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Manual de infancia para periodistas

Manual de infancia para periodistas

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
13 de diciembre 2008 , 12:00 a. m.

Unos comunicadores que desarrollan proyectos sobre infancia me preguntaron qué clichés debían evitar en sus mensajes. Les prohibí usar 'Esos locos bajitos' de Serrat, no porque no me guste la canción, sino porque su gremio se encargó de desgastarla. Programación para locos bajitos en bibliotecas, en vacaciones y en cuanto día del niño surge, es el manido título que reciclan los periodistas cuando quieren parecer originales, con un toque alternativo. Les prohibí mezclar acordes de piano, tipo Clayderman, con imágenes de niños, casi siempre tristes y en cámara lenta, después de haber vivido una de nuestras desgracias nacionales, o antes de recibir alguna dádiva: una escuelita, un puente que era obligación construir, una colchoneta para dormir en un albergue, una pelota o un tarro de leche en polvo.

Como en Navidad hacen su agosto los estereotipos sobre infancia, les sugerí ver la campaña del Noticiero CM& y el ICBF que invita a regalar juguetes a los niños que no tienen papás. Sin negar que son loables la generosidad y el altruismo, pienso que esa campaña reproduce, quizás sin darse cuenta, un viejo paradigma sobre infancia que el país intenta superar. Para cambiar el enfoque asistencialista, es decir, la caridad de las buenas conciencias, por otro centrado en la perspectiva de derechos, Colombia ha hecho un trabajo sistemático con la participación de la sociedad civil, las ONG, la academia y el Estado. En el 2006, y bajo el liderazgo del ICBF, se redactó la Política Pública para la Primera Infancia, y en noviembre del mismo año entró en vigencia el Código de la Infancia y la Adolescencia, que obliga a los gobernantes a asumir con rigor el tema en sus planes de desarrollo y que plantea la corresponsabilidad de la familia, el Estado y la sociedad como garantes de los derechos de nuestra población más joven.

Toda esa movilización ha ido cambiando lentamente la idea de los "pobres huerfanitos a los que les damos regalitos" por la obligación constitucional de garantizarles, a todos por igual, sus derechos como ciudadanos durante todo el año y desde el comienzo de sus vidas. Obligación y no favor: he ahí el cambio de paradigma. Alcaldes y gobernadores comienzan a incorporar, no solo en sus discursos, sino en sus presupuestos, la atención a la infancia, y organizan encuentros para buscar asesoría sobre un tema que, hasta hace poco, manejaban sus primeras damas. El Ministerio de Educación y el ICBF firman convenios para atender a la población de 0 a 5 años, pues las raíces de la inequidad se sitúan en ese periodo crucial, cuando es posible cambiar el curso de la vida, y la Procuraduría desarrolla un trabajo eficaz de prevención y seguimiento para vigilar el cumplimiento de los derechos de los niños en todos los niveles del Estado. (Ojalá ese esfuerzo se mantenga con el cambio de jefe.)

Si los economistas demuestran con cifras contundentes que la inversión en infancia revierte en ahorro y desarrollo humano, y si hasta Juanes y Shakira invierten en los más chiquitos, los medios de comunicación, que moldean el pensamiento de la gente, están obligados, según el paradigma de la corresponsabilidad, a explorar caminos menos trillados y coyunturales para vincularse a este trabajo que nos compromete a todos y que comienza en el lenguaje. El ICBF, que ha tenido que ver con el cambio de paradigma, podría canalizar ese apoyo hacia los proyectos de primera infancia que actualmente desarrolla. Más allá de recibir juguetes, parte de su tarea es 'dar línea' y mantener la coherencia conceptual en toda su estrategia comunicativa, para cambiar esta mentalidad nuestra que alivia su conciencia dando carritos de plástico a "los pobres", mientras regala sofisticados aparatos electrónicos a los propios hijos y convive con esta inequidad -o iniquidad-, sirviéndose de ella.

Así como existe un Manual de Estilo, propongo redactar a muchas manos, entre todos los líderes de opinión, un Manual de Infancia, que ayude a este país a ver a nuestros niños y niñas como sujetos de derechos, tantas veces al año vulnerados, y no como objetos para saciar nuestra sed de bondad cada 365 días... allá, por Navidad.

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