Oración contra el enemigo

Oración contra el enemigo

02 de diciembre 2008 , 12:00 a.m.

Nunca, a lo largo de la vida -que sólo podría considerar ejemplar por los altibajos-, tuve enemigos personales, mas sí rivales. Los enemigos vendrían a ser aquellos incursos en esas actividades contra las que había tomado conciencia que lesionaban la dignidad de la maltrecha criatura humana; en los primeros tiempos, los expoliadores y explotadores, más los gobiernos y policías que los respaldaban; en los tiempos siguientes, aún aquellos que se tomaron la facultad de cobrar a nombre del pueblo por estos atropellos sociales, y que terminaron también como victimarios contumaces.

Estos enemigos nunca tuvieron cuerpo presente como personas, no sujetos por tanto del atentado personal, pero sí como clanes o clases, y fueron constantes y consecuentes nuestros ataques y denuncias en defensa de esos llamados por entonces condenados de la tierra.

Los rivales eran, en cambio, compañeros que, desde la pasión de interpretar la política, consideraban errados nuestros métodos o argumentos para enfrentar al enemigo común. O, desde el común denominador de la poesía, pensaban que la estética del otro no debía avanzar peligrosamente en desmedro de la propia. Qué pamplinadas. Con estos me emboqué, sin la intervención del odio y menos de desearles el mal, en ariscas polémicas polisémicas acerca de cuál tendría más razón y fuerza expresiva. En ello llegamos a hacer el circo de los colegas, que a veces terminaban tomando partido por uno u otro, por lo menos con sus consejas. Hasta que de tanto agredirnos -y con tanta severidad como inteligencia- derivamos en estupendos y solidarios amigos, como lo habíamos sido antes de iniciar las disputas.

Pero ahora que estoy con Cristo en las buenas, y que me estoy limpiando mediante la contrición de todas las que le hice, y que mi alma anda nadando en la crema y nata de la luz y el Paráclito, se me viene a presentar una entidad tenebrosa cargada de veneno y de babas a enturbiar mi boga bienaventurada.

Desde la mañana a la noche me agrede por el correo, comenta mis artículos en la prensa con los más sucios epítetos, calumnia mis costumbres envolviéndolas en las suyas, denuncia que publiqué dos veces el mismo artículo y que me deben expulsar de ambos medios, intriga por que me retiren el premio internacional de poesía que gané en buena lid incluso contra una de sus publicaciones, enmerda la memoria de mi padre, me compara en fortuna e infamias con Pablo Escobar -todo por los cien mil dolaritos del premio- y por si fuera poco lo que hace conmigo lo está haciendo con todos los colegas que trabajan por la cultura o alguna distinción reciben en el impredecible discurrir de la poesía.
Resultas del resentimiento por no haber podido ver su trabajo ascender en la escala de las dignidades, del rencor de sentir cómo sus contemporáneos se lo llevaron por delante, a pesar y hasta a merced de sus vanas descalificaciones y cuchufletas. Hoy es un hazmerreír internacional en simposios y festivales, cuando no objeto de veto sin compasión.

A todos los amigos que han muerto les he dedicado su nota fúnebre, a cual más sentida. Esta es un adelanto de la que no haré. A pesar de que el amor de Dios me impide odiarlo, todos los días miro en la página mortuoria de los periódicos si se me da el descanso eterno de su nombre. Para asistir a sus honras fúnebres a impedir que Dios o su pastor lo perdonen. Aunque en ello me vaya a mí también la condenación.

Me encomiendo a los Salmos. Allí encuentro: "¡Levántate, Señor! ¡Sálvame, Dios mío! Tú golpearás en la cara a mis enemigos; ¡les romperás los dientes a los malvados!" (Salmo 3). Uno de mis autores favoritos, parecido al salmista, le manifestaba a uno de esos insulsos mortificantes: "Deseo sinceramente verle sangrar la nariz".

"De profundis Domine, ¡si seré estúpido!", reza Rimbaud.
 

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