Una biovoltereta hacia atrás

Una biovoltereta hacia atrás

30 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.

Una de las peores consecuencias de las constantes trifulcas que plantea la Casa de Nariño a magistrados, periodistas, vecinos, ONG y opositores es que, por atender la incesante polvareda, el país olvida otros terrenos donde se producen o podrían producirse enormes calamidades.

Uno es el anacrónico salto que está dando el Gobierno en favor de los biocombustibles (BC), productos destilados de la caña de azúcar, el maíz, la soya, la palma y otros tipos agrícolas, que se mezclan con gasolina para abaratar el gasto de los automotores.

El domingo pasado, los ministros de Agricultura y de Energía respondieron en el canal 9 preguntas de los ciudadanos sobre los BC. Fue un laudable ejercicio informativo. Pero incompleto y acomodaticio. No estaba allí el Ministro de Medio Ambiente, que tanto podría decir sobre el peligro ecológico de la industria biocombustible; tampoco había representantes de entidades académicas y científicas, como el Foro Nacional Ambiental, fuerte crítico de los BC. En cambio, los ministros aparecieron de gancho con el presidente de la Federación Nacional de Biocombustibles.
Esto prueba la alianza entre el Gobierno y ciertos intereses industriales, justo cuando el mundo empieza a apartarse de la receta de producir BC. Convertir mazorcas en combustibles parecía una panacea: pero se ha descubierto que es insostenible.

Para empezar, los subsidios. El Estado colombiano cede cuantiosos ingresos para estimular la producción de etanol. El 10 por ciento de alcohol carburante que se agrega a cada galón de gasolina priva al Estado de 251 pesos por exoneración de impuestos. Según el profesor Guillermo Rudas Lleras, el beneficio de los grandes productores de caña alcanzará este año 206 mil millones de pesos. Semejante suma, que dejan de percibir las arcas públicas y va a bolsillos privados, supera los aportes oficiales al Sistema Nacional Ambiental entre 2002 y 2006 y es cuatro veces mayor que el presupuesto asignado este año a los parques nacionales.

Los BC ofrecen otros peligros: desplazan la agricultura de pancoger, favorecen los latifundios (remember Carimagua), encarecen la comida. Según entidades mundiales, entre un 20 y un 60 por ciento del reciente aumento de precio de los alimentos se debe a que cada vez se destinan más cereales a alimentar carros que estómagos. "Los BC han arrastrado más de 30 millones de personas a la pobreza", afirma Oxfam, respetada confederación de agencias de desarrollo.

No es verdad, además, que se trate de una solución "verde". La emisión de dióxido de carbono que genera el desplazamiento de sembradíos solo se compensa, en algunos casos, cuatro siglos después. Y rinde poco. Si la totalidad de la cosecha mundial de cereales y azúcares se convirtiera en BC, solo llenaría el 40 por ciento de los tanques de gasolina. Para completar, el Premio Nobel Paul Crutzen ya advirtió que ciertos fertilizantes para BC emiten óxido nitroso, un gas 296 veces más tóxico que el dióxido carbónico.

La advertencia del Comisionado Europeo de Desarrollo, Louis Michel, es: "La moda de los BC puede ser catastrófica". Y la recomendación de Oxam: desmonten ya mismo las políticas de apoyo a los biocombustibles.

Resulta inaudito que Colombia importe una política altamente cuestionada y que lo haga, además, cuando el fracaso del capitalismo salvaje debería inspirar formas más humanistas y amables de desarrollo. Wall Street podría devorar, en ayudas oficiales a grandes especuladores quebrados, 900 mil millones de dólares. Con solo 14.500 millones habría suministrado la comida indispensable que piden 53 países hundidos en crisis de hambre. Si ese dinero que resarcirá los estropicios del sistema prestamista hubiera ido al Tercer Mundo, habría cambiado la vida en el planeta.
Colombia debe aprender de la hecatombe neoliberal y proteger su gente, su medio ambiente y su comida.

cambalache@mail.ddnet.es

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