Seis países se juegan el futuro ambiental del planeta en la Cumbre de Cambio Climático de Copenhague

Seis países se juegan el futuro ambiental del planeta en la Cumbre de Cambio Climático de Copenhague

Se trata un evento más político que científico, donde no se sabe quién cede, quién paga y quién controla.

05 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

Una peste de escarabajos comemadera en Canadá; deshielo de glaciares en Colombia; la actual sequía en el este de África; la inseguridad hídrica para los ríos de la India y China y la inundación de una buena parte de Bangladesh son unas pocas de las consecuencias que, a lo largo y ancho del planeta, se le achacan al fenómeno del cambio climático. Diecisiete años después de la convención marco adoptada en la cumbre de la Tierra en Río de Janeiro, existe hoy un consenso científico global- aunque con algunos escépticos- que el calentamiento global no sólo es producido por la acumulación de gases efecto invernadero en la atmósfera sino que, más que un ciclo natural, es un resultado de la actividad humana.

La cumbre de cambio climático, que arranca mañana en Copenhague (Dinamarca), es la cita internacional con el objetivo central de acordar los mecanismos globales para enfrentar este desafío ambiental. Las delegaciones de las 191 naciones tienen dos semanas para diseñar un nuevo marco de acción que sustituya al Protocolo de Kyoto, surgido de Río, y cuyos resultados han dejado mucho que desear. En vez de reducir voluntariamente las emisiones de los gases invernadero, el mundo terminó por incrementarlos. Además, Estados Unidos, el país que hasta hace unos años lideraba la lista de mayores contaminadores, nunca lo ratificó.

Aunque la presencia de 89 jefes de Estado en la capital danesa- entre ellos, Barack Obama, de Estados Unidos; Wen Jiabao, de China; Luiz Inácio Da Silva de Brasil y los mandatarios de la Unión Europea- garantizaría, en teoría, la consecución de importantes acuerdos, la realidad política del cambio climático es más compleja.

Geopolítica del calentamiento

El reto más difícil que enfrenta la comunidad internacional para diseñar un nuevo protocolo para combatir el calentamiento ya no es científico ni tecnológico. Avances en las herramientas de inventario de los gases así como el desarrollo de alternativas económicas de bajo uso de carbono han ampliado el portafolio de opciones para que tanto países ricos como pobres aporten en la reducción del efecto invernadero. También la posibilidad de masificar el acceso a las tecnologías "limpias"abre las puertas a que las naciones subdesarrolladas no transiten el mismo camino "contaminador" de los países industrializados.

Es en la geopolítica donde las posibilidades de éxito de la cumbre de Copenhague empiezan a ensombrecerse. Un puñado de seis naciones son responsables por el grueso de las toneladas de dióxido de carbono - el mayor causante de origen humano del efecto invernadero- que calientan la atmósfera. Dado que las emisiones están ligadas a la actividad económica, esta responsabilidad recae tanto en Estados Unidos y la Unión Europea en su conjunto, como en India y China como potentes motores de crecimiento de las décadas recientes.

Asimismo, todo acuerdo climático generará un costo doméstico a cada líder ya que industrias como la automotriz, la minera y la energética se verán, de una u otra manera, afectadas si se definen porcentajes de reducción. El caso de Barack Obama es elocuente: sus compromisos iniciales están limitados por los porcentajes que discute actualmente el Congreso norteamericano y que reflejan los acuerdos políticos internos.

Pero a las negociaciones domésticas se suman los distintos intereses entre las potencias. Por un lado, Washington quiere que indios y chinos adquieran compromisos puntuales de reducción; por el otro, estas economías emergentes se niegan a que su camino hacia el mundo desarrollado cueste más por cuenta de costosas transferencias de tecnología. En cuánto comprometerse a reducir y en quién pagará los costos de dicha reducción se centran los dos nudos que Copenhague debe desatar. A esto hay que añadir las desconfianzas mutuas de estos grandes emisores: Estados Unidos no sabe si apretarse el cinturón sin que China o India también hagan lo propio. Además, los líderes en Washington, Bruselas, Beijing, Nueva Delhi y Moscú querrán evitar pagar una cuota mayor y que el problema se resuelva sin que los otros pongan su grano de arena.

¿Habemus nuevo Kyoto?

Ante la complejidad de estos dilemas de acción colectiva, está creciendo la idea de dividir el acuerdo en dos fases: un marco político en Copenhague y otro de acción, un año después. En otras palabras, "ganar tiempo" para que los grandes protagonistas logren proponer compromisos tangibles tanto en la reducción de emisiones como en la división de la torta de costos que este esfuerzo global les generará.

FRANCISCO MIRANDA HAMBURGER
Editor de Opinión de EL TIEMPO

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