Historias en medio de un bombazo que despertó a Cali

Historias en medio de un bombazo que despertó a Cali

Cuando las sirenas de ambulancia dan paso a las evaluaciones técnicas y el sol muestra la capacidad de la barbarie, salen de los escombros las historias de personas que lo pedieron todo.

01 de septiembre 2008 , 12:00 a. m.

La onda explosiva que despertó anoche a Cali, aun suena en los oídos de los propietarios, empleados y residentes de la zona del centro de Cali.

El eco de destrucción, que dejo el atentado, pudo verse inmediatamente después que una incontrolable nube de humo y polvo reveló los vidrios rotos que comenzaron a caer del cielo como una lluvia incontrolada de cuchillos transparentes.

Los habitantes del sector cuentan que salieron corriendo de sus casas, el temor se apoderó de ellos y lo único que buscaban era que su vida no corriera peligro, especialmente la de los niños. Y en medio de este barullo e incertidumbre, cientos de locales comerciales se destruyeron, se vinieron al suelo las paredes y las ilusiones de gente trabajadora, que cada mañana se alista para abrir las puertas de comercios que dan para sostener familias enteras: el estudio, la comida, la salud, la recreación.

"¿Qué va a pasar con los empleados de los negocios destruidos? Dígame, necesito saber qué pasará". Esta es la pregunta que se hacía esta mañana Jairo Andrés Páez, cuando a veinte metros de distancia veía su negocio de muebles llamado "Mi casa del mueble", absolutamente destruido. Dos años llevaba en este local de la calle 10, justo al frente donde explotó el carro bomba. Muebles al estilo Luis XV podían verse, rotos y destruidos, a la distancia. Él y su esposa, Amparo López, dijeron que no sabían qué iba a pasar con su negocio, pues quedó completamente destruido y "se dijo que hubo saqueos y yo aún no sé nada pues la policía no me ha dejado pasar por mi seguridad. Pero lo que puedo ver es que mi local fue el más afectado, mírelo, mírelo, mírelo", decía señalando con su brazo, cansado de tanto llevárselo a la cabeza, asombrado por lo que una explosión le había dejado: nada.

Al lado de Jairo estaba Gloria Chicangana. No paraba de hablar por su teléfono celular. Los clientes llamaban y llamaban. "No puedo, salí afectada por la bomba, creo que no puedo cumplir con el pedido, pero déme hasta el medio día y sabré cuántas flores sobrevivieron al atentado". Era la respuesta que Gloria tenía para que la gente comprendiera por qué, ella que siempre ha sido tan responsable, esta vez no había respondido a sus pedidos. Quince años lleva vendiendo flores para toda ocasión y esta ha sido la primera vez que les queda mal a sus clientes. "¿Sabe qué es lo peor? Que tres familias, incluida la mía, porque soy madre cabeza de hogar, viven de mi floristería y no sé qué pasará pues lo he perdido todo", dijo Gloria, con tristeza y un poco de rabia, mientras entregaba tarjetas de su negocio. "Nadie me dejará en la calle, como sea levanto mis flores y revivo mi plante, no hay bomba que me haga desfallecer".

El aroma y la sensación que aún se respira es el de indignación. La típica frase: 'esto se veía venir', se escuchaba por encima del ruido de las máquinas que recogían los escombros y las barredoras de Emsirva que limpiaban las calles llenas de vidrios, rocas pequeñas y polvo. Los propietarios, habitantes, transeúntes y trabajadores del centro cuentan que el Palacio de Justicia es tan vulnerable que a pleno medio día cualquier persona podía orinarse en él, y nadie decía nada, nadie hacía nada. Entonces, colocar una bomba, en ese mismo lugar, un domingo a media noche, era tan fácil como cambiar un bombillo fundido, por un insignificante bajón de energía.

5 mil pesos menos

Freddy Mario Chacón caminaba 'echandole' un ojo a los locales, que cada noche cuida en el sector del Palacio de Justicia. Cuando menos pensó estaba corriendo, huyendo de algo que no sabía qué era. "Hermano cuando caí en cuenta mis oídos estaban que explotaban, era como mil chicharras gritando a la vez. El humo me encegueció y el grito de la gente y los niños me dejó sin aliento". Estas son las palabras de este tolimense, de 34 años, que aún no comprende por qué suceden estas cosas.  Freddy regresó y en el camino pudo ver cómo su compañero de trabajo, Gildardo Marín, gritaba por el dolor que le causaban las heridas en su cuerpo. A su lado algunos heridos levantaban los brazos pidiendo ayuda, quejándose. Freddy seguía aturdido por el bombazo, aunque desconocía la causa de esta tragedia, "no sabía qué hacer, alcance a ver como 10 heridos y solo pude llorar". Freddy caminó y comenzó a gritar, llamando a la policía, médicos o alguien que pudiera darle una mano a tanta gente tirada en el suelo. "Vi cuando la ambulancia se llevaba a mi compañero y parece que estará interno varios días en el hospital. Lo mejor es que no murió".

Aunque Freddy no sabe cómo sobrevivió a este ataque, ahora lo que más le preocupa es su trabajo. "Por lo visto me tocará seguir derecho hasta mañana, no he dormido nada. Los comerciantes están preocupados por sus negocios y yo no sé qué pasará con mi trabajo, pues dependo de ellos, que estén bien. Lo único bueno de todo esto es que hoy me ahorre los 5 mil pesos que pago, diariamente, por una pieza donde dormir".

'Monic', patas arriba

"Eran las dos de la mañana cuando me llamó mi socia a decirme que habían puesto una bomba y que nuestro negocio podía estar afectado", contó Paula Ventura, damnificada de la explosión. Pero lo que no se imaginaban Paula y su socia, Carlina, era que su 'Restaurante Monic', especializado en desayunos y almuerzos, iba a quedar con el techo en el suelo, el letrero colgando de un lado, volteado "patas arriba y tirado como si hubiese pasado un huracán, así fue como lo encontramos".

El recuento de los daños, entre las tejas que se recogen con la ayuda de los empleados y amigos, es de más de 30 millones de pesos, representados en enfriadores, tejas, alimentos, loza y todo lo que se guardaba en la bodega que quedo destrozada, "porque si uno no se ayuda entonces no se gana un peso, por eso en el restaurante se vendía de todo, hasta fotocopias de cedula de ciudadanía".

Pero ahora eso será complicado pues las dos maquinas fotocopiadoras quedaron dañadas por la explosión, el negocio está a la intemperie y solo esperan que el clima no se ensañe contra ellas o de lo contrario la perdida sería total. "Esta mañana el Alcalde dijo que nos iba ayudar. Esperamos que eso suceda, pero que suceda pronto, pero de aquí no me muevo hasta que no este seguro mi negocio", dijo Paula, todavía con una sonrisa en su rostro.

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