Miradas al cuerpo femenino

Miradas al cuerpo femenino

Según Porzecanski, antropóloga, detrás de cada decisión de la mujer en torno a su cuerpo hay un mensaje sobre su forma de enfrentar a la sociedad y su anhelo de ser aceptada en su comunidad.

25 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.

El espectro de atributos que las mujeres buscan transmitir a través de su cuerpo es tan amplio como las manifestaciones físicas que ha elegido a lo largo de la historia para conseguirlo. Engordar o adelgazar, usar piercings o tatuajes, e incluso optar por lucir la cabeza calva luego de alguna enfermedad, son algunas de las muestras físicas de los mensajes que las mujeres entregan en distintas etapas de su vida, y que reflejan los aspectos más profundos y poco develados de su identidad.

A pesar de que el cuerpo habla por las mujeres más de lo que ellas pueden decir con palabras, sólo desde hace poco más de tres décadas dejó de ser sólo objeto de estudio de la medicina, y pasó a ser objeto de atención de ramas como la filosofía y la antropología. "Esto es muy importante, porque las implicaciones de tener un cuerpo no son sólo biológicas, sino fundamentalmente culturales. No somos seres abstractos, sino individuos corporalizados", dice la antropóloga y escritora uruguaya Teresa Porzecanski, quien desde hace varios años viene estudiando la función del cuerpo dentro del sistema social, y las múltiples formas que hemos construido para mirarnos a nosotros mismos.


El resultado de este estudio lo ha plasmado en el recién editado libro 'El cuerpo y sus espejos', compilación de 19 ensayos escritos por ella y destacados antropólogos, sociólogos, filósofos americanos y europeos, quienes hacen una reflexión acerca del significado del cuerpo en la era moderna, desde el punto de vista social, de la política, de la juventud y la vejez, de la normalidad y la enfermedad. Todas, reflexiones en las que se habla de la mujer, de sus cambios, de lo que dicen sus gestos y posturas.

El cuerpo femenino es materia de profundos contrastes no sólo a lo largo de la historia, sino también entre las culturas. Si en tiempos pasados el cuerpo femenino occidental estuvo regulado por los mandatos del cristianismo, la mujer de hoy vive en una cultura de la imagen, donde la industria del vestuario ejerce un poderoso condicionamiento sobre la corporalidad, afirma Teresa Porzecanski. Y si la tradición de la mujer oriental está supeditada a la tradición patriarcal, donde el cuerpo debe cubrirse lo más posible en la esfera pública para no atraer la atención del hombre -como en el caso del islam-, la tradición de la mujer occidental es la inversa: destaparse, de acuerdo con la moda del momento.

Esto va muy de la mano con lo que ha pasado con el cuerpo en el ámbito de la medicina: mientras que la oriental apunta a la cura del alma, la occidental ha hecho del
cuerpo "un objeto de atención y control por parte de la medicina", apunta la antropóloga.

Aun dentro de las mismas mujeres occidentales hay diferencias. Por ejemplo, la que Teresa Porzecanski ha observado entre las latinoamericanas. "Siempre me ha sorprendido, cada vez que visito Centroamérica, que las mujeres, ya desde temprano en la mañana, están maquilladas y peinadas con cuidado, mucho más que las de países como Uruguay, Argentina o Chile. Creo que hay una impronta, un imperativo de gustar y de ser siempre seductora para el hombre, que no está tan acentuado en los países del sur", describe.

Sin embargo, hay puntos en común que las afectan a todas, y que forman parte del estudio de 'El cuerpo y sus espejos': no querer engordar. Querer tener el control sobre su cuerpo. Volverse resilientes ante la enfermedad. Y en las adolescentes, modificarlo -a través de deformaciones, tatuajes, mutilaciones- para generar su propia identidad.

"El reconocimiento del cuerpo pasa cada vez más por su cuidado, experiencia identificable de energía y vitalidad que proporciona información fácilmente decodificable en correspondencia con la autovaloración y autodisciplina que se ponen en juego en relación con el otro (...) La aparición de los primeros síntomas del envejecimiento debe ser combatida mediante un enérgico trabajo de mantenimiento corporal apoyado por la industria de la cosmética, la dieta y el ejercicio. Esta indicación social reconoce en el deterioro físico los signos de la laxitud moral".

Este extracto, del capítulo I, 'Identidad y percepción social del cuerpo', habla sobre la vivencia del cuerpo femenino desde el punto de vista de los otros, y de cómo la imagen corporal ha significado para la mujer una forma de validarse ante la mirada de los otros. Una validación que ha traído acarreada frustración para las que no logran cumplir con los estándares impuestos por la sociedad. "Las investigaciones arrojan como resultado que el 90% de las mujeres no están contentas con sus cuerpos, y que sufren diversos grados de frustración al compararse con los estereotipos que muestran la publicidad, el cine y la televisión", dice Teresa Porzecanski.

Por eso, en todas las edades, aunque predomina en las más jóvenes y alrededor de los 30 años, es fundamental la preocupación por el cuerpo y la impresión que pueda causar a otros y otras. A los 40, esta preocupación se traslada al combate de los primeros signos del envejecimiento y cualquier síntoma que denote un cuerpo cansado. "Las presiones culturales son muy fuertes, y para aceptarse a sí misma debe antes considerarse aceptada por su entorno social".

Cumplir con todas estas instancias, explica la antropóloga, implica tener un control sobre el cuerpo, y un control sobre sí mismo. Cuando las mujeres no logran tenerlo, se produce una disociación entre su "yo" y el cuerpo que lo contiene, "una suerte de fragmentación". Por eso, dice, las mujeres tienen mucho miedo a perder el control sobre su cuerpo. Y cuando sienten que lo han perdido, reaccionan de dos formas: desarrollando obesidad o desórdenes alimentarios como la anorexia o bulimia. La obesidad, dice, es una búsqueda insatisfecha por lograr la invisibilidad a través del cuerpo que se cubre, "porque diluye las formas naturales del cuerpo, las oculta". Aunque, paradójicamente, se produce el efecto contrario: un cuerpo obeso atrae muchas más miradas reprobatorias que uno delgado. Por otra parte, la anorexia y la bulimia son formas de buscar un ideal de belleza que parece inasible, "porque copian una imagen considerada deseable".

"(En la relación con el cuerpo) Hay distintas maneras de significar las pérdidas, y notamos que muchas veces no coinciden las significaciones del paciente con las de su entorno. En ese punto, queremos detenernos en algunos de los órganos involucrados, porque las representaciones sociales sobre su valor e importancia varían según cuál sea.

-Mostrar la pelada era un símbolo de fuerza para mí, como Sansón al revés. Mi experiencia es que cuando uno oculta las cosas que se supone que son debilidades se convierten en debilidades de verdad (Patricia, cáncer de mama). Este testimonio, del capítulo 15, 'Mujeres en situación de cáncer', habla de la fuerza que muchas mujeres desarrollan cuando se ven enfrentadas a una enfermedad que transforma alguna parte de su cuerpo, y que muchas veces es más temida por el entorno cercano a la mujer enferma que por ella misma. Muchos de sus temores y aprensiones nacen más por cómo se afectará su imagen corporal ante el resto que por su propia autoimagen. En la mayoría de los casos, apunta la antropóloga, las mujeres le encuentran un sentido a su cuerpo, revalorizan sus capacidades y destrezas. "Se trata de maneras de resiliencia. La enfermedad del cuerpo es una suerte de alienación, pues el 'yo' ha perdido control sobre su cuerpo; el cuerpo se ha disociado y ha emprendido su propio camino".

No pasa lo mismo cuando las enfermedades tienen un origen mental, el cual, cree la antropóloga, se determina en gran parte por la depresión, la frustración y angustia de muchas mujeres de no alcanzar la figura idealizada, o de dejar de ser esa figura. "Es en el plano íntimo que la sociedad se hace cuerpo a través de la angustia, la depresión y la enfermedad", dice.

Entonces, traspasan esa opresión al cuerpo. Por eso, cree, las mujeres son cada vez más víctimas de la somatización
corporal, "porque el alma duele en el cuerpo".

En las sociedades urbanas masivas contemporáneas, dice Teresa Porzecanski, en materia de construcción de la identidad los y las adolescentes se ven enfrentados a una disyuntiva: diferenciarse de los otros, pero a la vez, pertenecer a grupos de linajes y clanes familiares. ¿Cómo dar pie a ambas necesidades? A través de los piercings, tatuajes, y también con vestimentas especiales. "La idea es la construcción de una apariencia que pueda transmitir ciertos mensajes de originalidad y particularidad".

¿Se parece este comportamiento corporal al de las antiguas tribus? En las sociedades tribales, explica la antropóloga, las marcas en el cuerpo cumplían funciones ligadas a ritos de pasajes entre una y otra edad, y eran símbolos de legitimación social. En nuestras sociedades, en cambio, su fundamento se apoya más en la estética y la diferenciación, pero no en la aceptación social. Al menos no en la del mundo adulto -madres, padres, escuela, trabajo-, que restringen su uso dentro del mundo adulto.

En ese punto, la antropóloga está en contra de que los símbolos de autoridad restrinjan o coarten la forma de vestir y el uso de elementos diferenciadores en los adolescentes, ya que éstos forman parte esencial de la construcción de su identidad. "Si el cuerpo es considerado una propiedad personal, individual, entonces la democratización del cuerpo debe otorgarle al individuo el derecho de construir su propia identidad. En cambio, en los regímenes donde el cuerpo -especialmente el de las mujeres- es considerado patrimonio social, los derechos sobre el cuerpo están regulados por el Estado, o por la religión, y ello incluye vestimenta. Esta diferenciación es importante, ya que de entre estos dos polos se dirime nada menos que el concepto de individuo".

Por Magdalena Andrade N.

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