Discurso de Enrique Santos Calderón, nuevo presidente de la SIP

Discurso de Enrique Santos Calderón, nuevo presidente de la SIP

El periodista colombiano asumió la presidencia de la Sociedad Interamericana de prensa.

07 de octubre 2008 , 12:00 a.m.

Hace ya más de tres lustros,  en 1992, con ocasión  del Quinto Centenario, la Sociedad Interamericana de Prensa realizó en España la  primera reunión de su historia por fuera del continente americano. Tal vez por eso, asumir  la Presidencia de la SIP aquí, en Madrid,  en la segunda asamblea  que en sus 66 años celebra en este país, me resulta tan especialmente comprometedor y emocionante.

No solo por este hecho singular y por el excelente programa y participación que ha tenido esta reunión -que el Rey Juan Carlos enalteció con su presencia-, sino por que me doy cabal cuenta de la responsabilidad que significa presidir la más antigua organización de libertad de prensa del hemisferio occidental. En este momento, y con las tareas concretas que esta posición entraña en la defensa de la libertad de expresión en nuestra región.

Y, también, por que me ha hecho reflexionar sobre lo que ha significado para mí, como periodista colombiano, haberme vinculado a la SIP  hace 21 años. A través de los cuales he podido constatar la seriedad de su compromiso con una causa que es principio fundamental de la democracia.

Nunca olvidaré mi primera intervención en una asamblea como relator de Colombia para libertad de prensa, poco después del asesinato en Bogotá del director de 'El Espectador', Guillermo Cano, cuando los periodistas colombianos sufríamos el acoso implacable del narcotráfico, que mataba a decenas de colegas al año. Más que la rabia y el dolor con que denuncié estos crímenes, recuerdo la indignación y la solidaridad que encontré en aquella asamblea de la SIP.

El asesinato de Cano, en diciembre del 86, demostró hasta dónde es capaz de llegar una mafia empeñada en acallar a los medios. Colombia era en ese momento -y de lejos- el país más peligroso del mundo para ejercer nuestro oficio. Era el caso más aterrador y dramático que se conociera de una prensa bajo el fuego.

Pero también fue el ejemplo de cómo reacciona una profesión que se niega a bajar la cabeza: pasando a la ofensiva. La muerte de Cano marcó un punto de quiebre y la primera respuesta colectiva de los medios contra la arrogancia criminal de quienes pretendían imponer la peor de las dictaduras: la del miedo, el silencio y la corrupción. A los dos días de ese asesinato, en una protesta periodística sin precedentes, Colombia entera se quedó durante 24 horas sin prensa, radio y televisión. Un silencio voluntario. Cargado de significado. Para que la sociedad colombiana entendiera lo que representaba la eliminación de sus voceros más honestos.

Y poco después, en otro hecho sin antecedentes, todos los diarios y noticieros de radio y televisión nos unimos para divulgar una serie de informes conjuntos y simultáneos  sobre los carteles de la droga de Medellín y Cali. En ellos dábamos los nombres de los capos, de sus lugartenientes y de sus conexiones en Estados Unidos; se revelaba el modus operandi de sus negocios y las víctimas de sus crímenes. La prensa colombiana había entendido la seriedad del reto, y unió todas sus fuerzas para enfrentarlo.

Y si bien esta aleccionadora experiencia les demostró a los jefes de la mafia que no nos iban a callar, no era suficiente por sí sola para detener al narcotráfico, que sigue hoy causando estragos por doquier.

En el informe que en ese entonces se presentó ante la SIP se decía: "La droga no es exclusivamente colombiana, sino del mundo entero. Y si bien hoy somos nosotros, mañana seguramente serán sus víctimas, la prensa libre de otros países. Esta es una multinacional del delito que no conoce fronteras. Y en la medida en que tampoco las tenga la solidaridad de todos los medios de comunicación del continente, estará de alguna manera preservada la libertad de expresión frente al principal flagelo de estos tiempos".

Al recordar estas palabras, no puedo dejar de pensar hoy en México, tan necesitado de esa solidaridad ante este mismo flagelo.  Y por eso quiero en esta noche resaltar que, a lo largo de esa pesadilla del narcoterrorismo que nos tocó vivir; en los 15 años en que me desempeñé como vocero de Colombia en la Comisión de Libertad de Prensa, fui constatando, año tras año, la existencia de esta solidaridad; la seriedad y el compromiso de la SIP en esta tarea. Y la importancia de su apoyo moral o su solidaridad material.

Los hechos hablan por sí solos. La ayuda de 1.7 millones de dólares que una campaña de la SIP y de la Asociación de Diarios Norteamericanos obtuvo en aquel entonces para que 'El Espectador' reconstruyera sus dinamitadas rotativas, fue un elocuente ejemplo, en el campo económico, de lo que nuestra organización es capaz de hacer en defensa de sus colegas asediados. Que se expresa en órbitas muy diversas : en todas las campañas contra la censura y la impunidad; en el Proyecto Chapultepec; en la creación de las Unidades de Respuesta Rápida; en la cantidad de seminarios y conferencias; en la preparación de centenares de periodistas -casi mil ya- para reducir sus niveles de riesgo.

Me haría interminable si detallara todos los logros de la SIP en su larga lucha por la libertad de prensa. Pero no puedo dejar de mencionar algunos de los más relevantes de los últimos años.  Revalorizo, por ejemplo, el sistema de derechos humanos en materia de libertad de expresión al introducir  numerosos casos  ante la Comisión  Interamericana  y ser  instrumental para que la CIDH  nombrara un relator especial.  Fue la primera organización en realizar decenas de cumbres hemisféricas con legisladores y magistrados para tratar en conjunto el tema de libertad de expresión. Lideró -mediante asambleas, reuniones y misiones especiales- la tendencia actual de aprobar leyes de acceso a la información publica y de despenalización de los delitos de de injuria y calumnia. 

Todo esto ha sido, en fin, la constatación de una actitud y de una línea de conducta de la SIP. Que para nada correspondía a esa imagen que algunos sectores propagaban de un elitista club de propietarios de diarios, indiferente al drama de los periodistas del Continente.

Bastaba conocer de cerca a la SIP. Y vincularse. Y contagiarse de sus propósitos. Estuve 15 años como Vicepresidente Regional de la Comisión de Libertad de Prensa. Luego, de 2001 a 2003 dirigí el proyecto de Periodistas  en Riesgo, y de 2004 a 2006 fui Presidente de la Comisión contra la Impunidad, que considero, sin duda alguna, adelanta una de las tareas más importantes de la SIP. Porque, mientras el crimen contra periodistas no tenga castigo, no se podrá garantizar una verdadera libertad de prensa.

La impunidad es la otra cara de la violencia contra nuestro oficio; la que la alimenta y perpetúa. Y en esta campaña por erradicarla hemos avanzando a  paso lento, pero cada vez más seguro. Hemos logrado resultados concretos tan significativos como los que fueron reseñados en esta Asamblea. Y me encargare de que redoblemos esfuerzos en esta dirección. Porque no estamos dispuestos a permitir que la muerte de un periodista sea en vano. Cada uno de ellos, de esos 344 colegas que han sido asesinados en los últimos 20 años en nuestras Américas, ha servido para elaborar estrategias que permitan minimizar la impunidad. Y para que los logros en un país puedan ser proyectados a otros.

Hoy llego, pues, a este cargo, que me honra y emociona, con el irrevocable propósito de profundizar el empeño de la SIP por fortalecer una prensa libre, independiente y digna en nuestro Continente. En una era llena de viejos peligros -los violentos de siempre- y nuevos desafíos -los pacíficos, pero muy profundos, que nos plantea la revolución digital-. Para no hablar de los económico-corporativos.
 
En fin. Las cosas han cambiado. Colombia, por ejemplo, dejó de ser el país más peligroso para nuestro oficio. Pero el narcotráfico sigue matando. Con la misma saña y crueldad, como lo demuestra el caso de México, al cual la SIP le dedicará especial cuidado y atención bajo mi presidencia. Y están, por supuesto, los eternos enemigos que, dentro o fuera del Estado, no toleran una prensa que critique, denuncie o fiscalice.

Hoy tenemos que lidiar con nuevas formas de la intolerancia. Más sutiles, menos burdas que las dictaduras militares de antaño que tanto combatimos, pero no menos preocupantes por lo que expresan de la incapacidad de muchos gobernantes democráticamente elegidos para aceptar que el pluralismo de opinión y el derecho a la crítica son pilares esenciales de esa democracia que los llevó al poder.

Lo vemos, en mayor o menor grado, a lo largo del Continente. En la Argentina de los Kirchner. En el Ecuador de Correa. En la Bolivia de Morales. En la Nicaragua de Ortega. En la Honduras de Zelaya. En la Venezuela de Chávez, por supuesto. De Cuba, ni hablar. Aun en Colombia, un Presidente que no se puede decir que hostiga a la prensa, se sale con demasiada frecuencia de casillas ante cuestionamientos periodísticos.

Todo lo cual seguramente confirma esa eterna, natural y, para mí, saludable tensión dialéctica entre prensa y poder. Que debería fortalecer y no debilitar a la democracia, que ha de ser capaz de aguantar, e incluso de estimular, esta contraposición. Sin ceder jamás a la tentación de suprimirla por incómoda. Porque siempre lo será.

Ser un modo de contrapoder debe formar siempre parte de nuestra vocación. Fiscalizar a los poderes públicos y privados en aras del bien común es esencial a nuestra función de voceros independientes y creíbles de la comunidad, hoy desde muchos flancos cuestionada.

Tenemos, pues, desafíos desde el pasado, en el presente y hacia el futuro. Que hay que afrontar, simultáneamente, para asegurar la vigencia y credibilidad de los postulados de la SIP en unos tiempos bien complejos para el periodismo impreso. Basta ver, para constatarlo, las dificultades por las que atraviesan grandes diarios del mundo. Particularmente en Estados Unidos, donde la crisis económica de los periódicos es un problema cada vez más preocupante.

Por eso quiero, para ir redondeando, dedicarle unas palabras a lo que nos plantea el futuro. La SIP tiene más de 60 años de seria y respetable trayectoria, pero hoy, más que nunca, debe pensar en los jóvenes. Esa juventud que no lee prensa, que tiene toda la multimedia a su alcance -y la usa-, ¿cómo ve o entiende una organización como la nuestra? ¿Y cómo estamos asimilando nosotros la cada vez más intensa y no poco caótica revolución informativa que ha significado Internet? ¿Cómo estamos respondiendo a los desafíos de la era digital y a los ruidosos sepultureros, que todos los días anuncian no solo la muerte del periódico, sino de las noticias y del periodismo profesional como tales?

Sin unirnos a los pregoneros de la muerte del papel, tenemos que reconocer que nuestra industria, nuestro oficio, está pasando por un delicado período de transición, cuyo hilo  conductor es un hilo digital. Nuestro desafío como organización es encontrar respuestas imaginativas a los retos que están enfrentando nuestros periódicos afiliados, que obviamente pasa por la comprensión de fenómenos como YouTube, MySpace, Google, OhMyNews, Wikipedia, etc., etc.

Ya es lugar común decir que tenemos que redefinirnos: dejar de vernos simplemente como periódicos y cada vez más como generadores de contenido, sin importar desde dónde lo distribuimos: Internet, dispositivos móviles... de donde sea. Pero  no menos importante es encontrar modelos de negocios que paguen por un periodismo serio en un mundo digital. De lo contrario, la migración a la Web puede conducir, como está sucediendo, a un deterioro progresivo en la calidad de un oficio que nosotros sí sabemos hacer, y que debemos defender. Para prosperar en el entorno digital, para seguir siendo  relevantes para nuestros lectores y para mantener los valores claves del periodismo como sustento de una sociedad libre y bien informada.  Valores que, en vista  de  tanto  debate ético  sobre los medios,  hemos  actualizado y refrendado en la Carta de  Aspiraciones que  tras cuatro  años de discusión, fue aprobada en esta Asamblea. Carta que nos compromete con el mayor nivel de transparencia y honestidad profesional, para nunca  perder  la confianza y respaldo del público, que constituye nuestro máximo tribunal.
 
Creo, en fin,  que la SIP -todos nosotros- tenemos que esforzarnos más para que los jóvenes de hoy -nuestros hijos o nietos cibernéticos, que se ufanan de no manipular el papel- entiendan el valor de esa libertad por la que hemos luchado 60 años. Que no se relaciona primordialmente con la de "prensa", sino con la de información y expresión en el más universal de los sentidos.

Concientizar más a las nuevas generaciones en torno del significado de esta libertad en el mundo de hoy, y de la necesidad de defenderla, actualizarla, y nunca darla por sentada, debe ser elemento importante de la estrategia futura de la SIP.

Sea este el momento para agradecer a nuestros anfitriones: al diario  El País, a Ignacio Polanco; Juan Luis Cebrian y Ángel Luis de la Calle, a Alex Grijelmo  de EFE  y demás diarios miembros del comité anfitrión, por la impecable organización de esta asamblea. Y por un programa realmente excelente.

Agradecimientos también para las Fundacion Knight y McCormick, cuyo  generoso apoyo de  tiempo atrás  ha sido decisivo para sacar adelante muchos  de nuestros proyectos.

Y  ya  para terminar, quiero comunicar brevemente algunos cambios internos.

Una de mis primeras obligaciones ha sido nombrar a los diferentes presidentes de las comisiones y debo agradecer el apoyo de cada uno de ellos, que han aceptado estas responsabilidades.

En primer lugar, he confirmado a Gonzalo Marroquín como Presidente de nuestra vital Comisión de Libertad de Prensa e Información. No hay duda de que Gonzalo ha hecho un maravilloso trabajo y es mi deseo mantenerlo en este puesto clave.

Siguiendo la pauta de mi predecesor, Earl Maucker, de adelgazar y racionalizar nuestra organización, evitando duplicidad de tareas, he decidido descontinuar la Comisión de Orientación a Nuevos Socios para integrarla a la Comisión General de Nuevos Socios. Allí he pedido la continuación de Bruce Brugmann como copresidente, junto con Anders Gyllenhaal, editor de The Miami Herald. Dicha comisión tiene la gran responsabilidad de robustecer la membresía de diarios de Estados Unidos, donde la crisis actual nos ha afectado con la renuncia de algunos periódicos. En la misma Comisión,  pero en su sector de Latinoamérica y el Caribe, he solicitado la continuidad en el cargo de copresidente de Juan Luis Correa (junto con Nelson Sirotsky)

Anunciaré ahora  los nombres de los Presidentes de las demás Comisiones:

Chapultepec: Bartolomé Mitre, La Nación, Argentina.
Impunidad: Juan Francisco Ealy Ortiz, El Universal, México.
Asuntos Internacionales: Jorge Canahuati, La Prensa, Honduras. 
Premios: Gustavo Mohme, La República, Perú.
Finanzas y Auditoría: Felipe Edwards, El Mercurio, Chile.
Fundaciones: Edward Seaton, Seaton Newspapers, Kansas (Estados Unidos).
Comisión Legal: Armando González, La Nación, Costa Rica.
Sedes Futuras: José Santiago Healy, Diario de San Diego, California (Estados Unidos).

Como también es tradición, el Primer Vicepresidente, Bill Casey, de The Wall Street Journal, presidirá la Comisión de Programa,  y nuestro ex presidente Earl Maucker, la Comisión de Nominaciones.

Finalmente, he nombrado como nuevo presidente de la Comisión de Internet a Luis Alberto Ferré, de El Día, de San Juan (Puerto Rico), para darle mayor fuerza a una comisión que representa el futuro del periodismo.

Con estos cambios, con el concurso de todos ustedes, con el apoyo invaluable de Julio Muñoz, de Ricardo Trotti y del staff de la SIP; con el de Gina, el de mi hijo Alejandro, aquí presentes, con todos, estoy seguro de que podré cumplir con las responsabilidades que he adquirido.

Pero la gran fuerza de la SIP radica en ustedes: sus socios. Y en la convicción expresada en el pasado por  hombres y mujeres  lideres de  esta organización, que entendieron que un  compromiso real  con los  principios de la SIP  es la mejor forma de respaldar el avance  democrático en  América. Son ustedes los más llamados a hacer  prevalecer la fuerza de una prensa libre. Y los invito a ser parte de esta misión. 

Enrique Santos Calderón
Madrid

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