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Colombia debe hacer un despliegue diplomático para evitar la internacionalización del conflicto

Colombia debe hacer un despliegue diplomático para evitar la internacionalización del conflicto

La prolongación del enfrentamiento violento interno incrementa el peligro de una confrontación militar externa.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
11 de febrero 2009 , 12:00 a. m.

Uno de los principales desafíos que confronta Colombia está vinculado a sus fronteras y ello se entrelaza con el conflicto armado. En una detallada investigación reciente de Kristian Skrede Gleditsch, Idean Salechyan y Kenneth Schultz, publicada por el Journal of Conflict Resolution (Vol. 52, No. 4, 2008), resulta elocuente la comprobación de la estrecha relación entre los conflictos domésticos y las disputas internacionales.

Los análisis sobre el tema relacionaban los conflictos internos e internacionales con dos ideas centrales. Primero, los ataques distractores; es decir, cuando un país con una fuerte confrontación interna recurre a una acción bélica contra otro para distraer la atención doméstica y obtener un eventual dividendo político-militar con su comportamiento. Segundo, los ataques oportunistas; esto es; cuando un país en relativa paz aprovecha la situación de combate interno de su vecino y lanza una ofensiva bélica para obtener alguna ventaja político-militar sobre aquel. Los autores mencionados ahora evalúan los conflictos armados en la periferia y muestran que aquellos dos argumentos no explican suficiente y coherentemente el vínculo entre guerra interna y guerra internacional. Indican tres formas de entrelazamiento entre una y otra que denominan intervención, externalización y efectos de derrame.

En el primer grupo se ubican los motivos y la racionalidad por las cuales un país apoya a un grupo rebelde en el país vecino. Por ejemplo, existen "guerras mediante sustituto" (proxy wars): un país respalda a los insurgentes en una nación atravesada por un conflicto armado para debilitar al país vecino, drenar sus recursos y lograr su superioridad política, militar y diplomática. También hay disputas que obedecen a la naturaleza de los regímenes en cuestión: el soporte externo a la insurgencia se debe a que una administración determinada considera que el gobierno del país vecino que libra el conflicto expresa una ideología hostil y opuesta a sus intereses y perspectivas. También hay conflictos con componentes irredentos: el país próximo apoya a la guerrilla porque esta opera en un territorio que ese país vecino pretende lograr para sí en un momento futuro cuando la lucha armada cese. Asimismo, existe un sostén externo a los insurgentes porque constituyen parte de una etnia afín y probablemente minoritaria en la nación donde se desarrolla el conflicto armado. Finalmente, existe injerencia en la guerra del vecino como retaliación por su apoyo a grupos armados localizados del otro lado de la frontera.

La externalización adopta dos formas. Por un lado, un gobierno que afronta un conflicto doméstico cruza las fronteras de su vecino para atacar a los rebeldes que usan los espacios del país colindante como santuario. Por otro lado, un gobierno incursiona y ataca a su vecino como una forma de retaliación para que este abandone el soporte a los insurgentes. La tercera forma de entrelazamiento entre lo interno y lo externo, es decir el efecto derrame de un conflicto, se manifiesta cuando las acciones de enfrentamiento en un país afectan al vecino en términos de refugiados, daño a la infraestructura e impacto ambiental: así, el conflicto nacional genera dificultades bilaterales que conducen a una exacerbación de las tensiones y a una eventual guerra internacional.

El prolongado e irresuelto conflicto armado colombiano nunca llevó a un ataque distractor de Bogotá contra ninguno de sus vecinos ni estos jamás emprendieron ataques oportunistas contra el país. Esto se explica, quizás, por la tradición latinoamericana caracterizada por alta violencia interna pero escasa guerra externa. Sin embargo, la dinámica nacional, fronteriza y regional alcanzada por el conflicto armado, así como los cambios político-militares en el país y en la vecindad inmediata no garantizan que el entrelazamiento entre conflicto interno e internacional sea improbable. Han crecido de modo significativo los diversos efectos de derrame (refugiados, grupos armados parainstitucionales, drogas ilícitas, destrucción ambiental, entre otros) de la confrontación doméstica en los países próximos; en particular en Ecuador y Venezuela. Los casos de Rodrigo Granda y 'Raúl Reyes' revelan que, por primera vez en décadas, el Gobierno colombiano ha asumido los riesgos de externalizar el conflicto interno. La orientación de los actuales mandatarios en Quito y Caracas; el ideal de proyección revolucionaria "bolivariana" en las cercanías; la existencia de intrincadas agendas fronterizas pendientes (por ejemplo, la fumigación de cultivos ilícitos en la frontera colombo-ecuatoriana y el diferendo marítimo colombo-venezolano) en torno a las cuales los vecinos procuran mejorar su posición relativa; las episódicas pulsiones secesionistas (por ejemplo, en torno a la zona desmilitarizada que ocuparon las Farc durante el período del diálogo Gobierno-guerrilla en el periodo de Andrés Pastrana y en cuanto a las manifestaciones surgidas en el Estado de Zulia en Venezuela durante los últimos años) en los bordes de estos tres países andinos; las sintonías ideológicas de sectores políticos relevantes en Ecuador y Venezuela con la guerrilla o el paramilitarismo colombianos muestran el grado de intervención de actores externos en el conflicto interno.

Hora de actuar

La conclusión de Gleditsch, Salehyan y Schultz después de estudiar más de 400 disputas interestatales militarizadas que han coincidido con confrontaciones armadas internas entre 1946 y 2001 es muy relevante. Ellos demuestran que los Estados que padecen conflictos domésticos agudos tienen una mayor probabilidad de entrar en enfrentamientos militarizados con otros Estados. También confirman que las motivaciones y estrategias involucradas en una guerra interna son centrales para explicar el desarrollo de las guerras internacionales. Por esto, resultan evidentes los efectos multiplicadores que tiene la resolución de un conflicto armado interno: no solo alivia la situación doméstica de un país y le permite un avance democrático, sino que produce un mayor nivel de estabilidad regional y un aporte valioso a la paz internacional.

Colombia puede nutrirse de este tipo de hallazgos. Eso implica anticipar y prevenir la internacionalización negativa de su conflicto interno, desplegar una diplomacia activa frente a los vecinos inmediatos para evitar una mayor intervención y para eludir una externalización de la confrontación doméstica, y asumir, con prudencia y urgencia, los pasos dirigidos a una solución política negociada de la lucha armada. Nunca en la historia de las últimas cinco décadas del conflicto armado estuvo el país tan cerca de que este condujera, por acción propia o ajena, a un enfrentamiento militar externo. Es hora de advertir este peligro y actuar en consecuencia.    

Por Juan Gabriel Tokatlian,
analista internacional.

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