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Orwell y los libros digitales

Orwell y los libros digitales

En días pasados, la ciencia ficción aterrizó en la vida real con una paradoja: el portal de libros Amazon borró de los dispositivos de lectura de libros electrónicos de sus clientes, cuyo nombre es Kindle, las descargas hechas de 1984, la distopía del británico George Orwell, por problemas de derechos de autor. Como el famoso Gran Hermano de esta novela, que manipula los contenidos de la prensa y los registros históricos, la compañía arrebató unilateralmente este clásico de las bibliotecas virtuales de numerosos usuarios y les devolvió su dinero.

Lo mismo ocurrió con otra obra de Orwell, Rebelión en la granja, una sátira del autoritarismo comunista, mientras los compradores de ambos libros se resignaban a que esa mano invisible metiera la mano en sus descargas a pesar de que su transacción fue legal.
Es inevitable preguntarse cuántos libros electrónicos distribuye hoy Amazon que luego retirará por no contar con los derechos para su comercialización. El episodio, si se tratara de una obra impresa, con seguridad tomaría por sorpresa al comprador, al recibir en la sala de su casa a un individuo que busca retirar un libro que le vendió. A esto hay que añadir el monopolio que el poderoso portal impone con su formato Kindle, aparato indispensable para la lectura de los textos que comercia.

Este incidente ocurre ad portas de un viraje en el mercado de los libros electrónicos: en días pasados nació la tienda virtual de Barnes & Noble, la más importante cadena de librerías de Estados Unidos, con más de 700.000 registros disponibles en formato digital, el doble de los títulos digitales que ofrece Amazon. Bajará los precios y esto, con seguridad, replanteará las políticas comerciales del, hasta ahora, rey de las ventas de libros por Internet.

Independientemente de la polémica por la irresponsable distribución de libros sin poseer con claridad los derechos de autor, se abre otra discusión sobre los límites de intromisión de las compañías que venden estos productos digitales. En días pasados, numerosos propietarios de celulares iPhone perdieron aplicaciones sin que la empresa fabricante resarciera los daños.
Es importante definir los derechos de estos nuevos consumidores de objetos virtuales y los deberes de las corporaciones -aun en mercados incipientes como el colombiano-. Detrás del retiro de estos dos libros de Orwell yace el imperativo de proteger el mercado digital, justo ahora que debe probarle al mundo su eficacia.
editorial@eltiempo.com.co

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