¡Lo que se habría aburrido Sandokán en Disneylandia!, por Daniel Samper Pizano

¡Lo que se habría aburrido Sandokán en Disneylandia!, por Daniel Samper Pizano

Viajé mucho cuando niño, y lo hice casi siempre a lugares exóticos y con compañías extrañas.

16 de octubre 2008 , 12:00 a.m.

Llenos de riesgos y de suspenso, fueron todos viajes inolvidables. Sobre todo en comparación con los que me tocó hacer después como periodista o invitado a seminarios, que han sido desplazamientos burocráticos en los que la mayor aventura es la comida en clase económica y el suspenso consiste en saber si el vuelo despegará o no por itinerario.

Realicé la mayor parte de aquellos viajes junto con un amigo italiano llamado Emilio Salgari. Él me guió por mapas abstrusos y me presentó gentes cuyo recuerdo permanece aún conmigo.

Una de mis primeras salidas con Emilio fue al Golfo de Maracaibo, donde nos sorprendió un huracán tremendo a bordo del velero del Corsario Negro. De ese peligro salimos sin mesana, lonas ni timón. Pero salimos. Más tarde viajamos al Golfo de México, a la isla de las Tortugas y a otra de cuyo nombre no quiero acordarme donde había levantado una cómoda maloca el Corsario Verde. Allí conocí una plantación de caña de azúcar y, a la sombra de un jupati del Orinoco, la duquesa Honorata nos sirvió una cena donde abundaban mariscos y frutos que ni Emilio ni yo habíamos visto jamás.

Menos gratos fueron algunos de los periplos que hicimos por los mares de la Malasia protegidos por Sandokán, Tremal-Naik y el portugués Yáñez, todos ellos camaradas de mi amigo italiano. En esas tierras de calor insoportable casi vi morir a dos elefantes mientras soplaba inclemente el simún.

No puedo pensar en esos viajes sin sentir otra vez la opresión del miedo que me producían las tierras malayas. Eran sitios inhóspitos, poco recomendables para turistas delicados como los que leen estas páginas. Por ejemplo, las islas de Sunderbunds, de las que mi amigo Emilio contó que estaban cubiertas de fango, sembradas de serpientes de cascabel y pobladas de pitones dispuestas a triturar a los intrusos con sus gigantescos anillos. En las Sunderbunds acechaban "los dientes afilados de los saurios y las garras de las panteras y los tigres". ¡Lo que se habría aburrido Sandokán en Disneylandia!

Los llamaban los Tigres de Mompracem, pero si alguna vez supe dónde quedaba Mompracem ya se me olvidó. Dudo de que sea una localidad del mismo nombre y solo seis habitantes situada en el municipio de Ixhuatlán del Sureste, en el estado mexicano de Veracruz. A menos que se haya retirado Sandokán a pasar allí sus últimos días de aventurero jubilado con los viejos muchachos de siempre.

Podría ser, porque alguna vez recorrimos esa zona con la capitana del velero Yucatán y desafiamos el mar en la bahía de Corrientes, la isla de Pinos y el cabo Catoche. Acabamos metiéndonos en líos en Santiago de Cuba y nos señalaron como destino final los mortíferos cayos de San Felipe.

Mucho, viajé mucho entre los ocho y los trece años. No paré de navegar ni una sola semana, siempre llevado por mi amigo Emilio. Expuse la vida en el salvaje oeste norteamericano; conocí las montañas nevadas del Himalaya; las provincias indias de Uttar Pradesh, Bihar y Bengala; la isla de Raimatla, a bordo de la fragata de Termal-Naik; vi batallas navales en las bocas de Sedang y presencié cómo Sandokán ponía proa a las costas septentrionales de Borneo para echarse sobre los barcos procedentes de Australia. Recorrí todos los mares del sur, conocí las calas más íntimas del Caribe y los pantanos asiáticos. Visité Damasco y huí en falucho por la ensenada de Morea.

No paré de viajar cuando niño. Estuve en casi todo el mundo acompañando a mi amigo italiano. Y, a falta de puntos por kilometraje y bonos de promoción, obtuve emociones imperecederas que no pueden adquirirse con tarjeta de crédito.

Lo más extraordinario fue que lo hice sin salir nunca de mi cuarto, donde leía las novelas de aventuras que Emilio Salgari escribió entre 1883, cuando tenía 21 años, y 1911, cuando se suicidó en Turín. En esa época yo pensaba que Salgari era un viajero incansable que luego hacía partícipes a sus lectores de los lugares y paisajes que había conocido. Me sobraban años y me faltaba pelo cuando me enteré de que tampoco Salgari había realizado esos viajes. Al parecer, solamente había navegado unas cuantas semanas por la costa oriental de Italia. Se hacía llamar capitán sin serlo, y leía y escribía a toda hora para pagarse un mediano pasar.

Todos esos paseos por el mundo que maravillaron a millones de lectores eran producto de unas cuantas pesquisas en libros de geografía, una imaginación desbordante y muchas noches de desvelo con la pluma y el tintero.

Para viajar no se necesita más.

Daniel Samper Pizano

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