Futuro rentable de empresas verdes

Futuro rentable de empresas verdes

12 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.
La cita debía ser corta porque la agenda del presidente Uribe estaba bastante apretada. Para eso nos habíamos preparado el premio nobel, Eric Chivian, el director del Museo de Historia Natural de Washington, Christian Samper -orgullo de nuestra tierra-, el presidente de la Junta del Centro de Gestión y Liderazgo, Ramón de la Torre, y yo.

Se trataba de aprovechar la visita a Colombia de Chivian y Samper para presentar, en Expogestión, su visión sobre los desafíos y oportunidades derivados de la inmensa riqueza en biodiversidad que tiene nuestro país, dentro del marco de una estrategia integral de competitividad, crecimiento y prosperidad. Con equidad social y acceso democrático a sus beneficios, agrego yo.

Chivian, además, traía para el presidente un ejemplar de su último libro, preparado desde el centro de investigaciones que dirige en Harvard. Había seleccionado cuidadosamente las páginas donde estaban retratadas las ranas que validaban su tesis acerca de la relación íntima que existe entre la protección de la biodiversidad, para efectos de la investigación científica y la protección de la vida y la salud de la humanidad, y en donde Colombia ha de emerger por naturaleza como una potencia verde.

Uribe se fue enganchando plenamente concentrado en el diálogo con los científicos. Él, que ha sido un alumno aplicado, escuchaba atento. Ya había expirado el tiempo de la cita cuando hizo el tránsito de pupilo a pedagogo desde su investidura presidencial, y mandó traer un gran mapa nacional en alto relieve y un señalador de profesor universitario para hacerles a sus invitados una explicación minuciosa sobre las regiones colombianas, las selvas y bosques naturales, y para reiterarles la profundidad del compromiso concurrente de sus políticas ambientales y de seguridad democrática con la protección de la biodiversidad.

El tiempo acosaba, pero el tema no podía quedar ahí. Después de las despedidas de rigor, la dedicatoria del libro y las fotos de protocolo, el presidente, al trote para su próxima cita, nos indicó que el tema debería ser abordado por el Consejo de Ministros en pleno.

Y así sucedió: quorum completo en el salón del consejo de ministros el lunes pasado. Después de haberles dado a algunos de mis colegas una 'palomita' en el carro eléctrico por la Plaza de Armas de la Casa de Nariño antes de que comenzara la sesión, el clima era bastante ambiental en el salón. Se colocó, entonces, un video de Christian Samper con los argumentos expuestos anteriormente al presidente, y escuchamos las presentaciones y comentarios de destacadísimos empresarios colombianos sobre las oportunidades que se derivan de nuestras riquezas naturales y la estrategia para aprovecharlas.

Así, todos los ministros escucharon, entre otros, al propio Ramón de la Torre, a Gustavo Mutis, a Sergio Uribe, a Samuel Azout y a José Alejo Cortés. Revisamos la cuidadosa ruta que ha seguido el Gobierno en la adopción de un sistema nacional de competitividad y el arduo camino que hemos recorrido en nuestra política ambiental para consolidarla, fortalecerla y convertirla verdaderamente en factor de prosperidad y bienestar para todos los colombianos.

La conclusión fue clara: La mayor ventaja competitiva que tiene Colombia es su biodiversidad y es imperativo consolidar los logros que hemos conquistado desde la propia adopción de nuestro plan de desarrollo para dar un gran salto y un gran cambio de escala en la construcción de un aparato productivo eficiente, audaz y sostenible que la aproveche a fondo.

Mientras mostraba fotos colombianísimas de babillas, cocodrilos, ranas, flores, índigos, añiles, cosméticos, artesanías, aceites, productos orgánicos y peces ornamentales, ilustradas con las cifras multimillonarias del valor anual de sus mercados, Samuel Azout lo resumió con entusiasmo y sin rodeos: "Aquí está la plata. Este es el futuro".

* * * * *

Más allá de lo anecdótico y de cualquier entusiasmo de ocasión, lo cierto es que se ha venido trabajando metódicamente para que la biodiversidad colombiana, desbordando los linderos de lo puramente ambiental, se clave en la entraña nacional como un elemento inherente a nuestra identidad y para que su aprovechamiento sostenible se proyecte como una de las claves de futuro para los colombianos con la vocación de generar felicidad, riqueza, empleo y beneficios colectivos.

Lo que viene sucediendo, aunque apenas incipiente frente a nuestro potencial, es alentador. Los empresarios colombianos, en forma creciente, entienden que la nueva cara de la responsabilidad social empresarial es la responsabilidad ambiental, que el buen desempeño ambiental es factor necesario para la sostenibilidad de los negocios, que la producción más limpia demanda inversiones pero retribuye en beneficios económicos y en satisfacciones humanas y espirituales. Han entendido, en fin, que invertir en medio ambiente es rentable para el alma y para la empresa.

Con esa inspiración se mantiene un trabajo constante con la
Cámara Ambiental de la Andi para incorporar progresivamente sus sectores industriales a los procesos de producción más limpia.

La clave reside en encontrar, como se ha hecho, la forma de maximizar los beneficios tributarios y los estímulos a la inversión disponibles, de tal suerte que la elevación sectorial de los estándares ambientales se refleje elocuentemente en los estados financieros de las empresas.

Por eso, además del valor agregado en los precios finales de los bienes y servicios que incorporan diferenciales ambientales, los resultados integrales de las empresas habrán de reflejar mayores retornos a la inversión.

Me asiste, por otra parte, la convicción de que no serán jurídica ni socialmente sostenibles las empresas que afecten los recursos naturales, que impacten negativamente el medio ambiente o que dejen sin prevenir, mitigar ni compensar los daños ambientales.

Colombia, lo sabemos todos, no es causante, sino víctima, del calentamiento global generado esencialmente por los modelos de producción, uso de energía y utilización de los combustibles fósiles, en los países más desarrollados del planeta. Ello ha exigido de nuestra parte, montar una compleja pero exitosa estrategia nacional para reducir nuestra propia generación de gases efecto invernadero, para mitigar, compensar y restaurar las áreas afectadas por el cambio climático y para levantar con severidad nuestra voz en los escenarios internacionales de negociación como lo hicimos ante las cumbres de Bali y Bonn para generar flujos compensatorios de recursos frescos hacia nuestro país.

En este contexto aparece, para Colombia, la inmensa oportunidad de desarrollar proyectos generadores de empleo que además puedan derivar en cuantiosos certificados en dólares a la luz del mecanismo de desarrollo limpio, derivado del protocolo de Kioto.

Para ese efecto, hemos constituido en el ministerio el punto focal nacional que ya registra cerca de un centenar de proyectos promisorios y concretos en áreas tan diversas como la reforestación, la generación de energía eólica, el montaje de plantas hidroeléctricas de diferente escala, el aprovechamiento de metano en rellenos sanitarios o la optimización de sistemas de transporte público masivo como los TransMilenios, entre otros.

Por ahí es la cosa. Ese es el itinerario esperanzador que podemos recorrer en un país que brinda seguridad democrática y confianza al inversionista que decida apostar por la producción verde, por la producción limpia, por la producción sostenible en el país más biodiverso del mundo por kilómetro cuadrado.

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