones reventados y tripas desechas encontré las balas. Cada una fue a dar a la botella de aguardiente, ya vacía, y en un instante de júbilo José las mostró, como un trofeo, a los curiosos. Encontraron las balas, se oyó decir afuera, ya las tienen todas. Luego, mientras cosía el abdomen del muerto, José me miró asombrado. Lo interrogué levantando las cejas.

-A este lo conozco -dijo.

-Quizá lo confunde -le dije-. Recuerde que todos los muertos son iguales.

José permaneció serio, en silencio, hasta que señalando el tobillo izquierdo del muerto, dijo:

-No todos tienen un tatuaje como este.

-Es el profesor Vega -dije, y mi propia voz me sorprendió. Recordé sus sandalias remendadas, sus pantalones altos y el tatuaje: la silueta de una mujer de proporciones generosas.

-A este lo pelaron a las malas -sentenció José, y añadió-: Pilas que ese papelito le tiene que quedar muy bien escrito. -n esas andábamos cuando comenzaron los golpes en la puerta de latón. Los dos saltamos. Vinieron más golpes. Puños y patadas contra el metal. Entonces los disparos. Una ráfaga y luego otra. Me tiré al piso. Cuando las detonaciones terminaron, me escurrí debajo de la mesa del muerto. José ya estaba allí y sostenía en su mano la botella con las balas.

-¡Corramos ya!

Me preparé para correr. No podía adivinar cuándo sería mejor. Entonces los golpes volvieron, pero más débiles, y se fueron apagando poco a poco. Después de varios minutos de silencio, con el corazón en la punta de los dedos, pregunté:

-¿Qué pasa?

La respuesta llegó de inmediato.

-Tranquilo doctor, salga tranquilo -dijo alguien.

Me levanté con determinación, agarré la botella -mi seguro- y abrí la puerta. El soldado sonreía, su fusil humeaba y, a sus pies, una mujer muy delgada apoyaba sus manos en la puerta. Lloraba y su llanto era mudo.

-La mujer del difunto -dijo el soldado-. Quería tumbar la puerta pero los disparos al aire la calmaron -añadió, con orgullo.

La botella se resbaló de mis manos y se reventó en el piso. Las balas tocaron con suavidad las piernas de la viuda. ¿Cómo putas sabe quién es el muerto?, pensé, mientras miraba al soldado. Sin hablar, regresé al piso, al lado de la puerta de atrás y me senté. José ya no estaba. Cerré los ojos. Sólo quería dormir, tal vez bañarme y lavarme los dientes, pero dormir al fin. 

Giovanni Castaño - Tunja
Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa

Nació en Honda (Tolima) en 1968. Médico cirujano. Actualmente es  jefe de la Unidad de Oftalmología, Facultad de Medicina, Pontificia Universidad Javeriana, Hospital Universitario de San Ignacio.

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