Sin seriedad, no hay desarrollo

Sin seriedad, no hay desarrollo

12 de septiembre 2008 , 12:00 a. m.

Un requisito indispensable para que un país como Colombia entre por la senda del desarrollo sostenido es la seriedad de sus dirigentes, tanto públicos como privados. Y, como se ha repetido tantas veces, que todos ellos trabajen apuntándole al mismo Norte, otorgando prioridad al bienestar de la sociedad en su conjunto y no a engordar el bolsillo de cada cual.

El jueves de la semana anterior tuvimos en la Universidad de los Andes una muy interesante discusión académica sobre el tema de la competitividad, término que se utiliza ahora para denominar la estrategia que debería ejecutar una sociedad para avanzar a mayores niveles de desarrollo económico y bienestar social. En ese debate participaron quienes han estado cerca en los últimos tres años -en el Gobierno, el sector privado y la academia- de la construcción de una política de competitividad y de las instituciones encargadas de llevarla a la práctica. Estuvo presente, también, un experto irlandés conocedor de la situación colombiana.

En poco tiempo se ha logrado bastante. Sin embargo, se echa de menos el consenso a nivel de la sociedad sobre la importancia y la urgencia de adoptar unas acciones -conocidas y recomendadas por expertos y estudiosos de los diferentes temas- como los cambios tributarios y en la regulación de los negocios, la reducción de los costos de transporte y logística, la mejora en la calidad de la educación, la modificación de los incentivos para hacer menos atractiva la informalidad, la atención a la primera infancia para incrementar la productividad futura de los trabajadores. En fin, de que las medidas de corto plazo y las políticas en los diferentes campos se diseñen con un sentido de largo plazo, con una visión compartida del país en 10 y 20 años y, sobre todo, con el deseo de transformar ese sueño en la realidad.

Otros países lo han hecho. Por eso, no convence la respuesta común de las gentes en Colombia de que aquí, por razones "políticas", no se puede. Irlanda lo hizo y multiplicó por cinco su ingreso per cápita entre 1988 y el 2007. Una gran crisis convenció a los dirigentes de que tenían que ponerse de acuerdo y forjaron una alianza, The National Partnership Agreement, que enfocó los esfuerzos de los diferentes grupos sociales en una sola dirección.
Esto implicó, naturalmente, sacrificios a corto plazo para algunos grupos, los trabajadores, por ejemplo, quienes sin embargo se beneficiaron de la disminución de los impuestos. El Gobierno, por su parte, se vio forzado a actuar con seriedad en el manejo de sus finanzas. Y el sector privado tuvo que innovar y competir en un ambiente de apertura y libre mercado.

En Colombia no hemos comprado la apuesta del largo plazo y la competitividad. El Gobierno insiste en incentivos tributarios que favorecen a unos pocos -los más grandes, generalmente- sin ser sostenibles en el tiempo, lo que perpetúa el actual estado de cosas. Y genera un pésimo comportamiento de los empresarios privados, quienes simplemente piden y piden más y más beneficios específicos hasta que el tratamiento gubernamental se convierte en una colcha de retazos y se destruya el futuro.
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Nada más frustrante que comprobar, al día siguiente de esta discusión, por qué estamos como estamos. ¡Qué tal el presidente de la Junta Directiva del gremio exportador solicitando que se limite la inversión extranjera en Colombia y se adopten controles a las importaciones, cuando la primera es esencial para aumentar exportaciones y los segundos impiden exportar! ('Exportadores piden restringir inversión foránea', La República, viernes 5 de septiembre del 2008). Todo por paliar una coyuntura, olvidándose del resto de los colombianos.

Conocedores de estos asuntos comentan, además, que el Gobierno cocina un regreso al proteccionismo del pasado. Esto sería una enorme irresponsabilidad con el país. De ahí mi convicción de que "sin seriedad, no hay desarrollo".

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