Petrona Martínez, reina del bullerengue, pasó de lavar a ícono de la música colombiana

Petrona Martínez, reina del bullerengue, pasó de lavar a ícono de la música colombiana

A los 70 años, sigue encantando con su potente voz. Vive como una diosa en su 'castillo' de Palenquito, rodeada de frutales, animales domésticos y de matorrales floridos.

25 de abril 2009 , 12:00 a.m.

De no ser porque la Divina Providencia quiso que el sol saliera en todo su esplendor, aquel 24 de agosto de 1984, Petrona Martínez, la 'reina del bullerengue', aún estaría sacando arena del arroyo de Lata, o haciendo cocadas para venderlas en Malagana, o esperando el mes de mayo para aprovechar las cosechas de mango.

Con los radiantes rayos, que llevaban semanas escondidos, la mujer, que ya se asomaba a los 45 años, aprovechó para lavar la ropa a la orilla del arroyo y allí, acompañada por el sonsonete natural que las brisas imponían a las enramadas, y de las variadas melodías de las aves silvestres, sacaba de su garganta potentes tonadas que el profundo eco conducía, como un torrente de agua pura, a todo lo largo y ancho del pequeño cañón que se formaba en el riachuelo.

Y cerca de allí, Marcelino Orozco, otro músico cimarrón perdido en las faenas de campo, escuchó la prodigiosa voz que parecía provenir del cielo y, de inmediato, se acordó que en Gamero estaban buscando gente para formar un grupo folclórico.

"En Malagana hay una mujer que canta más que Celia", le dijo Orozco a Wady Bedrán, el organizador del grupo. "No sé cómo se llama ni dónde vive, sólo sé que hay que buscarla en el arroyo", reiteró.

Semanas más tarde, cuando Orozco supo quién era la mujer que cantaba en el arroyo, y que encantaba hasta los pájaros, le dijo que la estaban esperando en Gamero, pero la respuesta de ella lo dejó frío.

"¿Por qué le vamos a dar fama a Gamero?, formemos nuestro propio grupo", le dijo. Allí nació la nueva agrupación que, a partir de entonces, habría de marcar el rumbo de la música folclórica en Bolívar: 'Petrona Martínez y Tambores de Malagana', pero les decían 'los vejestorios', porque todos los integrantes pasaban de los 50 años y ninguno había grabado jamás.

Alegría en vez de llanto

Para ganar lo que ahora tiene, para vivir en su propio 'castillo', de unos 900 metros cuadrados, Petrona tuvo que conocer casi todos los tristes estados de la vida, desde trabajar como doméstica cuando joven, pasando por vendedora de frutas hasta ser una artista reconocida a nivel internacional.

Eso sí, el infortunio jamás la hizo perder su compostura alegre y, en contra de todo, siempre le ha puesto sentido común a su rutina juglaresca. "Lo que es para perro no se lo come gato", dice en su particular y sabio lenguaje.

Esta jovial forma de coger al toro del destino por los cachos, le ha permitido a la vigorosa mujer hallar el lado bonito de la moneda, así valiera un maravedí para los demás. Ni siquiera su nacimiento fue fácil. Su madre biológica, Otilia Villa, se complicó en el parto y no pudo amamantarla, lo que obligó a que Candelaria Valdés, su tía y madrina, se encargara de su crianza.

Como su madre biológica "aborreció" a su padre Manuel Salvador Martínez, 'Cayetano', le correspondió a Vidal Martínez, papá de Otilia Villa, terminar de criarla, lo que para Petrona significó una bendición.

"Soy la única que ha tenido dos mamás y dos papás", señala, y advierte que la relación con los cuatro (su madre biológica murió hace 35 años) siempre ha sido la mejor.

Similar compostura tuvo cuando le tocó irse para Montería a lavar ropa ajena. En momentos en que su situación económica se complicaba, en una tierra lejana a la suya, donde no había mangos al alcance de la mano ni ñames gigantescos a flor de tierra, Petrona encontró el primer amor de su vida, Adolfo José Díaz, padre de sus dos primeros hijos, Luis Enrique (q.e.p.d.) y María del Carmen.

"No puedo decir que se portó mal conmigo, lo encontré en un momento muy difícil y me ayudó, pero por cosas de la vida, se terminó", afirma.

Separada, con dos pequeños a cuestas, de Montería se fue para Arjona, más cerca de la tierra, porque una tía suya la necesitaba para que le cuidara sus hijos. Allí, sin llanto y sin pedirlo a San Antonio, conoció a su segundo amor, Tomás Enrique Llerena, padre de sus otros cinco hijos.

"Mi tía me decía que me encomendara al santo, como única forma para conseguir marido, pero yo ni un canto le hice y aquí estoy, feliz", dice entre risas.

El único momento que casi no puede superar fue cuando murió su hijo mayor, Luis Enrique, hace 13 años. No obstante, tras el embate inicial de la tragedia, sintió un alivio cuando vio a uno de los hijos del difunto tocar el tambor igual que su padre, y entonar sus propias composiciones. "Dios no quita, Dios da", expresó en su sabiduría de monte.

En el jardín de su ' castillo'

Rodeada de heliotropos floridos, lirios rojos, helechos, palmeras, juncos y margaritas en los alrededores de su vivienda de Palenquito (vereda de Palenque), Petrona parece una diosa africana que controla hasta el movimiento de las hojas de los árboles.

Es una tierra pródiga que brinda yucas jugosas, mangos de azúcar y totumos hiperbólicos, que parecen de mentira. Hace un año, dejó la cría de gallinas y de patos, porque una peste acabó con 70 de las primeras y un enjambre de abejas africanizadas les quitó la vida a 55 de los segundos.

Ahora, tiene una cría de cerdos en una pequeña porqueriza, habilitada a un costado de su extenso patio, fértil y vigoroso como la dueña, que alberga frutales de varias especies y que es vecino de un arroyuelo que jamás se seca.

El patio grande lo compró Tomás Enrique Llerena, su segundo marido, con la liquidación que le dio el ex gobernador Augusto Beltrán, en cuya finca trabajó como corralero durante más de 20 años.

Aún no vivía de su poderosa voz, y le tocaba batallar junto a su marido para alimentar a sus hijos. A veces, sacando arena de la arroyo con un galón que cargada en la cabeza y que estuvo a punto de dejarle graves secuelas por el peso. En otras ocasiones, sembraba las tres clases de ñame conocidas, o vendía cocadas que ella misma hacía en el cobertizo que habilitó como cocina.

Las voceaba en Malagana, Evitar, Sincerín, San Pablo, San Cayetano, Mahates, precisamente los mismos pueblos donde se inició en la música, luego de que Marcelino Orozco la descubriera cantando en el arroyo de Lata.

Ya en esa época lo suyo era la música, aunque no lo hiciera de manera profesional, pues para vender las cocadas le puso nombre y música: cuando llegaban 'las sabrosas', todo el mundo se arrimaba a comprar, tanto por el sabor de la golosina, como el cántico que Petrona impuso para vender y para cobrar. "La sabrosa, el que me debe me paga, el que me debe me paga".

La herencia musical de Petrona viene por distintas vertientes. El haber escuchado cantar a Orfelina Martínez, a Carmen Silva y Tomasita Martínez, en San Cayetano, temas como Pío pío Gavilán, o Cangrejito, de Regino Torres, la marcaron desde que era una niña. También de 'Cayetano', su padre, recogió pedazos de folclor.

Dice que admira el chandé de Totó, el bullerengue insular de Etelvina y el pajarito de Manuela Torres, pero lo que más siente en el fondo de su corazón es el llamado 'grito vagabundo' de Irene Martínez, "la maestra de todas las cantadoras", según su parecer.

Éxito, Grammy y viajes

Tras haber sido nominada al premio Grammy, por su álbum Canta bonito; de haber grabado en Francia y en Inglaterra trabajos discográficos de notable éxito, y de ser considerada ícono de la música folclórica colombiana, Petrona, quien recientemente cumplió 70 años, sigue siendo una mujer un humilde, 'de monte', como alguna vez le dijeron.

Nació en San Cayetano, Bolívar en 1939, considerada la capital mundial del ñame, y como tal conoce los secretos que este tubérculo tiene para la salud, como el ñame mestizo, bendito para las mujeres que están amamantando, o el criollo, para los "picados de culebra".

Esta alma rupestre es la que le ha impedido salir del hotel en ciudades gigantes, como París, Londres o Nueva York, porque -según ella el susto es muy grande. Ni siquiera en Malasia, donde los "chinitos", como los llama, brincaban como los locos con sus cantos, se atrevió a dar el paso.

En la única ciudad donde se le midió a salir de su habitación fue en Buenos Aires, con todo y que se le perdió un par de aretes, la plata para el almuerzo y la dejó el avión.

En cambio, el folclor nacional ganó un par de joyas que aún están inéditas. La primera, un bullerengue, narra las peripecias que tuvieron con Camilo Rincón, su agente en este viaje que cubrió Argentina, Panamá y Paraguay.

Y la segunda, fue un providencial encuentro con un personaje que conoció en un concierto y que le llamó la atención por el inmenso entusiasmo que expresaba cada vez que Petrona cantaba. Se trataba de un sacerdote que dijo ser su paisano, por los lados de Marialabaja (Bolívar).

Sin pensarlo, la matrona del folclor colombiano, que tiene 7 hijos, 40 nietos y 7 bisnietos, sacó de su ágil memoria un bullerengue que estrenó en el vuelo de Buenos Aires-Panamá: "El padre quedó contento/ entre chistes y los cantos/ el cura nos confesó/ que él era de Palo Alto".

Lo que viene para la artista

Como ahora se da el lujo de vivir de la música, Petrona Martínez pasa su tiempo fabricando en su máquina de coser los pollerines floridos que utilizan las mujeres de su grupo. Dice que no se desespera porque aún no han empezado las giras de este año: "Hay tiempo y tiempecitos", afirma como para espantar las malas energías.

Hace poco acompañó, con una canción suya, la grabación que hizo el soledeño Checo Acosta, y está trabajando con Mayté Montero, la gaitera de La Provincia, una nueva propuesta folclórica, porque desdeñó la que le hicieron para grabar con su voz temas de las legendarias Emilia Herrera e Irene Martínez. "Yo quería que en ese mismo trabajo incluyeran varios temas míos, pero me dijeron que así no, y yo les respondí que así no iba al bate, que no iba a desenterrar muertos para enterrarme yo viva", afirmó.

JUAN CARLOS DÍAZ M.
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
PALENQUITO (BOLÍVAR)

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