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El héroe de la operación contra Raúl Reyes explica maniobras que dieron con el jefe guerrillero

El héroe de la operación contra Raúl Reyes explica maniobras que dieron con el jefe guerrillero

El capitán del Ejército que tuvo la misión de constatar si Reyes estaba muerto habla por primera vez de la tensión que vivió ese día. El 2008 pasará a la historia como el peor para las Farc.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
17 de diciembre 2008 , 12:00 a. m.

"Este es", se dijo, cuando la barba gris apareció bajo la débil luz de la linterna. Pero tenía que estar seguro. Movió "otro poquito" la cabeza del muerto, que estaba bocabajo, y su pensamiento salió en voz alta: "Sí, este es". Eran las 3 de la mañana del primero de marzo, y su respiro, el primero desde las 12:40 de la noche.

La barbilla del capitán suda como si la exaltación de aquella madrugada hubiera vuelto con el relato. Lleva una hora reconstruyendo los pasos que dio en la oscuridad de la selva, con la cautela de un gato de monte, para comprobar si el segundo hombre de las Farc estaba vivo o muerto en el campamento que había bombardeado la Fuerza Aérea.

"¡Viva Colombia, viva Colombia!", le transmitió por radio al mayor que en algún lugar esperaba con ansiedad esa clave.

- ¿Sintió alegría?

- No. Satisfacción porque había cumplido la misión gracias al valor de los soldados y los policías que estaban en la operación. ¡Alegría no! -insiste-. Uno nunca espera eso para un ser humano, y menos en ese escenario.

A él mismo le pareció desolador bajo la poquita luz que tenía la luna: "Cadáveres dispersos en ropa interior al lado de árboles derribados; selva destruida por bombas..."

Ahora, como si no estuviera hablando de un muerto, el capitán levanta la mano para advertir: "Una hora más que nos demoremos y no lo encontramos". Ni 'Reyes' ni la mujer que murió a su lado estaban en el cambuche donde dormían.

Algo pasaba allá arriba.

El temor de no llegar a tiempo asaltó al capitán del Ejército apenas comenzaba la travesía. El helicóptero donde lo recogieron junto a otros militares en un punto del Putumayo llevaba apenas 12 minutos de vuelo, cuando le avisaron que las coordenadas habían cambiado.

Las puso en el GPS. Contaba con que tendrían que caminar 300 metros, pero apenas bajaron el posicionador le indicó que estaban a 1.200. "En ese momento me doy cuenta de que no estoy en territorio colombiano. ¡Caminar 1.200 metros en la selva, de noche, en terreno desconocido, es muy difícil!". Sí estaban en Ecuador, pero el capitán prefiere no pronunciarlo. "No estábamos de nuestro lado", dice.

"En el clarito donde desembarcamos -a las 12:40 de la noche- se veía algo, pero tan pronto entramos a la selva no se veía nada. Los visores nocturnos ayudaban, pero en un punto solo pudimos avanzar 200 metros en una hora".

Los pasos se enredaban entre una maleza fangosa. Las copas de los árboles, espesas, no dejaban ver ni un pedacito de cielo.

"Les dije a los muchachos que tratáramos de ir lo más rápido que se pudiera 700 metros, que después le hacíamos más despacio, pero el terreno no se dejaba. El tiempo se nos estaba agotando".

Subida y bajada. Otra vez subida y bajada, y en medio de cada tramo una quebrada. El capitán no se acuerda cuántas cruzaron, pero, "¡Uff, que era un terreno difícil!".

Inmenso entre ese silencio de hielo de la selva, se sintió de pronto el grito de un guerrillero: "Ey, ey, ¿quiénes son?", preguntó y estremeció el corazón del capitán cuando todo le decía que les faltaban 100 metros. El grito llegaba desde un alto.

"Estábamos abajo, en desventaja, y nos quedamos quietos". En segundos, el grito solitario se multiplicó por muchos, y él y los soldados seguían paralizados. "Los guerrilleros se llamaban unos a otros, pedían moverse por un lado, por otro".

Pero no hacían un solo disparo. "Parecían confundidos, tal vez pensaban que el ruido era de otros guerrilleros. Pero no me confié y avisé que la entrada estaba dura". El capitán pidió el apoyo de un helicóptero que ametralló retirado para no hacerles daño.

Pronto comenzaron a responder con balas desde el alto. "De ahí para adelante fue bala de allá y bala de acá. Eran como cinco guerrilleros disparando desde el mismo punto". Algo pasaba allá arriba y el capitán pidió que los punteros avanzaran y averiguaran.

Habían comenzado a dibujarse caminos y trochas, pero en vez de ser un alivio después de horas de lidia con la vegetación de la selva, eso indicaba que se acercaban a la boca del lobo y que los pasos tenían que seguir siendo de plomo.

Al fin, en medio de los disparos de arriba y de abajo, los punteros alcanzaron el alto. Los guerrilleros ya no estaban y, claro, lo que protegían y seguramente pretendían esconder era el cuerpo inerte de su comandante. Fue cuando se oyó: "Capitán, aquí hay dos muertos".

Se pelearon el muerto hasta el final

Los guerrilleros habían arrastrado 40 metros los cuerpos de 'Reyes' y su mujer. Por eso los militares no los encontraron en el cambuche donde dormían. Y por eso todavía hoy el capitán pone fuerza en esta parte del relato. Sabe que de no llegar a tiempo habría sido imposible el "¡Viva Colombia, viva Colombia!" y que la historia sobre el asalto a 'Reyes' podría tener a estas alturas, al menos afuera de las Farc, el final pendiente.

Sentado en el salón donde recuerda los instantes más importantes de su vida como militar, el capitán no revela ser el hombre de combate que es. Las uñas bien cortadas y brillantes engañan sobre su vida en montes y selvas, sobre su papel en una fuerza especial que depende directamente del Comando General de las Fuerzas Armadas.

De esa vida intensa que se resguarda en la mente y el corazón apenas es visible una cicatriz, como una raya delgada, al lado izquierdo de la boca. Se la dejó una mata de monte.

Recuerda que mover a 'Reyes' para los protocolos judiciales fue tarea de alta tensión. Había una granada bajo el cuerpo y tenían que saber si se le había saltado el seguro sin correr el riesgo de que el muerto y ellos explotaran.

Se pudo y la granada no los puso en peligro, pero la pelea por el cadáver no había terminado.

La luz del día comenzaba a desnudar la dimensión del bombardeo y un helicóptero se alzaba con una camilla atada en la que 'volaban' el segundo de las Farc y el que resultó ser el ecuatoriano Franklin Aisalla, cuando comenzaron a caer granadas de mortero. Las copas de los árboles saltaban en pedazos por el aire.

"Tuvimos que soltar el cable que amarraba la camilla". Los dos muertos se quedaron en el piso, en medio de la vegetación despeinada por la fuerza del helicóptero.

Seguían resistiendo el pulso de las Farc por quedarse con el cuerpo del comandante, cuando un árbol cayó por la fuerza de las granadas. Con la cabeza mal herida quedó el soldado que descubrió que el fusil que cargaba 'Reyes' -los guerrilleros lo llevaban con el cuerpo- era el de un capitán muerto en otra operación contra el jefe insurgente.

"¡Seguramente lo había guardado como trofeo!".
Otro policía (varios habían llegado más temprano) recibió el golpe en la columna y con el militar lesionado en los combates previos ya eran tres los heridos. Sacarlos para que les dieran primeros auxilios se convirtió en la urgencia.

Cuatro horas pasaron antes de que al fin un helicóptero pudiera llevarse la camilla con los muertos de las Farc.

Era el fin de la aventura para el capitán que sueña con ser un día el comandante general de las Fuerzas Armadas. Estaba bien, listo para ver a sus hijos, de 9 y 3 años, que lo esperaban en alguna población cundinamarquesa, y con los que prefiere no hablar de esas cosas del oficio que dan satisfacción, pero no alegría.

Era su quinta vez en una operación contra 'Raúl Reyes' y en su historia quedaría que a los 32 años encabezó el comando que puso la cara en tierra para que se pudiera decir al mundo que el segundo de las Farc ya no existía.

Un año de traiciones

Como si golpes militares fueran poco, las Farc recibieron los más grandes golpes morales. Atraídos por recompensas, escuderos fieles las traicionaron. En marzo, el jefe de seguridad de 'Iván Ríos' lo mató y entregó una mano como prueba. En mayo, la mítica 'Karina' desertó, y a finales de octubre 'Isaza' se convirtió en el primer guerrillero en huir con un canjeable (Óscar Lizcano). Todo esto sin contar con que murió de un infarto el hombre que las unía, 'Manuel Marulanda'.

MARISOL GÓMEZ GIRALDO
EDITORA DE JUSTICIA Y POLÍTICA DE EL TIEMPO
margir@eltiempo.com.co

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