Postre de notas/ Para comerte mejor

Postre de notas/ Para comerte mejor

04 de septiembre 2008 , 12:00 a. m.

Por Daniel Samper Pizano

cambalache@mail.ddnet.es

El primer chef falsario que conocí fue Santiago Pardo Umaña, delicioso columnista, hombre culto, solterón e inteligentísimo (y no pido perdón por la redundancia). Hace 30 años no se denominaba así al prestidigitador de fogones, al hombre capaz de imitar con tres enlatados un plato de complicada elaboración o de simular una refinada receta con un menjurje de rápida factura. Lo llamábamos cocinero chimbo, simplemente, porque falsificaba con éxito y viveza a los cocineros de pasión y talento.

El plato único de Santiago eran los fríjoles al vino. Cuando sus amigos pedíamos que nos atendiera con uno de sus contundentes almuerzos, Santiago exigía al menos cinco días de aviso anticipado. Afirmaba que era preciso buscar con cuidado los fríjoles; madurarlos un par de noches en una preparación de agua con especias: torear el vino -así decía- con una salsa secreta a base de grasas de aves silvestres y someter el material a una cocción de varias horas, pues de lo contrario el plato no salía.

Cuando nos invitaba a una frijolada sabatina, Pardito se encerraba en casa desde el jueves y, llegadas la fecha y la hora, lo veíamos sudar, entrar y salir de la cocina con un delantal a cuadros, servir trago y picadas y, finalmente, aparecer glorioso con la olla, mientras semejaba a Santa Teresa en éxtasis santo y se ponía a tiro de elevarse al cielo en cuerpo, alma y fríjoles.

"La mesa está servida, damas y caballeros", decía con fórmula ritual, y sus invitados nos acercábamos al hirviente fruto de tantas horas, como quien observa de cerca un milagro.

Lo único que exigía Santiago durante el dispendioso proceso es que lo dejaran solo. Estaba prohibida la entrada a la cocina, porque, aducía, la presencia de extraños conspiraba contra la creación, como ya lo habían expresado Da Vinci, Rubens y otros artistas.

Perdí lo que me quedaba de inocencia el día en que una antigua novia de Santiago, despechada, me reveló que no había enjundia en la olla ni en quien la rebullía, pues todo se reducía a unas cuantas latas de fríjoles adquiribles en cualquier supermercado y una botella de vino peleón Gato Negro. El sábado siguiente, hurgando de traidora manera infame en la basura de Santiago, comprobé que era verdad lo que decía la malquerida y que Pardo nos había mentido opíparamente durante años.

Ahora, con el auge de los cocineros engañabobos, surge una réplica adorable, que son los imitadores de Santiago Pardo, aquellos que fingen grandes artes de cocina y se limitan a ensamblar platos baratísimos, sabrositos y de estupenda apariencia a partir de enlatados.

Mi ídolo en esta materia firma sus recetas como Falsarius Chef y vengará a quienes Natura nos negó todo talento para la cocción. Detrás de tal seudónimo se esconde un ingenio que inventa platos económicos y de facilísima elaboración. Esa es la primera parte del truco. La segunda consiste en dotarlos de apetitoso aspecto, hasta el punto de que cualquier comensal apostaría a que en esa sopa, esa carne o ese postre hay sumergidas varias horas de meticulosa consagración.

El malévolo genio del engaño en manteles es autor de un libro de recetas titulado "Cocina para impostores" y de una columna de divulgación en internet donde revela sus maravillosas fechorías. "Para comer bien -dice en su declaración de principios- no hace falta mucho tiempo, ni productos caros, ni saber cocinar... Engañar, eso es lo que aquí pretendemos. Engañar la vista, el olfato, el gusto y hasta el bolsillo. Pura farsa, aunque esta vez por la noble causa de la gastronomía".

Falsarius, además, desmitifica con humor la cocina. Y lo hace justo a tiempo, cuando la culinaria está a punto de adquirir estatus de religión. Su "solomillo apócrifo", por ejemplo, embauca a cualquier gourmet, aunque sus ingredientes no son más que una lata de carne de cerdo, un poco de queso y otras pendejadas de menor cuantía. Sus "berberechos Sarkozy" clonan al presidente francés: son poquita cosa, pero con un par de trampas se convierten en algo trascendental. Y su "lasaña de langosta fantasma" sorprendería a Roberto Posada y a otros atildados gastrónomos.

No digo más. Las recetas de Falsarius aparecen en http://cocinaparaimpostores.blogspot.com/

Espero que muy pronto aparezcan allí los fríjoles al vino a la manera de Santiago Pardo, añorado precursor de impostores culinarios. 

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