Ay, el amor...

Ay, el amor...

Gladys Fuentes, una colombiana que vive en España, recrea historias reales de inmigrantes en ese país con cuentos. En esta ocasión cuenta una historia de amor entre dos colombianos en Madrid.

15 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.

Manuel llegó a Madrid a finales de mayo de un año cualquiera, tenía el cerebro lleno de ilusiones y nada en los bolsillos, pero esto no es ninguna novedad. Venía dispuesto a comerse el mundo y a toda la que se le pusiera por delante, sí, hablo de mujeres,  tenía hombría para eso y mucho más.

Los primeros meses los pasó como cualquier inmigrante en tierras extrañas, se admiraba de todo, buscaba sentido a las palabras y gestos de cuanto ser conocía, aprendía rápido y como el hambre atenazaba no le hacía ascos a ningún oficio. Al poco tiempo ya estaba trabajando, sin contrato pero el sueldo llegaba puntual y con éste iba construyendo su mundo, sin embargo, a pesar de que gozaba de ciertos lujos no encontraba el amor de su vida, ese que lo hiciera estremecer, que le hiciera palpitar su adormecida ternura.

Probó suerte con las españolas pero al poco de empezar la relación se dio cuenta de que los boleros y la almibarada verborrea no funcionaban adecuadamente, así que decidió buscar entre las colombianas que llegaban a Madrid; pero Cupido no aparecía, muchas de ellas ya venían con pareja o lo dejaban de lado porque su sueldo no alcanzaba. Tiempo después se aburrió hasta la muerte con las niñas recién llegadas a Barajas. No, nada le servía, nada le gustaba y por más que se empeñaba, el amor, al menos como el lo soñaba, no tocaba a su puerta.

Decidió tomarse unas vacaciones en Colombia, una vez pasados los primeros días de rigor en familia, se compró un carro, lo engalló hasta el baúl, particularmente estaba muy orgulloso del equipo de sonido comprado en Sanandresito, viajó por los pueblos cercanos a Bogotá oyendo a todo taco su música preferida, y allí, su ternura revivió como por encanto al ver a Ángela una niña de cachetes colorados y pelo larguísimo tomándose una gaseosa en una cafetería, Manuel comprobó que sus insistentes miradas eran correspondidas. Eso era, ahí estaba la clave, una niña inocente, campesina, ignorante de ese ambiente que castraba su virilidad, así que desplegó su encanto y en un abrir y cerrar de pestañas, establecieron relaciones. En la familia de la joven fue recibido con cariño, la suegra ya hacía planes de boda y todo parecía sonreírle a Manuel.

Se casaron en la capilla del pueblo y el tiempo corría de prisa, debía volver cuanto antes a Madrid, seguiría con su trabajo y la recién casada esperaría en un pisito pequeño, mientras tanto irían llegando los hijos que darían vida y bullicio a ese hogar, él tendría sexo seguro y mujer para él solito, que le planchara las camisas y le hiciera de comer. Ángela, aunque no le gustaba mucho la idea de tener un océano entre ella y su familia, aceptó irse con él, con la ilusión de ahorrar unos pesos durante unos años, mientras reunían lo suficiente para comprarse una casita en el pueblo. Manuel la convenció y finalmente embarcaron en un vuelo transoceánico.

El amor no aguantó las arremetidas culturales, Manuel trabajaba todo el día, se emborrachaba por las noches y la celaba con cuanto hombre se le cruzara en su camino, la ternura fue reemplazada por el resentimiento, él se sentía atado a una mujer que no se arreglaba nunca y jamás quería salir a divertirse con él, Ángela, aunque aún lo amaba, no soportaba la ciudad, se sentía enferma con la polución, añoraba su pueblo, sus parques, el río y se pasaba el día entero en la cama escuchando cumbias y salsa, así, cada uno de ellos culpaba al otro de cada una de sus penurias. Un día Ángela resolvió salir a la calle, ¿el pretexto? buscar los productos necesarios para hacer una comida de verdad, sin embargo, después de comprar yuca de África y plátanos verdes de Ecuador, al llegar a su piso y prepararlos, el sancocho no le supo igual. Llorando volvió a la cama, entretuvo su tiempo gracias a una telenovela colombiana que ponían en Antena 3 mientras remendaba o recosía su ropa para no lucir la atrevida moda capitalina que a ella le provocaba efectos contradictorios, por una parte consideraba casi vulgar ponerse esos escotes y esas faldas tan cortas, pero por otro lado le entraba curiosidad por saber cómo se vería ella vestida y con un corte de pelo más modernos, o si sería capaz de salir a bailar sola a una discoteca como hacían las españolas. Entre puntada y puntada el rencor se fue convirtiendo en odio y el odio en venganza latente que no se hizo evidente hasta una tarde de desesperación, en que decidió sentarse en una terraza frente al paseo de Recoletos. Una cosa llevó a la otra, a la primera copa de vino que se le atragantó, siguieron otras que iban entrando de forma más fluida, luego unas aceitunitas y después esa chica madrileña tan agradable y comprensiva que la escuchaba tan atentamente, que adivinaba cada una de sus inquietudes y que siempre soltaba la palabra precisa cuando la lengua y el entendimiento se le refundieron debajo de la mesa.

Ángela descubrió que el amor entre mujeres tenía su puntito y Manuel está ahorrando dinero para volver a otro pueblo con la esperanza de arrancar otra flor. 

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