No se lo impidan

26 de septiembre 2009 , 12:00 a. m.

"Juan le dijo a Jesús: Maestro, hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, pero como no es uno de los nuestros, se lo prohibimos". (Mt. 9,38). Esta acusación se puede entender en dos direcciones: hacia dentro y fuera de la Iglesia.

Por un lado, está el fenómeno de la relación de los nuevos movimientos religiosos (Regnum Christi, Schöesnstatt, Comunión y Liberación, Focolares, Camino Neocatecumenal...) entre sí y con la Iglesia particular. Los movimientos son un don del Espíritu Santo para la Iglesia, en ellos los fieles encuentran la posibilidad de formarse en su fe, crecer y comprometerse hasta ser verdaderos apóstoles misioneros. A través de su carisma constituyen un valioso aporte para la realización de la Iglesia particular. Los movimientos ofrecen una oportunidad a las personas que se encuentran alejadas de la Iglesia, de hacer una experiencia vital de Cristo y así recuperar su identidad de bautizados. La dimensión carismática de la Iglesia y la dimensión institucional se complementan y enriquecen. (Aparecida, 311, 312). Por lo tanto, sería un error todo lo que suene a competencia, comparación u oposición. Adquirir el compromiso de vivir el respeto y promover la mutua estima al hablar bien unos de otros y apoyándonos, porque vivimos un mismo espíritu en Cristo y profesamos una misma fe.

Por otro lado, está la búsqueda de la unidad a través del diálogo ecuménico. Las divisiones entre todos los que profesamos una misma fe en Cristo constituyen un escándalo, un pecado y un retraso. Unidos en una fe común en Cristo, debemos buscar en la oración y en el precepto de la caridad los puentes de comunión que nos ayuden a quitar barreras accidentales que nos separan. Hay que purificar la memoria y adquirir un corazón nuevo, libre de resentimientos del pasado para lograr la unidad, que es un mandato de Jesús: "Que todos sean uno, para que el mundo crea". (Jn. 17,21).

Hacia fuera está también el diálogo interreligioso. Hay que comenzar por librarnos de prejuicios para dar paso al diálogo respetuoso, resaltando elementos que nos unen en el bien, como es el reconocimiento de la dignidad de la persona humana por encima de la raza, pueblo o religión. La vocación a vivir en paz y armonía como seres dotados de razón y libertad. Alimentar el diálogo siguiendo el consejo de san Pablo: "haciendo la verdad en la caridad" (Ef. 4,15). La verdad tiene que abrirse paso en la mente y corazón por sí misma, a través de la exposición clara y convincente de los principios que rigen e iluminan nuestra vida.

jmotaolaurruchi@legionaries.org

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