Los vientos de hambruna en Haití se ciernen sobre un millón de personas

Los vientos de hambruna en Haití se ciernen sobre un millón de personas

La pobreza no es extraña para la gran mayoría de los haitianos y tampoco el hambre.

20 de septiembre 2008 , 12:00 a. m.

Por eso, cuando se recorren las calles anegadas o los barrios arrasados por las lluvias que dos huracanes y una tormenta tropical derramaron sin clemencia sobre esta isla desde mediados de agosto, se experimenta una sensación de eco, de redundancia, ante la presencia de cientos y cientos de personas que ya eran miserables cuando la naturaleza las puso de rodillas.

Las cifras hablan de la magnitud de la tragedia: 320 muertos (reportes no oficiales dan cuenta de más de 600), casi un millón de desplazados y 180 millones de dólares en pérdidas.

Pero no hay cifra que retrate la tragedia que vive Haití como los rostros y las voces de quienes vieron incrédulos cómo su isla caía abatida por el inclemente impacto del huracán 'Ike', un poderoso ciclón de categoría 4 que arrasó las costas con vientos de hasta 200 kilómetros por hora, y que siguió el sendero de muerte que trazaron, antes que él, el huracán 'Gustav' y las tormentas tropicales 'Hanna' y 'Fay'.

Ajenos por completo a urgencias que no sean las más elementales, los damnificados haitianos se muestran estremecedoramente enfocados en sobrevivir. El agua potable encabeza las prioridades. Junto a la carretera que lleva de Puerto Príncipe a Cabaret, la ciudad más afectada por 'Ike', una casa se fue al río, abatida por el viento y el torrente enfurecido.

Bajo lo que fueron sus cimientos, el agua sigue brotando de una tubería rota, que congrega a docenas de personas que lo mismo llenan baldes y bidones, lavan su ropa o, incluso, se asean ellos mismos. La escena transcurre con pavorosa naturalidad, a tan solo 30 minutos de la capital, sin que importen conceptos como la desnudez, la privacidad o la higiene. Del tubo brota agua limpia y, en medio del desastre, eso es todo lo que importa.

El fantasma del hambre

Al otro lado de la carretera, un hombre de unos 20 años trata, con señas, de romper la barrera del lenguaje. Lo logra con un gesto universal: lleva su mano, los dedos unidos por las puntas, a su boca en una señal que no deja lugar a dudas: "Tengo hambre".

La comida nunca ha sido un bien abundante para las mayorías pobres de Haití, en donde -según cifras de la ONU- el 53 por ciento de la población sobrevive con menos de un dólar al día y los alimentos han aumentado su precio en un 40 por ciento en lo que va del año.

Alimentar a la población siempre ha sido un problema en Haití, pero el panorama tras el paso de los huracanes es devastador. Con 63 mil hectáreas de tierras de cultivo anegadas por las inundaciones, la endeble capacidad de producción nacional -representada mayoritariamente en café, maíz y cacao- quedó por el piso. La cosecha por venir se perdió casi por completo, según el Gobierno.

Así lo dijo el presidente haitiano, René Preval, quien describió para EL TIEMPO un escenario desolador, en donde las carreteras destrozadas por las lluvias hacen imposible llegar a las zonas más afectadas y a ocho días de la tragedia el Ejecutivo no dispone de un consolidado actualizado de muertos y pérdidas.

Incluso, al retratar la magnitud de la tragedia, Preval advierte que lo peor podría estar por venir: "Con las cosechas destruidas, es muy posible que no podamos cubrir las necesidades de alimentación de la gente y por eso tememos que, en un futuro cercano, podamos sufrir en Haití una crisis de hambre".

Una visita a Cabaret, en donde 'Ike' dejó más de 66 muertos, basta para comprobar que, en efecto, podría pasar. Junto a las casas semidestruidas, en barrios en los que la fuerza del agua alcanzó para derribar postes, voltear carros y arrancar árboles de raíz, los cultivos de plátano y maíz se yerguen entre el lodo, que comienza a secarse, y el alimento que la población necesita desesperadamente se pudre ante sus ojos, antes, siquiera, de madurar.

Trabas para entregar ayuda

Una mujer, cuya vivienda probablemente se irá al río en los próximos días -tan erosionadas están sus bases- relata el pánico que la invadió cuando tuvo que subirse al techo para huir de las aguas crecidas, que rebasaron en más de tres metros su nivel normal.

"Nunca creímos que llegara a esto. El agua se llevó las otras casas y cada mañana vemos que la corriente se ha llevado un nuevo trozo de orilla", cuenta.

Cuando dice que los periodistas colombianos somos los primeros en llegar hasta ella para preguntarle cómo está, no puede uno menos que preguntarse cuál será la situación en los lugares más lejanos de la isla, a donde el mismo Presidente reconoce que no se puede llegar por falta de helicópteros.

Incluso cuando llega la ayuda, las limitaciones impiden su rápida distribución. Con un galón de gasolina a nueve dólares, mover la carga, así ésta sea regalada, es un procedimiento oneroso, que no se realiza con la rapidez que sugiere el estado de los damnificados.

Unos cuantos han recibido ayuda. Al menos unas 300 personas de Cabaret, que perdieron sus casas, están refugiadas en las tiendas de un campamento provisional.

Un vistazo sugiere que la mayoría de los habitantes de la cuestionable ciudadela, que carece de agua o fluido eléctrico, son niños. El calor que impera a lo largo del día acentúa los olores bajo las carpas plásticas de un color beige que luce todavía más pálido por la tierra que ha recogido.

Pero es de suponer que en la noche la temperatura baje bastante.
-¿No sufren por el frío?-, pregunto.

La respuesta, que viene de Aristide, un taxista de Puerto Príncipe, es un resumen de la situación de este país, que ha visto a los huracanes ir y venir, pero se ha acostumbrado a la pobreza: "No hay problema. Son muchos los que viven aquí".

WILSON FERNANDO VEGA
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
CABARET (HAITÍ)

[*]wilveg@eltiempo.com.co 

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