Cerrojo ambiental

Cerrojo ambiental

04 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

La cumbre de la semana entrante en Copenhague es precedida por un cubrimiento que asegura que no es por información insuficiente por lo que no hay acuerdos. El mundo dispone ya sobre ecología de ilustración abundante. Hay entonces que entender por qué el poder mundial vacila en este punto vital. "Se nos escapa un acuerdo sobre una amenaza existencial (...) donde necesitamos progreso, tropezamos con cerrojos," previene el Secretario General de la ONU. "Todo está aludido en esto," dice Naomi Klein, porque se trata un cuestionamiento a la socioeconomía global, de cuyo atasque son indicio los costos de corregir riesgos letales del modo de consumo y producción, que complican elementos como agua, aire, alimento, energía, clima, la vida terrestre en general.

Otro indicio es que el vuelco exigido, colorear de verde la economía mundial, corresponde en gran parte al mundo rico, mayor consumidor y polucionador, y en él, a sus grandes negocios. Alguien habla de la necesidad de otra revolución industrial, de refundar el capitalismo. Lo ejemplifica la agricultura, sector estratégico, donde la rentabilidad depende de fertilizantes, combustibles, pesticidas, derivados del petróleo, el gran contaminante. Es de ese orden lo que motiva los desacuerdos graves que descorazonan al menos en sus vísperas el con razón esperado desenlace de la gran cumbre ambiental.

Se habla también de una disyuntiva entre nacionalismo y globalidad, donde el cerrojo está en que ningún país quiere ceder en su interés económico. Caso concreto es Estados Unidos, donde el mensaje verde tiene poca audiencia frente a preocupaciones como el desafío productivo chino, la presente crisis y sus guerras en Irak y Afganistán. El Presidente y sectores progresistas pueden tener buena voluntad, pero otra cosa es su viabilidad legislativa; Clinton firmó el tratado de Kyoto, pero el Senado no lo aprobó.

Porque afecta a ricos y pobres, izquierdas y derechas, norte y sur, campesinos y ciudadanos, la ecología tiene capacidad para hacer palpable implicaciones de la globalidad, aún abstracta en otras cosas, por lo que se llega a Dinamarca sabiendo que no es asunto solo de lo que convengan y decidan China, E.U. y Europa. La ecología tiene que ver con la civilización dominante y con quién decide sobre su viabilidad; si hasta hace poco se les dejó al mercado, a unas potencias y a unos conglomerados, cada día es más claro que corresponde a una geopolítica humanitaria, que en esto está ante la oportunidad única de demostrar que le corresponde orientar el mundo y, en este caso, la anarquía económica por medio de ideas como la de la sobriedad productiva y del consumo, y la redistribución adecuada.

No se pueden desconocer tampoco como refuerzo del cerrojo las voces que descalifican la alarma ambiental; la reunión será ocasión para examinar sus argumentos, para que se pongan las cosas en su punto y se aclare de una vez por todas si es tonto creer en que se debe limpiar la productividad y si es imposible. Hay, no obstante, evidencia de que no se está ante inventos sino realidades temibles en la trascendencia que se está confiriendo al asunto y en la expectativa justificada de la opinión mundial sobre si en Copenhague prevalece el humanismo o el dinero.

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