Papá Noel vs el grinch

Papá Noel vs el grinch

Entre arbolitos, pesebres, villancicos, natillas y pavos, dos periodistas debaten si la Navidad es el mejor momento del año o si es una fuente de estrés. ¿Usted con cuál se queda?

09 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

Sí al arbolito

Me gusta la Navidad. Digamos, antes de entrar en generalizaciones, que no salgo vestido de Papá Noel (hay quienes insisten en que la contextura ya la tengo), que les suelo huir a las novenas, que trato de evitar las chichoneras en los centros comerciales y que tengo por política la cárcel para los que guardan, junto al árbol de Navidad, desapacibles triquitraques, maracas y panderetas para perpetrar villancicos.

Pero aun así me gusta, y mucho, la Navidad. Se trata de un momento en el que procuro cambiar mis prioridades. A la víspera, las nuevas premuras son destinar con mi esposa un pequeño rincón de casa para una decoración casi simbólica (muñequitos navideños de mazapán ecuatorianos y un minipesebre en barro de Cucunubá), desempolvar el Oratorio de Navidad de J. S. Bach, tratar de ingeniármelas para apañarme de buenos regalos y, sobre todo, no dejar de pensar en las vacaciones que llegan. Suelo disfrutar como pocos del calor de hogar que inunda la casa de mis suegros la noche del 24.

Unos días después, llegado el momento de reencontrarme con mi familia materna en alguna finca alquilada, a ese calor de hogar se le suma la posibilidad de trasfigurarse. Hablo en plural pues no creo ser el único para quien un sancocho de leña o el simple olor a piscina sea esa luna llena que desata a su hombre lobo: Si todo el año le hemos huido a Pastor López y al Loco Quintero, nunca como ahora se les reclama tanto. Si la moderación es nuestro principio, nada hay que un aguardiente no disuelva. Si cinco días de harinas y grasa animal constituyen una segura hospitalización entre enero y noviembre, ahora las contrarrestamos con las promesas nunca cumplidas de que el 2010 sí nos verá a dieta.

Nada mejor que nos pesque enero de madrugada, mareados, con la seguridad en que este sí será el año. Durante diciembre, los medios, la música y los seres queridos nos inundan con mensajes acerca de la paz que vendrá en los próximos meses, del fin de la crisis, de la prosperidad absoluta. Me gusta la Navidad. Y me gusta porque, tras el regreso del lobo al hombre, le da vida de nuevo a "esa cosa con plumas que se posa en el alma" al decir de Emily Dickinson sobre la esperanza. Esperanza que no perdemos aunque nuestro adorado Gardel nos siga diciendo, en el viejo disco que ponemos el primero de enero, "un año más, qué importa... como vino, se irá".

Por Jaime Andrés Monsalve

No más pesebres

Yo no digo que la Navidad sea del todo mala. No niego que algo de bondad se oculta tras las sospechosas letras de los villancicos (Antón tiru-riru-riru me despierta suspicacias), tras la insistencia de comer ese engrudo con astillas al que llaman natilla y tras las peligrosas luces navideñas que cualquier jefe de seguridad industrial coherente prohibiría en su propia casa.

Lo que me resulta exasperante de estas fiestas es esa capacidad que tiene todo el mundo de ignorar sistemáticamente las cosas malas que vienen con la Navidad y que en otra época del año acabarían con la paciencia del mismísimo Buda.

Para empezar... ¿cómo es posible que el 24 de diciembre, 42 millones de colombianos, y yo, terminemos metidos en un centro comercial comprando regalos a última hora? ¿Por qué soy yo el único que parece emberracado?

Según la Andi, en Colombia hay 965 centros comerciales. De donde se deduce que a cada centro comercial le corresponden 43.523 compatriotas comprando al unísono... ¿Ha tratado de pelearse el último Transformer con otros 43.522 compradores? Lo peor es que todos se comportan como si fuera lo más normal... aceptan con resignación exasperante la pérdida de su hijo menor en el almacén, la almorzada de pie en la rotonda, y la hora y media tratando de salir del parqueadero con 12 familiares entre el carro.

Odio también los pesebres con escalas incorrectas. ¿Soy el único que nota que la mayoría de reyes magos son el doble de grandes que las casas de Belén?, ¿a nadie más le inquieta descubrir que, según esos pesebres, los reyes eran gigantes o el Niño Dios nació en la aldea de los Pitufos?

Me asustan los instrumentos para los villancicos... palos con puntillas que atraviesan tapas oxidadas, botellas con cucharas que hay que girar y silbatos que pasan de boca en boca, y luego se guardan el resto del año para facilitar la evolución de sus bacterias, no son mi idea de las herramientas de una orquesta que vela por la integridad física de sus músicos.

Todo es admisible porque hay que prepararse para recibir al espíritu en sus corazones, porque cualquier regalo que den está bien (lo importante es el detalle), porque lo que debe primar es el deseo de paz, de unión y de amor; gozamos la cena navideña aún cuando el resto del año no aguantemos a la tía y aunque terminemos metiendo en el cajón la corbata que solo rima con la pantaloneta de fútbol.

Lo malo de la Navidad no es la Navidad... sino que la humanidad parece anestesiada. Nos volvemos zombies sin capacidad de enfurecernos, somos sospechosamente felices; como zombies, zombies complacidos, zombies navideños.

Así que, mientras dure el efecto del sedante... Feliz Navidad.

Por Diego Camargo

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