El ardor de la sangre

El ardor de la sangre

28 de septiembre 2009 , 12:00 a.m.

Buscando nuevas lecturas hallé a Irene Némirovsky. Escritora nacida en Kiev en 1903. Muy joven huyó con su familia de la revolución bolchevique y se radicó en París, donde estudió letras en la Sorbona. Un círculo trágico trazó su existencia: su origen aristócrata y judío la llevaron a un exilio permanente. En 1942 fue asesinada junto con su esposo, Michel Epstein, en Auschwitz. En vida publicó, entre otras novelas, David Golder, El baile y una biografía literaria sobre Antón Chéjov. Los manuscritos de Suite francesa (Premio Renaudot) y El ardor de la sangre fueron recuperados hace unos pocos años de una maleta con papeles perdidos y que el inefable tiempo salvó. La crítica y una masa considerable de lectores han sido seducidos por un lenguaje elegante, certero: "Tengo la sensación de que la vida me ha escupido como un mar encrespado y he ido a parar a una orilla triste, como una barca vieja aunque todavía resistente, pero con los colores desteñidos por el agua y corroídos por la sal".

En El ardor de la sangre, una historia que ocurre en la campiña francesa, nos envuelve con un argumento sencillo, a través de un narrador, Silvio, rememorando sucesos de ambiente familiar y, entre redes y una palabra luminosa desprovista de arandelas, va armando un tramado del cual no podemos salir y como sumergidos en un remolino vamos hacia abajo, a las entrañas mismas de la hipocresía social, el tedio, los celos y la traición. El detonante dramático es un amante que comparten dos mujeres, quien en un forcejeo mata al esposo de una de ellas. Luego una frase, un mortero casual, de alguien cercano al narrador desata una nueva tormenta, y del pasado lejano entramos a un presente crepitante, y en ese giro está la maestría de Irene Némirovsky. De la quietud pasamos a la borrasca, a una noche que no soportaría una presencia humana. Solamente habitada de fantasmas. La memoria del pasivo narrador se prende con fervor, él se convierte en el protagonista y escuchamos su alma afiebrada, su delirante exaltación. El terrible secreto ha sido develado y la narración llega a su clímax y desintegración. Además, es una novela de la juventud, de esa época cuando somos seres exploradores de la aventura y el abismo, sedientos, insatisfechos, a merced del "ardor de la sangre joven". Ese fuego que a los 20 años anuncia un incendio y que "en unos años, en unos meses, a veces en unas horas, lo devora todo". Las pasiones son una veta inagotable de la literatura. Y por eso, la prodigiosa escritura de Némirovsky hace de su lectura una lección perdurable.

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