Laborismo: difunto que respira

Laborismo: difunto que respira

21 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.

Oculto por la catástrofe financiera general, el Partido Laborista británico asiste desde hace dos días en Manchester, cuna del liberalismo, al examen de su propia debacle. Más que un examen, parece una autopsia. Tras once años en el poder con amplio respaldo popular, el laborismo está sumido en un profundo bache histórico, con un gobierno desorientado, un primer ministro incapaz y un naufragio en las encuestas.

La última de ellas, publicada ayer por The Observer, revela que si las elecciones se realizaran hoy y no en el 2010, según la agenda, el laborismo bajaría de 350 curules a 160 y los conservadores pasarían de los 195 escaños que hoy tienen a 398. Ocho de los actuales ministros serían derrotados. Las cifras significan, por supuesto, la pérdida del gobierno. Pero, además, mandarían al Labor Party a las tinieblas opositoras durante al menos dos o tres lustros.

¿En qué momento se desmoronó el régimen que arrasó en las elecciones de 1997, 2001 y 2005, con Tony Blair al frente? La demolición laborista ha sido cuestión de los últimos tres años, y en ella le cabe mucha responsabilidad al propio Blair. Su apoyo ciego a George Bush y la guerra de Irak le pasó tan elevada factura que condujo a su dimisión en el 2007. Llegó entonces la segunda calamidad: su sucesor. Gordon Brown, actual primer ministro, ha demostrado ser un líder sin mando ni carisma, dubitativo e inseguro aun en el terreno financiero, que se suponía su fuerte. El propio partido no supo reaccionar cuando empezó a desleírse como un terrón de azúcar: surgieron conatos de golpe interno, disensiones y enfrentamientos, pero no una autocrítica sincera, una enmienda convincente ni brotes de imaginación redentora. Para rematar, apareció en el otrora desolado Partido Conservador un joven líder, David Cameron, que tiene cuanto le falta a Brown: ideas, imagen optimista, aura fresca. Según la encuesta, el 42 por ciento de los británicos querrían ver hoy a Cameron al mando y apenas un 19 por ciento prefieren a Brown.

Es improbable que, como se pensó, la convención laborista se deshaga de Brown y lo sustituya por David Miliband, el ministro más popular. El discurso de Brown mañana será clave para su futuro. El del laborismo, sin embargo, parece fatal. Se necesitaría un milagro para que se recuperase en los dos años que le quedan.

editorial@eltiempo.com.co

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