Mi tío, el que "mató" a Gardel

Mi tío, el que "mató" a Gardel

Historia verídica de Ernesto Samper Mendoza, el hombre que piloteaba el avión en cuyo accidente pereció el "Zorzal criollo".

28 de octubre 2008 , 12:00 a.m.

 Cada vez que me presentan a un seguidor fanático del difunto Carlos Gardel y el necrófilo oye mi nombre, abre tamaños ojos y pregunta:
- ¿Samper? ¿Sos pariente del piloto que mató a Gardel?
Yo quisiera responderle:
 - Un momentico, señor, ¿cómo así que el piloto que "mató" a Gardel? A Gardel lo mató una racha de viento fuerte e inesperada en el aeropuerto de Medellín; una ráfaga contra la cual nada pudo hacer la reconocida habilidad del comandante del avión en el que viajaban el cantante y compañía, razón por la cual terminó estrellándose contra otro aeroplano. Y me permito recordarle, además, que en el accidente no solo murió Gardel, sino varias personas más, una de las cuales era el piloto al que usted maltrata. Y sí, señor: ese piloto era, para mi perpetuo honor, tío abuelo segundo mío, así que jálele al respetico.
Pero, claro, en vez de soltarle el párrafo anterior, como debería, aprieto la boca, pongo cara triste y digo:
- Sí. Ernesto Samper Mendoza era mi pariente.

El último viaje

En junio de 1935 Carlos Gardel, el "Zorzal criollo", el príncipe de los tangueros, visitó Colombia acompañado de sus músicos. Era la mayor estrella musical del continente, con 770 discos grabados, 120 canciones compuestas y once películas o video-clips rodados en París y Nueva York. Colombia formaba parte de una gira que había comenzado en Puerto Rico y Venezuela y debía culminar en Buenos Aires luego de recorrer varios países sudamericanos.
El "Zorzal" tenía 45 años y arañaba la cumbre de su fama. Viajaban con él Alfredo Le Pera, el letrista brasileño de sus canciones; los guitarristas José María Aguilar Porrás, Guillermo Barbieri y Domingo Riverol; su profesor de inglés, José Plaja, y su masajista personal, Alfonso Azaff.

La gira había sido un suceso en el Caribe. Después el grupo había entrado a Colombia por Barranquilla y Cartagena y, en medio de un éxito que sorprendió al propio cantante, Medellín lo había recibido como hijo propio durante cinco días y cuatro noches de tango y llanto. Es bien sabido que, descontado Buenos Aires, la ciudad más tanguera del mundo es Medellín. Allí le rindieron homenajes inolvidables y lo escucharon con la devoción que solo despierta el Hijo de Dios. O el mismísimo Dios, si vamos a ser sinceros.
Cuando se despidió de Medellín, los antioqueños se consolaban pensando que pocos días después Carlitos volvería a pasar por allí, aunque sólo fuera para cumplir una fugaz escala de aeropuerto en su viaje de Bogotá a Cali.

A la capital llegó el 14 de junio a bordo de un avión de la Sociedad Colombo Alemana de Transporte Aéreo, Scadta, empresa que más tarde se convirtió en Avianca. Lo recibió una multitud en el viejo aeropuerto de Techo, donde hoy se levanta Ciudad Kennedy. Durante una semana Gardel realizó presentaciones multitudinarias en Bogotá, tanto por radio como en teatros, y concedió numerosas entrevistas.

El legendario intérprete de origen ¿francés? ¿uruguayo? ¿argentino? se despidió del público bogotano el domingo 23 a través de los micrófonos de la Voz de la Víctor, emisora que tenía sus estudios en el zócalo de la ciudad. Cerca de quince mil personas apostadas en la Plaza de Bolívar lo oyeron a través de altavoces. Para terminar, entonó Tomo y obligo. Ni él ni nadie lo sabía en ese momento, pero había sido la última vez que cantaba en público por compromiso profesional.

Se despidió con las siguientes palabras: "La emoción no me deja hablar... Gracias, gracias, no les digo adiós sino hasta siempre...".
Al día siguiente concedió su última entrevista y por la noche asistió a una cena privada en el Restaurante Francés, donde reciprocó las atenciones de sus amigos y representantes interpretando un par de tangos. Uno de los asistentes era Henry Schwartz, empresario de la presentación en Bogotá, a quien el cantante invitó a sumarse al tramo de gira colombiana que aún faltaba.

El lunes 24 la caravana salió hacia el aeropuerto desde el Hotel Granada, destruido en 1948 por las llamas de la revuelta del 9 de abril. El viaje a Cali, con parada en Medellín, no iba a hacerse por Scadta sino a bordo de un trimotor de la compañía SACO -Sociedad Aeronáutica de Colombia-, atendida directamente por su encantador propietario, el piloto Ernesto Samper Mendoza.

La codicia rompe el SACO

Ernesto Samper Mendoza era primo hermano del abuelo de quien firma esta nota. Es decir, yo. El padre de Samper Mendoza, Manuel Samper Brush, era hermano de Tomás, bisabuelo del que firma esta nota. Es decir, otra vez yo. Su madre, Manuela Mendoza, descendía de un caballero que ocupó de manera efímera la Presidencia de Colombia en 1831.

Samper Mendoza había nacido en Bogotá en 1902. Luego de estudiar administración de empresas en Boston, se dejó picar por el virus de Ícaro y, en vez de vestir el chaleco de gerente, se puso el pasamontañas de piloto, que en los años veinte del siglo pasado equivalía al astronauta de nuestro tiempo. En 1932 realizó su primera hazaña, un vuelo Nueva York-Bogotá, y poco después fundó una escuela de pilotos en las afueras de la capital. Volar entrañaba un alto y constante riesgo, como lo pudo comprobar pronto, cuando dos de sus alumnos perecieron al venirse a tierra el biplano en que practicaban.

Respaldado por la fortuna de su familia materna, Samper Mendoza fundó SACO en 1933 y en noviembre de 1934 adquirió tres trimotores Ford F-31, llamados "Gansos de hojalata" por su cabina metálica. Con ellos, él y sus pilotos cubrían rutas diarias a Cali, Medellín y, más tarde, Cartago y Bucaramanga.

Samper Mendoza -tío Ernesto, si me lo permiten- era el hombre orquesta de la compañía: presidente, comandante, jefe de mantenimiento, director de relaciones públicas, gerente comercial. Decidido a obtener un golpe publicitario a favor de su empresa, se propuso atraer el grupo de Gardel con unas tarifas mucho más económicas que las de Scadta. Sabía que el empresario local corría con el gasto y que Schwartz era hombre codicioso.

Además del precio de promoción, contaba con un arma adicional: la proverbial simpatía del gen familiar. Quienes lo conocieron lo describen con adjetivos pasados de moda, tales como "gallardo", "bizarro", "apuesto", "garboso". Incluso "visionario", "pionero" y "quimérico". En las fotografías luce siempre sonriente e impecablemente trajeado. Un dandi, un gentleman, poco imitado en materia sartorial por sus sobrinos.

El empresario Schwartz estudió la propuesta y, según el periodista argentino Eliseo Álvarez, "una hábil maniobra comercial de SACO hizo que la comitiva cambiara de compañía".

El cielo da un primer aviso

El vuelo que llevaba a Gardel debería haber salido de Bogotá a las 8 y 30 a.m., pero el mal tiempo obligó a aplazar el despegue hasta pasado el mediodía. Fue uno de los detalles fatales. Versiones un poco menos meteorológicas afirman que el vuelo se retrasó porque tío Ernesto había trasnochado la víspera "jugando al póquer y departiendo con amigos". Lamento decirlo, pero este chisme no encaja bien en la conocida vocación calvinista, casta y abstemia de la familia paterna, aunque acepto que tan arraigada tradición ha sufrido algunos hiatos.

Viajaban a bordo del F-31 el piloto Samper, de 33 años; el copiloto William B. Foster, de 18; el jefe de tránsito de SACO, Grant Flynn, y trece pasajeros (siete en la banca lateral derecha y seis en la izquierda). Entre la carga, que no podía pasar de 2.100 kilos, se hallaban instrumentos musicales, telones y maletas. Los argentinos querían llevar doce tambores de películas. Inicialmente, en su condición de comandante, Samper se negó a acarrearlos por el riesgo que implicaban; pero al final prevaleció su condición de relacionista y, previo el visto bueno que impartió en su condición de propietario, aceptó sumarlos al equipaje.

Según el guitarrista José María Aguilar, minutos antes de aterrizar en Medellín el aeroplano sufrió una leve desestabilización por culpa de los vientos, pero "gracias a la pericia del piloto no perecimos entonces". Los vientos. Otro elemento fatal.
El F-31 aterrizó en Medellín a las 2 y 45 p.m. y, luego de que los pasajeros consumieran un breve refrigerio, se dispuso a continuar su viaje a Cali. Durante la escala se vio conversar a Gardel y Schwartz con tío Ernesto.
Con 450 litros de combustible en las alas, el F-13 pidió permiso para despegar.

Últimas palabras de Gardel

Unos segundos después, hizo la misma solicitud de salida el avión de Scadta, un F-11 llamado Manizales al frente de cuyos controles se hallaban dos alemanes, antiguos pilotos militares: Hans Ulrico Thomas, de 26 años, y William Fuerts, de 29. De Thomas se cuenta que unos días antes, en el aeropuerto de Techo, había realizado un sobrevuelo rasante pocos metros por encima de un avión de SACO, lo cual se consideraba de mal gusto, hostil y, sobre todo, francamente peligroso.

Que dos aviones hagan cola para la operación de despegue es hoy en día asunto de cada minuto. Pero, con las poquísimas aeronaves que volaban en Colombia hace 73 años, era una coincidencia extraordinaria que partieran casi simultáneamente dos naves del aeropuerto Olaya Herrera. Extraordinaria y, a la postre, terrible.
El guitarrista uruguayo Aguilar Porrás (1891-1951) describe cómo fueron los momentos del despegue:
"Flynn se dio a la tarea de colocar a todos la correa de seguridad. Yo fui el único que me resistí a ello; por eso logré salir del aparato. Las últimas palabras que pronunció Gardel fueron para pedirme un caramelo y un poco de algodón para los oídos.
"- ¿Qué estás comiendo, Indio? -me dijo al advertir que yo estaba masticando.
"- Chicle - le contesté.
"- Bueno, dame. ¿Tenés algodón?
"Apenas tuvo tiempo de colocárselo. El avión, que había comenzado su marcha, no conseguía despegarse del suelo."
Esas fueron, pues, las últimas palabras de quien había acariciado cientos de poéticas frases a lo largo de su vida profesional: "¿Tenés algodón?"

Lo que ocurrió aquella tarde

El problema fue, según parece, una súbita y severa racha de viento cruzado que en los últimos 100 metros del recorrido de pista desvió el F-31 hacia la izquierda: exactamente hacia el punto donde el Manizales se aprestaba a iniciar el carreteo tan pronto como levantara vuelo el avión de SACO.

Esto último nunca llegó a ocurrir. En lo que un periodista describió como "un accidente de tránsito", la nave de Samper Mendoza se estrelló contra la de Thomas. Unos pocos pasajeros salieron despedidos o lograron escapar por una ventana; otros murieron de inmediato; casi todos los demás ardieron en la formidable pira de 700 galones de combustible. Solo sobrevivieron para contarlo el músico Aguilar, el profesor Plaja y Flint, el funcionario de SACO. Los otros perecieron.

La tragedia produjo tan formidable impacto histórico que todos los años, al llegar el 24 de junio, se publican nuevos reportajes y nuevas hipótesis descabelladas sobre lo que ocurrió aquella tarde. Entre las teorías que se han aclimatado a lo largo de tres cuartos de siglo aparecen algunas que hablan de una mortífera zancadilla del Manizales al F-13; de una torpe maniobra del F-13 de Samper para humillar el Manizales; de disparos en la cabina del F-13; de tiros contra el F-13 desde el avión de Scadta y hasta del suicidio del piloto.
De haber sido verdad esta última versión, tío Ernesto no solo habría descollado como capitán gallardo y bizarro, sino como prestidigitador, pues con solo dos manos habría iniciado el despegue del avión y disparado un arma contra su cabeza.

La importancia de llamarse Ernesto

Un hermano menor de quien esto escribe -economista dedicado a la política- fue agraciado con el nombre del piloto. Años más tarde, el segundo Ernesto Samper me contó que, cuando lo bautizaron, en 1950, acudió a visitarlo a casa la tía Manuelita, mamá del primer Ernesto.
- Me trajo de regalo una jarrita de plata que había pertenecido al capitán cuando aún era el único tripulante de su cuna. Llevaba grabado el nombre de pila. Se la robaron un tiempo después, con otras cosas que guardaba mi mamá.
- Pues a mí a veces me preguntan si soy pariente del piloto que "mató" a Gardel - le confesé.
- Eso no es nada -dijo con resignación-. A mí me pasa algo peor: cuando participo en alguna reunión en Argentina, no falta el que cree que yo estaba al mando del avión en que murió Gardel en 1935 y me pregunta cómo hago para conservarme tan joven...

Por: Daniel Samper Pizano

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