De Dreyfus a Arango Bacci

De Dreyfus a Arango Bacci

06 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

No sé qué es más insólito, si la inicial conjura contra un buen militar, o la agónica campaña mediática para reacreditar un expediente que ya estaba hecho pedazos. De cualquier manera, el almirante Gabriel Arango Bacci salió incólume de ambas conspiraciones, con todo y que la última estaba provista de la más pesada artillería, incluyendo una frase irresponsable del Embajador de Estados Unidos y una serie de extrañas preguntas radiales.

Ahora, siendo ya cosa juzgada, el caso Arango Bacci comienza su cocción en el tiempo, endureciéndose para siempre como una de las piezas jurídicas más monstruosas en la historia de Colombia. A fuerza del escándalo, de una indignación nacional que es más grande que el mismo complot, Arango Bacci entra a ocupar su sitial en los anales nacionales, convertido para siempre en una suerte de Dreyfus colombiano.

Ingeniero politécnico, de intachable hoja de vida, el Capitán del Ejército francés Alfred Dreyfus fue acusado en 1894 de haberle vendido a Alemania documentos clasificados. La justicia militar lo condenó a cadena perpetua y al destierro en la Isla del Diablo. Es decir, al igual que Arango Bacci, y aunque de menor rango, Dreyfus poseía méritos suficientes como para que algo así jamás le ocurriera.

Pero la confabulación fue de tal magnitud que en ese primer año muy pocos en Francia dudaron de que Dreyfus fuera culpable, algo sin duda muy similar a la historia de aquel Arango Bacci de hace 28 meses, señalado por sus superiores jerárquicos, y tácitamente por el mismo Presidente de la República.

Y así como Dreyfus en un principio fue satanizado por la opinión pública, que lo señalaba como un traidor, Arango Bacci -recién salido del horno en el que se cuecen los falsos positivos- contempló horrorizado el dedo índice del país acusador.

Pero en el caso Dreyfus hubo una figura crucial, que en este parangón podemos equiparar con Silvia Arango Bacci, quien movió cielo y tierra para ayudar a su hermano en desgracia. Mathieu Dreyfus hizo lo propio en la Francia de los 1890, logrando finalmente descubrir al verdadero culpable.También en el caso Dreyfus hubo intrigas, un estamento militar que se negó a considerar lo que ya era demasiado evidente. Pero no hubo nada que hacer ante el germinar de la duda, la cual alcanza su gran magnitud cuando Émile Zola publica su célebre manifiesto de defensa bajo el título de J'Accuse.

Quizá en el caso del almirante colombiano no hubo una cabeza visible que lo respaldara, sino muchas, a través de un airado grupo de Facebook llamado 'Nosotros apoyamos a Gabriel Arango Bacci', además de los periodistas que nos declaramos perplejos ante lo que estaba ocurriendo. Aún así, y cuando ya del acerbo probatorio no quedaba sino un arrume de escombros, recuerdo a un exaltado corresponsal que me atacaba por la osadía de cuestionar periodísticamente los procederes de la Fiscalía.

Dreyfus, sometido a horrendas condiciones de castigo, demoró ocho años para probar su inocencia y finalmente debió ser reintegrado al Ejército con rango de Comandante. En el caso local que nos ocupa, aquí estamos a la espera, pero es obvio que cualquier colombiano prefiere el inmediato reintegro de Arango Bacci a sus funciones en la Armada, y no una demanda monumental que terminaríamos pagando todos.

La gasolina del caso Dreyfus, quien era judío, fue sin duda el antisemitismo, encarnado por sectores conservadores de la Francia del siglo XIX. En aras de la simetría, bastaría decir que Arango Bacci es costeño.

Con Arango Bacci se puso en práctica lo que el abogado Abelardo de la Espriella denominaba en días pasados "el derecho penal del enemigo". Ahora, el país necesita saber quién era ese enemigo y por qué perseguía al Almirante. Sólo así podrá explicarse el fondo de este caso Dreyfus a la colombiana, tras el cual queda claro -y retomando a partir de Jorge Eliécer Gaitán- que la justicia aquí es un perro rabioso que no solamente muerde a los de ruana, sino inclusive a los de quepis.

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