"No te me puedes ir"

"No te me puedes ir"

Donde estaba Fanny Mickey estaba ella. Ana Martha de Pizarro era la mejor amiga de la dama del teatro colombiano. Ana Martha traza una semblanza de la mujer con la que trabajó durante quince años:

03 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.

 "Nos conocimos en el 90, cuando yo dirigía el Teatro Jorge Eliécer Gaitán, pero sólo en el 93 me llamó para que trabajáramos juntas. Mi función era hacer todo lo que Fanny me pidiera y funcionar como una pared: solucionar los problemas antes de que llegaran a ella. Desde el comienzo nos hicimos las mejores amigas.
Fanny era capaz de trabajar todo el día, asistir a reuniones, desayunar, almorzar y comer con patrocinadores, para después irse de rumba toda la noche. Y si al otro día había algo a las siete de la mañana, allá estaba. Tenía una sensibilidad y una alegría de vivir impresionantes, pero ante ciertas cosas era muy 'plancheta': siempre comía lo mismo y no le gustaba comprar ropa, así que cuando viajábamos, yo aprovechaba y le hacía comprar todo lo que hubiera por ahí. Vivía despistada. En los almacenes y en los aeropuertos siempre se perdía y muchas veces en su vida metió la llave en la puerta de un apartamento distinto al suyo.
Ella siempre decía que cuando se montaba en un avión se convertía en otra persona; se relajaba mucho más y comentaba: 'Estoy tan tranquila que hace tres días no llamo a preguntar cómo están las taquillas'. Es que se comunicaba todos los días con los tres teatros y preguntaba cuántas boletas se habían vendido, a qué horas empezaba la función, cómo estaban los actores... Vivía pendiente de todo. 
Sólo le interesaba el teatro; no le gustaba hablar de ningún otro tema. Vivía por él y por eso fue capaz de lograr lo que logró. Recuerdo que decía que le gustaría que hubieran dos Fannys: una que viajara por todos los países presentándole a las mujeres del mundo su amada obra 'Yo amo a Shirley' y otra que se quedara en Bogotá trabajando en el Teatro Nacional y en el Festival Iberoamericano.
La primera imagen que se me viene a la mente al pronunciar la palabra 'Fanny' es la de mi amiga riéndose. Riéndose y empujándome: '¿Ya hiciste esto?, ¿ya hiciste lo otro?'. Era explosiva. Cuando yo me ponía brava después de alguno de sus regaños, ella me decía: '¿No has podido entender que ése es mi tono actoral?'. ¿Qué se puede responder ante eso? Peleábamos porque ella siempre decía que yo quería ser la abogada de los pobres; que a veces ella regañaba a alguien y a mí me parecía injusto y terminaba metiéndome. Así que a veces me decía: 'Voy a regañar a tal persona; te pido el favor de que no te metas'. Y al mismo tiempo también podía ser tierna, tanto que para mis hijos fue algo así como la abuela loca.
Lo único que no aguantaba eran la mentira y la mediocridad. Siempre decía: 'Nunca te acerques a amargados y mezquinos, porque algo se te pega'. Para mí fue una gran maestra de la vida y del trabajo. Fue una mujer hábil para crear proyectos inmensos que uno pensaba que no se iban a poder realizar; pero inmediatamente hablaba irradiaba una seguridad que hacía creer que todo era posible. Yo le decía que era bruja, porque tenía una habilidad increíble para preguntarte exactamente por lo que no habías hecho, por lo que se te había olvidado; también era buenísima para los números: con sólo mirar un presupuesto por encima, era capaz de decir: 'Aquí hay un error', y lo había.
Nuestra rumba siempre fue la misma; nunca fuimos a discotecas elegantes y snobs: siempre giró en torno a la salsa y a la conversación. Andábamos siempre juntas; tanto que nos decían 'El gordo y el flaco', y ella, haciéndose la brava, preguntaba: '¿Y de las dos quién será el gordo?'. Nuestras vacaciones siempre eran con su hijo y su nieto, y con mi esposo y mis hijos. Pasábamos el Año Nuevo en su casa de las islas del Rosario, y si con mi familia nos íbamos para otra parte, nos la llevábamos.
No le gustaba que la gente supiera que estaba enferma; era una pelotera llevarla a las clínicas. Siempre hacíamos una fiesta de despedida en su apartamento más o menos el 18 de diciembre para celebrar el fin de año y su cumpleaños que es el 26 del mismo mes. Pues bien, alguna vez se enfermó el 12 o el 14 de diciembre y tuvimos que hospitalizarla (con un nombre distinto, como siempre); entonces yo decidí cancelar la fiesta de ese año. Y, para que no se supiera que estaba enferma, llamé a todo el mundo y les dije que Fanny estaba en Caracas, que tenía una cita muy importante con un ministro y que no alcanzaba a llegar al país; que por lo tanto no iba a haber fiesta. Y es que si decía que estaba enferma, me mataba. Pues resulta que el 17, alguien le contó. Recuerdo que, bravísima, me dijo: 'Tú mandas mucho, mandas en todas partes, y está bien. Pero en mi casa mando yo... Ay de que mañana falte gente a la fiesta, porque yo voy a salir hoy de este hospital. Además tú no has entendido que yo me muero con las botas puestas; a mí no me van a dejar encerrada cuando tengo que estar en una fiesta'. Esa tarde tuve que sentarme con la gente del teatro a llamar a todas las personas para inventarles que Fanny llegaba esa noche de Caracas y que sí había fiesta. Y esa noche, tal como me lo advirtió, ahí estuvo Fanny -recién salida de la clínica- rumbeando hasta tarde.
Cuando la dejé en Cali, se estaba recuperando. Me vine para Bogotá a organizar el lanzamiento de la obra de teatro Closer. La última vez que hablamos fue el miércoles 13; ella quería saber cómo habían salido las cosas con el lanzamiento: le conté chismes, le dije quiénes habían ido, qué me había puesto, pero su tono no era el de siempre. Esa noche, Daniel, su hijo, me llamó y me dijo que la habían llevado de nuevo a cuidados intensivos; les avisé a sus hermanas en Argentina y me fui para Cali. Ya no había nada para hacer.
Al cadáver le puse un vestido escotado, un body (para que no se le vieran los gordos) y medias de malla y tacones altos; le puse pestañas postizas y le pinté los labios... Todo lo que era Fanny. Y en el ataúd le metimos una estampita de María Auxiliadora, dos de sus muñecas de trapo (que llevaba a todas partes), un rosario (por su fe a la Virgen) y un tzitzit (por su condición de judía).
Y le cumplí: después de que una amiga nuestra había sido enterrada con una misa solemne, Fanny me había pedido que cuando muriera no la fueran a despedir de esa forma; que la llevaran al teatro y la despidieran con una fiesta. Eso hicimos sus amigos.
Ahora me siento incompleta. Con resequedad en la boca y un hueco en el estómago, como si tuviera una gran tusa. Ay, si hubiera podido despedirme de ella, le habría dicho: 'No te me puedes ir, Fanny. No te me puedes ir'". 

 

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