Si Farc y Eln pierden oportunidad de negociar, terminarán consumidos en grupúsculos de terroristas

Si Farc y Eln pierden oportunidad de negociar, terminarán consumidos en grupúsculos de terroristas

Por Álvaro Camacho Guizado, analista político.

16 de septiembre 2008 , 12:00 a. m.

La historia reciente de las guerrillas colombianas está marcada por dos puntos de inflexión. El primero, la Constitución de 1991; el segundo, el matrimonio de propietarios rurales y políticos regionales con la contrainsurgencia armada y su resultado en el narcoparamilitarismo.

La Constitución fue vista como un gran pacto de paz, y en sus antecedentes inmediatos estuvo el hecho de que los grupos insurgentes plantearon la exigencia de convocar una asamblea constituyente como requisito para su desmovilización. Esta, que debería estar acompañada de una masiva participación popular, era el espacio esperado para realizar las transformaciones cuya frustración había fundamentado el recurso a las armas. Fue así como para la inauguración de la Constituyente ya se habían desmovilizado el M-19, el Epl, el Maql y el Prt. Quedaban por fuera el Eln y las Farc y con ellas continuaron las negociaciones, que terminaron en los sonados fracasos de Caracas y Tlaxcala, cuando ya la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar solo estaba conformada por ellas.

El objeto ahora no es evaluar el curso de la Constitución, pero es preciso reconocer que aunque lo que se esperaba que fuera un gran pacto de paz resultó un acto fallido, los grupos desmovilizados tuvieron presencia en la Asamblea y allí plantearon, y negociaron ¿bueno es recordarlo¿ algunas de sus reivindicaciones, que no resultaron ser tan radicales como podría esperarse. A partir de la nueva Carta, los otrora insurgentes han tenido diferentes desarrollos ¿unos para bien y otros para mal¿ y han sido testigos de que es mejor una política desarmada y legal, aunque los logros hayan sido muy precarios.

Los que no entraron en ese proceso han experimentado una dinámica desigual: las Farc, luego del lánguido cuatrienio de Ernesto Samper en el que nada se logró, tuvieron su mejor cuarto de hora durante el gobierno de Andrés Pastrana, y una vez frustrado ese proceso han experimentado un cambio evidente.

Luego de haber estado en la cima de la exposición a los medios masivos de comunicación, de haber controlado una buena porción del territorio y de haber demostrado que en esa calidad privilegiaron su papel de ejército de ocupación, despreciaron la oportunidad de ser, al menos en el plano local, una alternativa de futuro.

Por eso han perdido el poco apoyo político que en algún momento pudieron tener, han reducido el número de sus efectivos a partir de derrotas y deserciones,  su capacidad militar ha sido disminuida y los golpes del Ejército y la Policía los han diezmado. A esto hay que sumarle la intensa campaña internacional del actual Gobierno para que sean considerados terroristas. Se han visto obligados a apelar a prácticas terroristas para hacerse sentir y no han menguado su recurso a los secuestros.

La reducida significación política y militar del Eln se ha traducido en que hoy, en un remedo de negociación, el Gobierno lo trata como a un grupo de menesterosos, sin siquiera concederle la posibilidad de reconocerle alguna dignidad.

El Eln ha desconocido que, en una negociación, una organización no puede reclamar más de lo que su fuerza le permite hacer respetar. Eso sí lo ha entendido el Gobierno y los resultados son elocuentes.

Enemigo poderoso

El segundo punto ¿el matrimonio de propietarios rurales y políticos regionales con la contrainsurgencia armada¿ es mucho más complejo. Ha significado para la insurgencia la aparición de un enemigo que en algún momento fue más poderoso que el Gobierno Nacional.

Las Farc siempre consideraron que sus enemigos principales eran el Gobierno y el Estado. No estaba en sus perspectivas el desarrollo de una contrainsurgencia armada que, con amplios recursos financieros y apoyo político ¿a veces soterrado, a veces abierto¿, pudiera enganchar jóvenes que podrían parecerse a los reclutados por la organización.

De hecho, los paramilitares le han infligido a la insurgencia derrotas más contundentes que el Ejército, en especial al Eln. Tanto a este como a las Farc los han acorralado a zonas periféricas de la geografía nacional y para ello han contado con la ayuda de ex insurgentes, pues tanto las Farc como el Eln le han aportado a la contrainsurgencia fuerza de trabajo altamente calificada, lo que no estaba en sus planes.

Al mismo tiempo, la presencia paramilitar ha sido el principal obstáculo para una eventual negociación con estas dos organizaciones. El mayor argumento de las Farc en el Caguán era la insistencia al Gobierno para que acabara con el paramilitarismo, convertido en enemigo principal. Por eso no deja de ser una gran paradoja el que hoy  haga carrera el argumento gubernamental de que las Farc se han convertido en usufructuarias del narcotráfico y que, en consecuencia, se les condene y despoje de su condición política. 

Este último argumento tiene tanto de largo como de ancho: algunas muestras empíricas, como las relaciones del 'Negro Acacio' con el traficante brasileño Fernandinho Beira Mar, o los mensajes de computador capturados a algunos jerarcas, de los que se deduce que ha habido tratativas con narcotraficantes y paramilitares colombianos, no son un punto a favor de la pureza revolucionaria de las Farc, así en su retórica lo nieguen sistemáticamente. Al parecer, no mucha gente les cree.

A esta situación se suma el hecho de que es cada día más evidente que ni las Farc ni el Eln han sabido asimilar las transformaciones de la sociedad que los vio nacer en la década del 60. Aunque sus banderas originales aún hoy tienen alguna validez, es claro que los patrones de luchas populares han cambiado, y que ya pasó la hora en que unos grupos armados podían asumir la vocería de unos sectores populares, a los que esos mismos grupos les han negado el derecho de expresarse por sí mismos.

A pesar de lo que dicen el Gobierno y gran parte de la opinión pública, puede que aún no sea muy tarde para que las dos organizaciones recapaciten y se den cuenta de que aún tienen una oportunidad de negociar y obtener algunos logros políticos. De lo contrario, su futuro parece ser el de consumirse en  grupúsculos de secuestradores y terroristas, y, lo que es peor, asociados con narcoparamilitares.

Por Álvaro Camacho Guizado, analista político.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.