Construyendo sobre la trampa y el engaño

Construyendo sobre la trampa y el engaño

En otros tiempos, las recaudaciones de encuentros futbolísticos permitieron cubrir gastos materiales, después de pagar sueldos de jugadores y más tarde comprarlos a precio razonable.

09 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

En primer lugar debo anotar que quiero el fútbol; en los años mozos lo practique en forma intensa y toda mi vida ha estado signada por el gran apego al denominado 'rey de los deportes'. En segundo, recuerdo que desde el momento mismo en que calcé mis primeros zapatos de fútbol -guayos, si así se quieren llamar-, lo considere como un ejercicio físico que se debía practicar dentro de unas reglas y unas condiciones particularmente rigurosas en las que primaban las buenas costumbres.

Había oído que la élite social concebía el campo de fútbol como una especie de espacio reservado en donde reinaba un espíritu ideal, suponiéndose que el jugador debía observar un comportamiento lleno de ponderación y nobleza. Más tarde pude comprender que la finalidad educativa del juego era algo primordial y que bien podía ser el vector de una acción moral y una forja del carácter, del espíritu de la solidaridad, de la voluntad y de la valentía. Puede que suene un poco melodramático el punto, pero expresiones como "juego limpio señores", me hacen pensar que en algún momento de la vida debieron primar consideraciones de tal naturaleza.

No obstante, viendo los aconteceres de la actividad, en la cual se aceptan y avalan actos tan bochornosos como los que a diario protagoniza el 'ídolo' de Argentina, Maradona -estupendo jugador, pero despreciable ser humano-, la descarada falta con la mano cometida por Henry, que le sirvió a Francia para clasificarse al mundial de Suráfrica o las continuas batallas campales en las que se tranzan algunos espectadores, cabe hacer la siguiente pregunta: ¿acaso este deporte puede desarrollarse al margen de las reglas que rigen la vida contemporánea? Infortunadamente, al aumentar la importancia de los factores en juego, el espíritu original pasó a segundo plano. Sólo cuenta el resultado: éste es el dogma de directivos y jugadores.

En otras palabras, los actores claves ya no son prototipo de buen comportamiento y modales dignos de imitar, sino marionetas de un espectáculo en decadencia. La figura del joven Messi, recibiendo el galardón del mejor del mundo a sus escasos 22 años puede servir de ejemplo a los muchachos en trance de ascender, pero muy pronto queda opacada por los desafueros de algunos que llegan hasta el colmo de falsificar documentos para habilitar edades con el patrocinio y la protección de dirigentes y de clubes en plan de hacer jugosos negocios, pero lejos de estructurar una actividad digna de respeto.

Aun conservando su carácter lúdico, el fútbol se ha convertido en una nueva rama de la economía -pronto saldrán los primero Ph. D. en la especialidad. En otros tiempos, las recaudaciones de los encuentros permitieron cubrir los gastos materiales, después de pagar los sueldos de los jugadores y más tarde comprarlos a un precio razonable y reconocerles una justa remuneración.

Empero, la reglas de la competencia hicieron aumentar la puja dentro del circuito profesional y ahora se mueven cifras astronómicas como las registradas en las transferencias de Ronaldo y Kaká o los pagos a Messi. La invasión del dinero es un hecho y el interés de los muchachos por defender la camiseta de sus países queda relegado a un segundo plano, porque lo importante y lo primordial es entrar en la bolsa de las enormes transacciones. Esto es construir sobre la trampa y el engaño.



rosgo12@hotmail.com

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