Así es José 'Pepe' Mujica, el nuevo presidente de Uruguay

Así es José 'Pepe' Mujica, el nuevo presidente de Uruguay

es un hombre franco, que fue 'puestero de mercado', le pidió perdón al país por su pasado como guerrillero, estuvo en prisión y fue torturado. Vivirá en 'La Pueblada', donde cultiva acelgas.

05 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

¿Cuál es la mayor preocupación del presidente electo del Uruguay por estas horas?

Podría ser la crisis con el gobierno argentino por las papeleras o cómo va a solucionar el tema de la inseguridad, que la gestión de Tabaré Vázquez dejará pendiente. Esos son asuntos de Estado, pero lo que a José "Pepe" Mujica, con su larga historia de militante comprometido a cuestas, le viene quitando el sueño tras la rutilante victoria electoral es poder instalar energía eléctrica en una pequeña casilla que integra su chacra (finca), a la que bautizó "Pueblada" de Rincón del Cerro, donde cultiva flores y las mejores acelgas de la zona.

Esa preocupación, como todo en su vida, obedece a una lógica perfecta: "Ese es el único lugar que tenemos para la custodia presidencial y no tiene luz...", ya que él no piensa vivir en otro lado que no sea "la Pueblada" durante los cinco años de gestión.

A sus 74 años, este "puestero de mercado", como figuró en su prontuario de preso político durante casi 12 años, no pierde la costumbre de ponerle el pecho a los desafíos políticos y a la vez preocuparse por las cosas sencillas. Ingredientes que integran la fórmula de su triunfo y la manera en que fue conquistando a sus compatriotas. Con mensajes sencillos, con palabras que calaron en lo más hondo de las capas populares (aspecto en el que se asemeja a su amigo Luiz Inácio Lula Da Silva), 'El Pepe' se fue convirtiendo en un mito de carne y hueso para la gran mayoría de los uruguayos. Incluso para aquellos que no lo votan.

Hay que seguirlo en sus caminatas por las calles montevideanas o acompañarlo, en campaña, a algún pueblo del interior, para ver la admiración que despierta. Algo sólo comparable a la que solía despertar Salvador Allende en sus permanentes recorridos por el Chile profundo.

Los que se atreven a cuestionarlo por su pasado conforman ya una raza en extinción.

La gran mayoría le reconoce su honestidad y la consecuencia de sus posturas. Eso se debe, en gran parte, a que tras once años, seis meses y siete días de una durísima prisión con torturas incluidas, Mujica se atrevió a pedirle perdón al país, en una autocrítica, que tuvo que repetirla más de una vez para que fuera escuchada. "Al optar por la vía armada les dimos la excusa a los militares para que impulsaran la peor dictadura de toda la historia". Corría marzo de 1985, él y los otros siete rehenes tupamaros de la dictadura militar acababan de salir del cautiverio, cuando la democracia apenas comenzaba a dar los primeros gemidos.

"No acompaño el camino del odio, ni aun hacia aquellos que tuvieron bajezas sobre nosotros. El odio no construye", dijo por entonces, después de soportar las peores atrocidades en diferentes cárceles y guarniciones militares. Durante estos 24 años actuó en consecuencia.

Junto a sus compañeros de cautiverio y de militancia habían prometido ingresar a la política activa en el Frente Amplio, mediante el recién creado Movimiento de Participación Popular (MPP), lo que había generado un profundo debate interno. "Es lógico que algunos compañeros se sintieran inquietos y hasta con miedo, por aquellos tiempos", suele recordar. Nueve años de militancia constante le llevó al MPP para consolidarse. En 1994, el hoy presidente accedía a la Cámara de Diputados, junto a una anécdota que da cuenta de su inefable humor:

'El Pepe', llegó a la ceremonia de juramento del cargo ataviado con unos pantalones de gimnasia raídos, una camisa multiuso y alpargatas de labriego. Cuando estacionó su medio de locomoción (lo que hoy sería una especie de scooter), en el parqueadero del Congreso, un policía de custodia le advirtió que allí no se podía estacionar porque "ese es lugar para los autos de los diputados, ¿Se va a quedar mucho tiempo, señor?"

La respuesta del flamante diputado no se hizo esperar: "Si no me echan antes, cinco años..."

Tardó algo más que cinco años. En el 99 pasó al Senado, donde en el 2004 el MPP resultó ser el partido más votado del país. Ya entonces el liderazgo de Mujica era notorio. Su gestión en el Ministerio de Agricultura impulsó el famoso "Asado con el Pepe", un acuerdo con los productores de carne para mantener los precios populares en el mercado interno.

Fue su compromiso de militante el que lo llevó a cumplir con todos aquellos que gritaban su candidatura en los comités y en las calles y fue con su energía de "combatiente eterno" con la que alcanzó la presidencia. Aun cuando él ya tenía más ganas de dedicarse a cuidar sus flores y sus acelgas, junto a su esposa, la senadora Lucia Topolansky, su compañera de toda la vida y la única en este mundo a la que este agricultor apasionado le dirá por tercera vez el "sí".

"Sí", cuando se conocieron en el año 72, en el fragor de la guerrilla. "sí", cuando se casaron en el 2005 y "sí", el próximo 1 de marzo, cuando ella, en su condición de presidenta del Senado, le tome el juramento como presidente de la República.

Dueño de un sentido común y de una muñeca política singular para los tiempos que corren, Mujica leyó como pocos la coyuntura mundial. No le tiembla la voz cuando tiene que criticar a sus queridos argentinos o cuestionar el Socialismo del Siglo XXI de Hugo Chávez, a pesar de que su carga genética coincida con el del antiestadista. Por eso está allí, porque la mayoría de los uruguayos lo respetan. Y porque a él, como lo dijo la noche de su triunfo, le costó una vida aprender que el poder radica en el corazón de las masas. Esas que admiran que un presidente sea capaz de preocuparse por cosas tan simples como seguir viviendo en su propia casa de campo o velar por la comodidad de su custodia, lo que significa que posee la sensibilidad necesaria para encarar los grandes desafíos que, todos saben, tiene por delante. Retos, como "el de reducir la pobreza y hacer del Uruguay un lugar mucho más amigable", como la casilla de "La pueblada" cuando pueda instalarle la energía eléctrica.

JOSÉ VALES
Para EL TIEMPO
Buenos Aires

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