108 kilómetros faltan para unir la carretera Panamericana, que va desde Alaska hasta la Patagonia

108 kilómetros faltan para unir la carretera Panamericana, que va desde Alaska hasta la Patagonia

El último poblado en Colombia se llama Lomas Aisladas. De ahí sigue una selva llena de humedales y rica en vida. Ese es el centro de la polémica que tiene taponado este proyecto vial.

04 de octubre 2008 , 12:00 a.m.

Los indígenas emberas llaman a la carretera Panamericana jenfa, que significa 'gran culebra', pero a la altura de Lomas Aisladas, en la serranía del Darién, la vía más parece una lombriz, pues se adelgaza para servir de trocha veredal en los últimos 6,2 kilómetros e internarse entre pantanos.

A pesar de que la vía continental ha logrado extenderse 25.750 kilómetros entre la Patagonia y Alaska, no ha podido cumplir con el anhelo de unir a América de sur a norte porque lleva varada 25 años justo en esta muralla de selva que EL TIEMPO recorrió.

El pavimento que viene del sur termina en El Tigre, a unos 15 minutos de la cabecera de Chigorodó (Urabá). De ahí en adelante son los últimos 43,5 kilómetros que mueren en Lomas Aisladas.

La recta es tan amplia como la carrera Séptima de Bogotá, pero sin asfalto. Cuentan que en la época de los 'paras' del bloque Élmer Cárdenas les servía de pista a las avionetas que aterrizaban por la coca de la cuenca del Curvaradó.

A lado y lado se ven enormes haciendas alinderadas con teca. Solo una, la Santa Isabel, posee cerca de dos kilómetros de frente y su fondo se pierde en el horizonte.

Tras un trayecto perezoso entre pastizales, un cielo azul claro y un calor infernal, en el kilómetro 31 surge Babilla. Son 14 casas de tabla y zinc.

A la 1:35 p.m., en uno de los patios amplios corretean cinco pollos y un marrano, mientras Agrimael Hernández duerme una siesta en una hamaca, al lado de un gallo de pelea. Pasando la calle está el embarcadero del que negros fuertes sacan las rastras de roble que traen por un brazo del río León, que a su vez comunica con el Atrato. La vía fluvial era la única posibilidad para sacar los productos hasta que abrieron la Panamericana.

"¿Se imagina la vida si no existiera la carretera?", pregunta Agrimael, pero ya le han repetido tanto en elecciones que no solo podría salir a Chigorodó sino a Panamá con la vía, que ya no cree que se haga realidad.

Lo único que rompe la monotonía de los días por estos parajes son los chiveros (carros) de línea que cruzan a las 7:30 a.m., 1 p.m., 2:30 p.m. 5:30 p.m., y unos cuantos camiones que recogen madera.

A lo lejos se divisa un conjunto de colinas enanas. Son Lomas Aisladas. El poblado que clausura la Panamericana toma ese mismo nombre, o El 40, por la distancia en kilómetros desde El Tigre.

El sitio más popular es un billar, sin paredes para que el aire circule y alivie el bochorno. En días normales permanece casi desierto pero sábado y domingo se atiborra de campesinos. Lo demás son 10 casas en dos hileras.

Enrique González, un setentón, cuenta de la época en que la polémica ambiental no calaba tanto y simplemente entraron los buldóceres.

"Este ya es un proyecto internacional y sería muy bueno para nosotros que Colombia lo terminara. Además, habiendo una empresa, todo el mundo consigue su pega (trabajo)", añade.

Él fue de los primeros colonos que llegaron en 1972 de las sabanas cordobesas. Ya estaba el primer tramo de El Tigre al kilómetro 13, y entre 1978 y 1982, durante el Gobierno de Julio César Turbay, abrieron hasta el kilómetro 43 más 500 metros.

Detrás de Lomas Aisladas queda el cerro del Cuchillo con sus bosques maderables y en adelante solo hay planicies y pantanos interminables que llevan al parque Los Katíos.

El verdadero tapón

Pero para llegar en la actualidad al parque toca dar la vuelta por Turbo y abordar una lancha con motor.

Los Katíos es una reserva de 720 mil hectáreas de una incalculable riqueza natural, con 412 especies de aves, 38 de anfibios, 105 de reptiles, 182 de mamíferos y 933 tipos de plantas.

No hay que internarse mucho para ver un espectáculo de garzones que se sumergen en el agua y se elevan de nuevo con su presa, guacamayas de plumajes vistosos, águilas arpías o micos haciendo piruetas. Y si uno se queda unos días es posible toparse con leopardos, dantas y tapires.

La Unesco lo declaró patrimonio de la humanidad y zona de reserva de la biosfera, por lo que los ecologistas se oponen a que el proyecto lo cercene. Otra oposición férrea viene de los negros e indígenas que tienen sus resguardos y territorios colectivos en los alrededores.

"No estamos contra el desarrollo del país, pero con estos megaproyectos vienen la colonización, la invasión de territorios y la explotación de nuestros recursos", expresa el líder indígena Tílvaro Negría.

Puente en la imaginación

Hace seis años, 156 integrantes de la comunidad de Joimpubuur, que se había desplazado por el conflicto armado hacia Damaquiel, en la cuenca del río Salaquí, se tomaron un pedazo del parque, en el sector de Cristales, a escasos 15 kilómetros del trazado, "obedeciendo a un llamado de los espíritus" de sus ancestros, pues en el lugar quedaba un cementerio.

En otro recodo lejano del Atrato, rodeando los linderos de Los Katíos, y tras una hora navegando desde Sautatá en panga, una valla envejecida indica el sitio donde está planeado un viaducto, a fin de sortear el obstáculo que representa el río Atrato para la Panamericana. Lo llaman Puente América. Curiosamente cerca no hay nada con cara de carretera, pero sí 23 familias de pescadores negros que hicieron parte del éxodo provocado por los paramilitares en el Atrato a partir de 1997.

Aparte de 57 viviendas -no todas habitadas-, Puente América posee una escuela maltrecha, casi sin sillas para los 24 alumnos, y una red vial hecha de tablas, que comunica las casas cuando se mete el río Atrato.

El pescador Pablo Palacio recuerda que el bautizo de Puente América corrió por cuenta del ingeniero Juan Alba, quien dirigió el trazado de la posible comunicación con Lomas Aisladas, a nombre de la firma Tamayo y Asociados.

Durante cinco meses, muchos abandonaron la pesca y se incorporaron a las cuadrillas que, machete en mano, rozaron las ciénagas por una paga de 450 pesos mensuales. Mientras tanto, los buldóceres aplanaron las escasas ondulaciones del terreno.

"Bonita sí se veía -dice Pablo refiriéndose a la carretera- pero a los tres meses el arracachero (una maleza) la tenía tapada de nuevo". Y así permanece todavía.

Él sueña con la Panamericana. "Es más desarrollo en esta comunidad, donde la pobreza abunda. Ya uno está viejo, pero los hijos pueden lograr algo. Se puede ver la plata, aunque sea en el bolsillo de otro", complementa Nicolás Murillo.

La inhóspita selva fronteriza

Contrario a los 'blancos', los indígenas tienen su propia Panamericana. Ellos son asiduos usuarios de una ruta que va de Cacarica al resguardo de Paya (Panamá) y que es patrullada por los ejércitos de ambos países, pues por ahí también se mueven contrabando, tráfico de personas y coca.

Desde el sitio Montadero, cerca de Joimpubuur, los cunas caminan de seis a ocho horas por la selva hasta Palo de Letras. Es imposible parar porque el peligro acecha. Aun los baquianos más avezados tiemblan de solo pensar en los puercos de monte que andan en manadas de hasta 500 y acaban con lo que encuentran.

Luego son tres horas más por río a Paya y de ahí siete horas en panga hasta Yaviza, donde la Panamericana renace, aunque sin pavimentar, y continúa sin interrupciones hasta las gélidas tierras de Alaska.

El costo no ha sido la principal razón para que la vía aún no esté construida

La carretera Panamericana fue incluida dentro del plan de desarrollo Colombia 2019. El presidente Álvaro Uribe la ha defendido como un proyecto prioritario.

De lo que falta, a nuestro país le tocarían 50 kilómetros (incluyendo un puente sobre el río Atrato) y a Panamá 58.

El costo total estaría entre 230 y 250 millones de dólares, pero Estados Unidos financiaría dos terceras partes, según una ley suya.

Sin embargo, el dinero no es la causa de la demora sino la controversia entre quienes consideran que destaponar el Darién es abrirle camino al progreso y quienes, por el contrario, dicen que como está hoy el diseño sacrificaría una de las zonas biodiversas más importantes del mundo, además de que amenazaría culturas aborígenes. En los últimos años, otro argumento que desmotiva a los vecinos de Centroamérica y a Estados Unidos es el temor de que el narcotráfico y la violencia de Colombia emigren a sus territorios.

NÉSTOR ALONSO LÓPEZ L
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
TAPÓN DEL DARIÉN

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