Pose

Pose

12 de noviembre 2009 , 12:00 a.m.

Se llama Andrés Felipe Arias. Hasta hoy, da más mal genio que miedo. Nació en Medellín el 4 de mayo de 1973. Sus profesores del colegio lo recuerdan como un alumno ambicioso que hablaba de tomarse el mundo. Sus compañeros de estudios superiores le reconocen una extraordinaria capacidad de trabajo.

Fue investigador del Banco de la República, obtuvo el título de Doctor en Economía en la Universidad de California en el 2002, hizo una breve pasantía en el Fondo Monetario Internacional. Y de regreso al país, con semejante hoja de vida, se convirtió en el funcionario estrella de este gobierno de nunca acabar. Ahora mismo lo veo, en las páginas de la revista Semana, en el centro de una foto inquietante que le han tomado con el equipo de su campaña a la presidencia. A su derecha, Enrique Gómez Hurtado. A su izquierda, Fernando Londoño Hoyos.

¿Qué tuvo que pasar para que un tipo de mi generación llegara a posar, sonriente, junto a alguien que se niega a aceptar la Constitución de 1991? ¿Cómo se pasa de ser un rozagante joven ochentero a ser el muñeco de ventrílocuo de la derecha? ¿Qué clase de niño era este Arias?: ¿iba por Gargamel cuando veía Los pitufos?

Arias ha ido armando, en los últimos años, un álbum de imágenes delirantes. Acá está, cuando era Ministro de Agricultura, haciendo esa innecesaria campaña contra un despeje que ni siquiera era una opción. Acá se ve defendiéndose con el Método Uribe de Control Mental ("eludir", "culpar", "prender alarmas") de los senadores que lo acusan de entregarles a los latifundistas las 17.000 hectáreas de la hacienda Carimagua que se les habían prometido a las familias desplazadas. Mírenlo ahora, en plan de precandidato, enviando mensajitos cínicos desde su Blackberry en el vergonzoso debate sobre el referendo. Y ahora obsérvenlo haciéndose el perseguido, por Dios, como si no tuviera todo el poder de su lado: vocifera, 70 por ciento culebrero, 30 por ciento yuppie, porque han vuelto a acusarlo de repartir el campo colombiano entre los terratenientes de siempre.

¿Qué tuvo que suceder para que aquel estudioso hombre de 29 años se prestara para ser este candidato pendenciero y retardatario de 36 que agita los regionalismos, enloda cada vez que puede a una competidora de su propio partido que podría ser su madre y les grita "cobardes" a todos los que no piensan como él? ¿Fue así desde siempre?: ¿de niño pensaba, mientras veía La guerra de las galaxias, que Darth Vader tenía toda la razón?

Por lo pronto, sabemos que, a pesar de los escándalos, no va a renunciar a su candidatura. Primero, porque aquí nadie renuncia a nada. Segundo, porque si algo le queda, de estos siete años de mal ejemplo, es que la clave para reinar es dividir y hacer cara de frentero. Tercero, porque su nueva cruzada es sólo una pose, una pantomima de telonero mientras aparece el verdadero candidato, una campaña más en un país que suele quedarse en las campañas. Sí, la suya, como tantas, es una candidatura "por si acaso". ¿Alguien aquí ha leído su plan de gobierno? Si la respuesta es sí, ¿podrían explicarme qué clase de propuesta es "liquidación de toda entidad corrupta"?, ¿significa que va a acabar con todo?
Acaba de empezar, como una forma de decir "no todos estamos dormidos", "este país es de todos", una Alianza Ciudadana por la Democracia que busca defender, de los inescrupulosos de turno, la democracia, las reglas del juego, la arquitectura, el pluralismo y los derechos que protege la Constitución de 1991. Es una buena señal. Pero a Arias, metido hasta el cuello en el negocio opuesto, todo eso le tiene sin cuidado. Sabe, por los libros de historia, lo que otros países han tardado en recuperarse de los meses que ahora se nos vienen a nosotros, que una vez pase el referendo no va a ser fácil reparar esa Constitución que tanto nos costó, pero se ha extraviado, como tantos, en la lógica retorcida del poder. Y más temprano que tarde tendremos que encararlo.

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