Nadie nos ha contratado

Nadie nos ha contratado

20 de septiembre 2008 , 12:00 a. m.

Conocí en México una fábrica de chiles un tanto peculiar. El dueño fue un chofer de camiones que se hizo de una máquina procesadora de alimentos abandonada por falta de uso. Este señor la puso a funcionar con la ilusión de ofrecer trabajo a la gente del pueblo. Actualmente su empresa tiene 700 mujeres fijas y en temporada alta llega a contar con 1.300. "Todas son mujeres porque los hombres lo que ganan se lo beben y no llevan el dinero a la casa; además, las mujeres son más hábiles con las manos y van menos al baño", me explicaba.

"Nadie nos ha contratado" (Mt. 20,7) son las lastimeras palabras de los que sufren el problema del paro. El evangelio de este domingo nos interpela a todos, gobierno y privados, para tomar conciencia de que el mejor modo de contribuir al progreso, a la paz y a la unión familiar está en ofrecer posibilidades de empleo.

El trabajo es un derecho fundamental de la persona. Los universitarios esperan ansiosos sus primeras ofertas conforme avanzan los semestres de la carrera; los maduros se valen de su trabajo para forjar su patrimonio y los mayores esperan la jubilación para organizar el resto de su vida de modo decoroso y útil, pues aunque el trabajo fatiga, te mantiene en forma. "¡Qué malo debe ser el trabajo que hasta pagan para que lo hagas!", decía un amigo socarrón.

El trabajo es un medio a través del cual la persona se humaniza y se perfecciona. En él se cumple el plan de Dios, que le confió al hombre la tierra para gobernarla (Gen. 3,19). El mismo Hijo de Dios se sometió al suave yugo del trabajo y aprendió a ganarse el pan con el sudor de su frente en la carpintería, junto con san José.

En el mundo del trabajo hay dos partes: por un lado está la responsabilidad del gobierno, empresarios y comerciantes de ofrecer trabajo evitando los vicios de la explotación, los salarios injustos, el tratar a los obreros como mercancías, la avaricia y la acumulación de la riqueza. El hambre es producto de la avaricia y de la mala distribución de la riqueza y no, como algún malthusiano afirma, que la naturaleza no tiene los recursos suficientes para alimentar a la humanidad y, por ende, hay que disminuir la población a como dé lugar. Esto es un sofisma malévolo. ¿Es que Dios se equivocó con los cálculos y le quedó pequeña la tierra? ¡Por favor!

Por otra parte, están los empleados que deben cooperar con la empresa siendo responsables, pues forman parte de ella y eso se debe ver reflejado en el reparto de utilidades. En la fábrica de chiles se comprueba que sí se puede, si se quiere. 

jmotaolaurruchi@legionaries.org

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