Gaviria, Samper, Pastrana y Uribe han enfrentado guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes

Gaviria, Samper, Pastrana y Uribe han enfrentado guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes

Por Ricardo Santamaría, politólogo.

17 de septiembre 2008 , 12:00 a. m.

Ningún país del hemisferio occidental ha enfrentado una amenaza combinada de narcotráfico y terrorismo tan grande y persistente como lo ha hecho Colombia en los últimos 15 años. Una amenaza que buscaba, ni más ni menos, que quedarse con el poder político, el Gobierno, el Congreso: gobernar un narco-Estado sin jueces ni magistrados y con la prensa silenciada. ¿No era esto con lo que soñaba Pablo Escobar en su finca Nápoles cuando se reunía con sus lugartenientes, sus mujeres y sus políticos fletados?

Este desafío, cuyos protagonistas son, en la misma medida, narcotraficantes, guerrilleros y paramilitares, ha sido el factor determinante del rumbo que tomaron los gobiernos de César Gaviria, Ernesto Samper, Andrés Pastrana y Álvaro Uribe. 

Los temas de la guerra y la paz, de las soluciones al conflicto y de la lucha contra el narcotráfico, constituyeron los ejes centrales de las campañas a la Presidencia en los últimos 20 años. Así ocurrió en 1990 con la elección de César Gaviria en medio de la ola narcoterrorista más feroz de la historia colombiana, campaña durante la cual fueron asesinados cuatro candidatos a la Presidencia y en la que triunfó la consigna de "Habrá futuro" del candidato liberal que recogió las banderas de Luis Carlos Galán. Y en 1998, cuando fue elegido Andrés Pastrana con la promesa de que haría la paz con las Farc. Y en 2002, cuando los electores respaldaron masivamente la propuesta de Álvaro Uribe de mano dura frente a la subversión. Y luego, en 2006, cuando reeligieron su política de seguridad democrática.

Ya en el Gobierno, cada presidente lidió a su manera con este desafío. Gaviria se la jugó a fondo por las reformas, bajo la premisa de que los problemas de la democracia se resuelven con más democracia. Ese es su sello en la Constitución de 1991 que transformó y modernizó nuestra democracia. Con la creación de la Fiscalía, la Justicia tuvo, por primera vez, uñas y dientes para construir casos contra los capos de la droga y los jefes guerrilleros y paramilitares. 

Nombró a un civil en el Ministerio de Defensa, fortaleció a las Fuerzas Armadas, creó las brigadas móviles, hizo la paz con cuatro grupos guerrilleros, desmovilizó a un grupo de paramilitares del Magdalena Medio mediante la política de sometimiento a la Justicia, y continuó con la extradición de narcotraficantes a los Estados Unidos. Al final de su gobierno había caído Pablo Escobar y su estructura narcoterrorista, y más de 6.000 guerrilleros habían dejado las armas.

Ernesto Samper, en medio del escándalo de la financiación ilegal de su campaña, continuó con la persecución a los capos de la droga, extraditó a varios a los Estados Unidos, mantuvo la política de fortalecimiento de la Fuerza Pública y logró la entrega unilateral de un grupo de secuestrados en poder de las Farc. Y durante su administración fue desmantelado el Cartel de Cali.

Andrés Pastrana, en una audaz jugada política, desmilitarizó 42.000 kilómetros en el Caquetá, zona que fue ocupada por las Farc y sus jefes para negociar con el Gobierno. Apostó por darles confianza, pero tres años más tarde dio por terminado el esfuerzo debido a los incumplimientos y crímenes de la guerrilla. Los jefes de las Farc no tuvieron ni el valor ni la visión de rectificar el rumbo. Estados Unidos y Europa declararon terrorista a la organización. Pastrana continuó el esfuerzo de fortalecer a la Fuerza Pública y negoció un acuerdo humanitario con las Farc que permitió la liberación de 352 uniformados.

Álvaro Uribe llegó con su política de seguridad y el país cambió radicalmente en este frente. Desde el inicio de su mandato, las Farc han sufrido los golpes más duros de su historia. Los colombianos volvieron a salir a las carreteras, se reactivó el turismo interno y la inversión y una ola de optimismo y confianza recorrió todo el país. 

Con la bandera de la seguridad democrática se reeligió y mantuvo el esfuerzo de fortalecimiento de la Fuerza Pública y extradición a los Estados Unidos. Con los grupos paramilitares adelantó un proceso de negociación y creó el Programa de Reintegración que, a la fecha, atiende a cerca de 50.000 personas entre desmovilizados de la guerrilla y de los paramilitares. Un récord sin precedentes.

Resistencia

¿Qué nos quedó de todo este inmenso esfuerzo? Algo contundente: como sociedad fuimos capaces de derrotar el narcotráfico y el terrorismo. El problema sigue vigente, por supuesto, pero nos resistimos a vivir dentro del miedo y la corrupción, y cada día mantenemos este esfuerzo. Con problemas menos graves, en otras naciones de Latinoamérica han caído gobiernos y presidentes. Nuestra historia en este lapso está llena de dolor y tragedia, pero también de esperanza y heroísmo.

Haciendo frente a semejante amenaza, Colombia ha sido capaz de hacer crecer su economía a ritmos superiores que sus vecinos; insertarse en los flujos de comercio globales; atraer inversión extranjera; mejorar sus indicadores sociales; tener medios de comunicación fuertes, críticos y actuantes, y lo más significativo es que hizo todo lo que hizo dentro del marco de la democracia, con elecciones cada cuatro años y sin que se haya presentado un golpe de Estado.

Un país convulsionado por dentro pero con unas instituciones fuertes y legítimas. Esa es nuestra mayor fortaleza como Nación y es lo que tenemos que preservar por encima de todo. Hoy como ayer es imperativo mantener el respeto a los derechos humanos, fortalecer la independencia de la Justicia, perseguir y condenar a los aliados políticos de los criminales, darle plenas garantías a la oposición, respetar la independencia de poderes. Gracias a ello, somos diferentes a los paramilitares y a los guerrilleros.

¿Qué le pasará a Colombia en los próximos 15 años? ¿Qué dirá la revista CAMBIO cuando cumpla 30 años?  Este es mi pronóstico: las Farc y el Eln habrán desaparecido gracias a una combinación de presión militar, negociación y desmovilización; el país retomará el camino de las reformas políticas con un Congreso comprometido con el pueblo colombiano y no con el clientelismo; los carteles emergentes serán aplastados como lo fueron los de Pablo Escobar y los Rodríguez; en el mundo, gracias a una iniciativa colombiana, habrá caído la prohibición de las drogas y todo el dinero destinado antes a la represión se invierte en prevención de consumo. ¿Demasiado optimista? Seguramente, Pero esa es la política: la capacidad de soñar para transformar.

Por Ricardo Santamaría, politólogo.

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