Débora Arango: el rastro de un siglo

Débora Arango: el rastro de un siglo

03 de octubre 2008 , 12:00 a.m.

En noviembre del 2007 se cumplieron 100 años del nacimiento de Débora Arango y con tal motivo el Museo de Arte Moderno de Medellín programó un año de actividades conmemorativas. Ahora, el museo y su directora, Juliana Restrepo Tirado, se aprestan a cerrar la conmemoración con la inauguración de la exposición Débora plural y se les ocurrió invitar a un grupo de admiradores de la pintora a realizar una curaduría colectiva.

Escogí una acuarela -Amargada- para asomarme a la pintura de Débora, para asomarme a mi propia vida. Mil veces me había sentado en una cantina de mi pueblo a mirar a los campesinos, los domingos en la tarde, acomodarse en las mesas a tomar unos tragos de cerveza o de aguardiente antes de partir hacia el campo a emprender una nueva semana de trabajo.

Algunos se sentaban solos, echaban su sombrero sobre la frente, un poco ladeado hacia su ojo izquierdo, de modo que sólo podía ver atisbos de la expresión de su rostro. Veía, en cambio, en todos sus detalles, su cuerpo tenso o desmadejado, sus manos fibrosas y encallecidas, sus piernas gruesas y musculosas.

Veía los estragos del sol en su piel y podía contar los años que había horadado esas tierras negras de mi región cafetera o aserrado maderas, o arrancado cosechas para alimentar a sus hijos numerosos, o pastoreado sus ganados en los días infinitos y lentos de las montañas.

Muchas veces busqué un ángulo apropiado para mirar sus ojos clavados en el suelo o perdidos en las paredes del bar. Podía sentir la rabia o la desidia, la tristeza o la indiferencia que estaba viviendo en esa tarde desolada, cuando otra vez el fruto de su trabajo se había esfumado en la compra de un mercado precario.
Ahí sentado, al frente, a la altura de sus ojos, podía imaginarme las angustias que lo asediaban. Quizás los amores contrariados, o los hijos enfermos, o la afrenta de un vecino o la injusticia de un patrón. Nada bueno podía descifrar en la oscuridad de su mirada y en el gesto con el que llevaba la copa de licor a sus labios.

Amargada me recuerda esos tiempos y esos hombres. Una mujer de manos grandes distendidas sentada a una mesa, con su vestido de domingo. Débora dispone todo: un mantel a cuadros y la combinación de un azul discreto y un amarillo desteñido para su blusa, su chaqueta y su sombrero, de manera que nada le impida a uno encontrar rápidamente la mueca de sus labios y la mirada baja donde se concentra la amargura.

Dijo alguna vez Débora que su pintura era una búsqueda de la expresión del cuerpo, de su belleza y su fealdad, una lucha por darles humanidad a las figuras. Lo logra en Amargada y lo alcanza aún más en sus desnudos que hablan del deseo, del trasiego del sexo, del paso de los años, de las huellas que dejan los hijos, de la tristeza que se acumula en la piel con el paso del tiempo.

En un desnudo de Débora Arango uno puede descubrir la historia entera de una mujer, de la misma manera que puede otear en toda su obra el rastro del siglo veinte: el despertar de Medellín a la industrialización, la segunda guerra mundial, la muerte de Gaitán, la dictadura de Rojas, la violencia, las numerosas batallas de las mujeres por su reivindicación, el papel de los curas y los obispos en nuestra sociedad cerrada y pacata, el ominoso peso de la censura y la discriminación en nuestro país, la ardorosa lucha para forjar una nación más abierta, plural y libre.

Debo decir que Débora Arango me dio algo más que la luz de su pintura. Cuando apenas empezaba a escribir en un pequeño periódico, leí que había dicho que sus temas eran duros, acres, casi bárbaros y se sentía muy orgullosa de ello y pensé que este podría ser también un emblema de mi escritura. Quizás he logrado muy poco, pero no desmayo en esa búsqueda.

lvalencia@nuevoarcoiris.org.co

 

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