Una euforia que esperó 113 años (opinión)

Una euforia que esperó 113 años (opinión)

No fue la sonrisa de los que ganan seguido, fue el llanto de quienes lo esperaron toda una vida. ¿Una vida...? ¡Varias...!

14 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

Una victoria en La Boca hubiese significado la cereza que redondeada la hazaña, pero qué va... Banfield llegó primero igual y el festejo rompió un dique que lo contuvo más de un siglo. Fueron 113 años de acunar el sueño, desde los tiempos fundadores de míster Burton. Es el tipo de suceso en el que uno recuerda nombres puntuales. ¿Cómo estará Marcos, el de la parrilla...? ¡Y Jaime, el panadero...! ¡Y la familia Lombardi...! Los hinchas de cuadro chico son bien identificables.

En esta moda que llegó para quedarse, la de los clubes chicos campeones, también se anotó Banfield, el viejo Taladro del sur. El mote viene de lejos: en 1941, tras vencer a Independiente 4 a 3 en Avellaneda, el diario El Pampero tituló: "Banfield taladró las ilusiones de Independiente". Y más abajo, a manera de copete, agregó: "El equipo del sur agujerea a los rivales". Pegó. Así fue cómo esa curiosa herramienta pasó a ser el símbolo del viejo club, está estampado en sus banderines, camisetas, gorras. Y desde hace décadas, cada vez que el capitán banfileño asoma por el túnel rumbo al rectángulo verde, la muchachada arremete con el "Ta-la-dró... Ta-la-dró...", acentuado en la o.

 Viejo y virgen venía Banfield. Desde 1896 cinchando por los colores, siempre más cerca de la amargura del descenso que del proscenio de la gloria. Pero ya está, es campeón y todos le rendimos homenaje. Lo merece por mejor y por paciente. Por su gente, que acompañó mil veces la divisa en días de lluvia y de frío, en canchas bravas frente a rivales poderosos, con jugadores modestos, descartados de otros clubes, siempre con fe. "Muchas veces nos fue mal y seguimos luchando, con el amor que se profesa a las cosas que se quieren de verdad", dijo en cierta ocasión Florencio Sola, presidente histórico del club, cuyo nombre lleva el hermoso estadio blanco y verde, que en febrero abrirá orgulloso sus puertas a la Libertadores.

Tiene un blasón de pocos el Taladro: en 1899 ya se tituló campeón de Segunda División. En Primera fue subirse a un tobogán en el que bajaba y subía, bajaba y subía. Siete ascensos ganó, el último en 1991. Fierita, un personaje de la televisión con el corazón blanco y verde lo definió con justeza: "Somos un monumento a la lucha".

Chico sí, manso no. Banfield tiene mil episodios de bravura. Desde que volvió a Primera disputó 17 partidos con Independiente, le ganó 12. Cinco años atrás, goleaba a River 5 a 0; faltaba media hora y cada avance era gol del Taladro. Se venía un irremediable 9 a 0. La hinchada millonaria tiró abajo el alambre para que se suspendiera el partido.

Chico sí, pobre no. Además de su bello estadio, Banfield posee una espléndida ciudad deportiva y una sede importante. ¿Cómo se sustenta? Como todo el fútbol argentino, produciendo y vendiendo jugadores. 

Entre este grupo de muchachos que quedarán eternizados en la memoria de su gente, están dos uruguayos y un colombiano que fueron clave: el goleador Santiago Silva, delantero agresivo, goleador del campeonato, una fiera a la que abren la jaula al borde del campo; el botija Sebastián Fernández, un petizo hábil y encarador, que enfrentó a Costa Rica en el repechaje de la Eliminatoria; y James Rodríguez, el benjamín de la tropa, 18 años llenos de personalidad y una zurda picante en la pegada y en el juego. Llegó de Colombia a los 14 y a los 17 estaba en Primera. Los tres le dieron un plus a Banfield en esta campaña en que la gloria lo besa en la boca.

Ellos son los héroes sobre el césped. Pero hubo un mariscal que planeó cada batalla: Julio Falcioni, aquel gran arquero de Vélez y del América de Cali. Falcioni es del palo de los técnicos que estudian al rival, mucho video y jugada preparada, y tiene excelente relacionamiento con los jugadores, vital en el fútbol actual.

Banfield es una fusión de club y barrio. Primero fue una estación de tren, muy de estilo inglés, a veinte minutos de Buenos Aires. En derredor creció un pueblo arbolado, residencial; el tiempo lo erigió ciudad elegante, con calles de adoquines; y el club acompañó la vida de su gente, aglutinándola, haciéndola vibrar con triunfos salteados pero inolvidables. En esa comarca banfileña, el vecino más ilustre del barrio, en los '20 y los '30, fue Julio Cortázar. En Veredas de Buenos Aires y otros poemas dice: "...magdalenas de Gardel o de Laurenz tirando a la cara los olores y las luces del barrio (el mío, Banfield, con calles de tierra en mi infancia, con paredones que de noche escondían los motivos posibles del miedo)..."

¡Qué escribiría Cortázar del Taladro...! El cuadro de su barrio por fin es campeón del fútbol.

Jorge Barraza
Para EL TIEMPO 

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