Reconocimiento a Marta Rodríguez

Reconocimiento a Marta Rodríguez

24 de octubre 2008 , 12:00 a.m.

El premio 'Toda una vida dedicada al cine' fue merecidamente otorgado a esta antropóloga profesional y socióloga empírica, quien trabajó en el barrio Tunjuelito de Bogotá y estudió etnografía en París bajo las riendas del profesor Jean Rouch. Al convivir con ladrilleros del sur capitalino, conoció su ardua rutina y sus formas artesanales de producción. En 1968 participa en el primer encuentro de cineastas latinoamericanos en Mérida (Venezuela), donde suscribe el compromiso político de hacer películas marginales y socialmente comprometidas con las luchas populares.

Aplica desde entonces el método de la 'observación participante', con una cámara que registra lo que está sucediendo como si hiciera parte de la misma comunidad. Introduce, en términos marxistas, las relaciones productivas y sus implicaciones, tanto económicas como sociales y políticas, sujetas a técnicas de reconstrucción derivadas de sucesos objetivos o cotidianos. "Porque aprendí de Rouch que se podía hacer un cine sin violentar la vida de la gente ni alterar sus comportamientos".

Junto a su esposo y fotógrafo Jorge Silva (fallecido en 1987), Chircales se impuso como la más rigurosa investigación sociológica en el documental colombiano. Se trata de la representación de algunos fenómenos ideológicos en el campo laboral -como la explotación del compadrazgo y una sumisión laboral de los ahijados-.

Después de dos años culminan su filmación (Chircales 68), pero pasarán tres más en su edición y posproducción. Mientras tanto, realizan Planas: testimonio de un etnocidio, que expone casos de persecución y tortura a indios guahíbos en los Llanos. Campesinos (1972-1975), a partir de los testimonios de sobrevivientes y víctimas de la violencia en la región del Tequendama y la colonización antioqueña en Líbano (Tolima), cuenta con la colaboración del historiador Arturo Alape.

Es en un compendio de las luchas agrarias que plantea aquel conflicto eterno suscitado por la mala distribución de las tierras.
Un lustro de ajustes fílmicos y exploraciones míticas en torno de resguardos indígenas y otras empresas comunitarias del Cauca culminan en Nuestra voz de tierra, memoria y futuro. Ficción documentalizada, que propulsa la interpretación autóctona de quienes son asolados en un resguardo por la figura demoníaca del terrateniente.

En esta denuncia, Silva y Rodríguez se aproximan al subconsciente popular que reiteradamente cubre los tres aspectos descritos por su título. Al continuar con la polémica desatada por Amor, mujeres y flores (1984), Marta puso en aprietos a los exportadores sabaneros, gracias a una infatigable carrera que ni siquiera se detuvo cuando retrató el drama de una vieja sobreviviente de Armero (Nacer de nuevo).

mlaurens@coldecon.net.co

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