El socialismo petrolero venezolano es un sistema económico paradójico y confuso

El socialismo petrolero venezolano es un sistema económico paradójico y confuso

Observar su desempeño -en pleno shock de ingresos extraordinarios petroleros- y contrastarlo con las decisiones políticas que lo acompañan ha traído de cabeza a economistas en los últimos 10 años.

23 de septiembre 2008 , 12:00 a. m.
Se suele creer que la fortaleza de las cuentas fiscales de Venezuela y el notable crecimiento económico del último año y medio se deben a la explosión de las cotizaciones internacionales del crudo que comenzó en el 2007, lo que trajo consigo una avalancha de petrodólares que continúa hasta hoy.

Si se observa sólo esto, podría pensarse que el país atraviesa una más de sus características buenas rachas, algo que suele ocurrirle a las volátiles economías petroleras. Pero esta visión, deslumbrada por la histórica cotización de 147 dólares por barril que se observó en julio, es apenas parcial.

La realidad es que desde 1999, cuando comenzó el Gobierno del presidente Hugo Chávez, el precio de la cesta petrolera venezolana ha subido 546 por ciento, a un ritmo sostenido y sin altibajos, desde una cotización inicial de 16 dólares por barril. Así que es erróneo hablar de una súbita ráfaga de bonanza.

El enriquecimiento espectacular de las cuentas públicas se ha convertido, desde hace una década, en un factor crónico de la economía venezolana. Se calcula que durante este largo período, los ingresos por exportaciones de petróleo se acercan a los 350.000 millones de dólares.

En contraste, y luego de apartar la retórica y la estricta propaganda política, son pocos los logros que pueden exhibir los administradores de esta fortuna sin precedentes. Ni siquiera en el campo de la lucha contra la pobreza, buque insignia del discurso oficial, es posible encontrar un reflejo proporcional con lo ocurrido en las arcas del Tesoro.

Pobreza, una endemia

En un controversial ensayo, el economista Francisco Rodríguez -quien durante la primera etapa de la administración Chávez colaboró con el Gobierno desde la Oficina de Asesoría Económica del Parlamento- demostró cómo el aparente consenso general acerca de que el presidente Hugo Chávez ha resultado ser un gobernante "bueno para los pobres", está respaldado por muy escasas y contradictorias estadísticas.

Uno de los indicadores de los que presume el Gobierno es el descenso del índice general de pobreza de 54 por ciento en el 2003 a 27,5 por ciento durante la primera mitad del 2007, logro que a primera vista luce impresionante.

Rodríguez, sin embargo, desenmascaró el hecho de que tal resultado no se produjo gracias a la frecuentemente enarbolada redistribución de la riqueza, ni por la aplicación de los famosos programas sociales chavistas conocidos como 'misiones', sino que obedeció a una correlación exacta, -observada durante toda la historia de la petrodependiente economía venezolana-, según la cual a cada punto de aumento del Producto Interno Bruto per cápita le acompaña un descenso equivalente de la pobreza general.

Y durante el período citado por las estadísticas, el PIB creció casi 50 por ciento, gracias a que los precios del crudo se triplicaron.

Lo que descubrió Rodríguez, e hizo enfurecer a los propagandistas oficiales, fue un modelo según el cual esta tasa de disminución de la pobreza en relación con los ingresos petroleros ha sido proporcionalmente menor que la observada durante períodos de 'vacas flacas'.

Esto demostraría que, en tiempos de abundancia, la administración ha sido menos eficiente que durante épocas de escasez.

Los precios, una daga

Pero es otra enfermedad, no la ineficacia, la que ha arruinado por completo los esfuerzos del Ejecutivo por combatir la pobreza: desde 1999 la inflación, la peor de todas las lacras que se han abatido sobre el desempeño económico venezolano, suma 480 por ciento.

Sólo durante los últimos 12 meses, el indicador alcanza 33,7 por ciento. A este ritmo de aumentos de precios, ningún programa social, por más buenas intenciones que entrañe, es capaz de impedir que la pobreza se propague como un virus.

Y ello ha ocurrido en el ambiente de negocios más regulado de América Latina, donde los controles de precios, especialmente los de los productos de la canasta básica, se han convertido en una práctica endémica, y donde las acciones represivas (palabra que utilizan los funcionarios) contra el sector de negocios se ejecutan con rigor militar, especialmente por parte de las autoridades de protección al consumidor y de recaudación de impuestos.

En contra de lo que se propuso el Gobierno, estas políticas no han generado una oferta de artículos baratos y al alcance de toda la población, sino severas crisis de escasez, en las que prácticamente desapareció de todo.

Es una verdad estadística que los precios de los alimentos han subido más durante el régimen de control (50 por ciento en los últimos 12 meses), que durante los ya olvidados períodos en que existía libertad para fijar precios y se estimulaba el sistema de competencia.

Pero de todas las paradojas que distinguen al denominado socialismo bolivariano, no hay una más desconectada de la radiografía económica y más odiosa para el bolsillo del venezolano común, que el singular régimen de control de cambio de divisas, el único en su modalidad que se aplica en el mundo, por el cual cada ciudadano, empresa o actor económico, debe pedir permiso al Gobierno para acceder a un sistema de asignación de cupos de dólares o, de lo contrario, exponerse a sanciones económicas e incluso penales.

Se trata de un sistema de racionamiento que muchos califican como más severo que los que se han aplicado para paliar la escasez de alimentos, bienes básicos y energía eléctrica. Lo asombroso es que se racione, precisamente, el bien más abundante de todos: el dólar.

El control de cambio, que ha interferido en la competitividad de las empresas locales y ha alejado potenciales inversiones foráneas, comenzó a aplicarse en febrero de 2003, bajo el argumento de que un paro petrolero de dos meses había perjudicado los ingresos del país en forma tal que era inevitable colocar una barrera a la salida de capitales.

Pero las variables macroeconómicas se recuperaron en tiempo récord, y muy poco después se hizo evidente que el régimen cambiario se había convertido en un potente instrumento de control de la sociedad: los grandes actores económicos preferían mantener buenas relaciones con quien abría y cerraba el chorro de las divisas.

Cuando el sistema se asentó, el presidente Chávez no tuvo inconveniente en admitir que la idea de aplicar este torniquete había sido exclusivamente suya, y que nunca contó con opinión favorable del Gabinete Económico ni del Banco Central.

Incluso el premio Nóbel de Economía Joseph Stiglitz, simpatizante del presidente Chávez y defensor del socialismo bolivariano, tuvo que advertir que semejante distorsión sólo serviría para estimular diversas modalidades de corrupción.

Pero el régimen continúa, y los venezolanos, dueños de una de las rentas per cápita más altas de la región, acatan, por ejemplo, cupos de 400 dólares al año (1,09 dólares al día) para realizar compras electrónicas.

Así, no sorprende que en una reciente entrevista, el presidente de la cámara de comercio local, Nelson Maldonado, cansado de referirse a las singularidades de la economía venezolana, quisiera resumir el espíritu del socialismo bolivariano con una frase provocadora: "Comunismo para los pendejos, capitalismo salvaje para la élite".

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