Denis

Denis

01 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

Unos nacen para encontrar en la vida una olla llena de oro, otros una verdad incontrovertible, otros unas piernas inalienables. Mi papá me inculcó, si no hacer, por lo menos encontrar el poema perfecto, así no llevara un peso para la casa. Una vez que lo hallara, bien podría cerrar los ojos. Él lo había buscado a través de la sastrería, que era el complemento de la obra de Dios, porque el hombre no tenía presentación empeloto. Se sentía feliz al hacer un hombre con pantalones a la medida. En esa búsqueda inculcada me he empeñado por medio siglo, y hasta ahora había plantado mi encuentro en Lubicz Milosz, quien me ha sacado las lágrimas que no pudieron tantas veleidosas amantes ni empañado tantas gafas de marca. Y ha sido la poesía, esa elección del fracaso, como la llamaba Sartre, la que me ha mimado las cuentas bancarias, me ha hecho pacifista así cargue una navaja con la efigie de Gandhi, me puso a marchar con los más borrascosos poetas que integraron mi movimiento y la que me ha propiciado un ciempiés de piernas de las cuales solo me queda una por coronar. Ella sabe.

Tal como el maestro Fernando González exclamó, cuando leyó el poema de Amílcar Osorio, Plegaria nuclear de un cocacolo, que al fin había llegado la poesía a Colombia, a su intimidad, igual puedo en este momento exclamar al abrir el tomo editado por Norma de Geometría del agua, de Fernando Denis, a quien hasta el momento tantos empingorotados intelectuales habían considerado poco menos que un arrastrado.

Me he pasado la vida leyendo a los grandes poetas del mundo. Entre ellos se me acaba de colar Denis, un personaje que hace poco se levantó de un cambuche de menesteroso, donde se mantuvo por su propia voluntad apoyado en una botella, y quien ahora resulta un sultán del poema. Un caso similar no lo veía desde las leyendas de La cenicienta y El patito feo.

Hace unos 18 años entré a tomar un café en la Alianza Francesa y allí me lo encontré más borracho que Francois Villon y casi con la soga al cuello. Era una pichurria poética, más presencia podía tener el fantasma de Canterville. Me extendió una carpeta con sus escritos y dudé de que pudieran ser suyos. Después aparecería La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner. ¡Zambomba! Ese libro debió haber creado una conmoción inmediata. No fue así, pero se fue convirtiendo en un objeto de culto, mientras el autor, por intenso, como dicen ahora, seguía generando el rechazo.

La poesía de Denis no tiene antecedente en nuestra lírica, tan tendente a la española y cuando más a la franca. Se evidencia que proviene de la poesía prerrafaelista británica de mediados del XIX, tan hermanada con la pintura. Si así fuere, el fantasma de Dante Gabriel Rosetti debe de estar de plácemes, al darse cuenta de que en un país sin las condiciones higiénicas ni el ritmo reposado que su expresión demanda, surge un discípulo de su misma talla, por lo menos inspirativa. Se puede tratar de una reencarnación trastrocada del romántico místico y filipichín londinense, pues, si bien heredó el corte de sus versos, difícilmente se acomodaría a las medidas de sus principescos atuendos.

Dos monstruos poéticos nos ha brindado la Costa Caribe en los últimos lustros: Raúl Gómez Jattin, todo un ciclón acariciante, y Denis, que es más bien un céfiro arrasador. Este menudo poeta asumió durante casi veinte años la pose maldita del poeta en desgracia, desposeído hasta del mínimo mendrugo de sueño. Casi todos los colegas poetas le sacaban el jopo, no tanto para no pagarle el peaje por su existencia en las calles, sino para despojarse de tan aburridor colegaje. Menciono como excepciones hermosas a William Ospina, a Nicolás Suescún y al inmenso pintor Darío Ortiz, también cercano al prerrafaelismo.

Entro a la poesía de Denis con un pánico respetuoso. Me aterro de que alguien con la esmirriada figura de mi amigo pueda rezumar semejante alud de belleza. Pero pienso que si fuera alto, buen mozo, bien parado y metrosexual, escribiría como Danilo Santos. Todo el que lea completo el último libro de Denis va a verlo como un Adonis, así lo veo. Con el otro sucede todo lo contrario. Gracias, Denis, por allegarme el poema perfecto, por el cual mi padre me dijo que se justificaría mi existencia.

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