Confesiones: Alejandra Borrero cuenta cómo vivió la rumba dura

Confesiones: Alejandra Borrero cuenta cómo vivió la rumba dura

Su formación comenzó en la Cali de los 80, época de desenfreno y salsa dura. Hoy, su adicción es actuar y sus pasiones más íntimas son el amor profundo que siente por sus cercanos.

05 de agosto 2008 , 12:00 a.m.

Confesiones de humo, salsa y adicción

 Lela Borrero -como la llaman sus amigos- abre los ojos, grita, se agarra la cabeza y salta como si estuviera en escena. Esa es la verdadera personalidad alebrestada de la actriz que interpreta a la pausada Antonia, la que noche a noche nos hace padecer con su drama de cáncer, con el profundo amor que siente por 'Pato' (encarnado por Ricardo Vélez) y el pánico que una desbordada situación de angustia le produce en El último matrimonio feliz.

¿De Popayán o de Cali?
De Popayán y de Cali. Nací en Popayán y soy de allá por la tradición, la familia, los ancestros. Tengo una señora popayaneja dentro, una señora muy conservadora; aunque no parezca. De Cali, soy de crianza, de sol, de atardeceres deliciosos, de agua, de mucha piscina, mucha finca, mucha bicicleta, mucha vida de barrio y de salsa. Gracias a Dios tuve un poco de las dos, pero creo que me quedé más con la caleña. De pronto debería ser un poco más hermética, pero soy así, como el viento, voy diciendo las cosas sin miedo.

¿Cuál es el momento actual de Alejandra?
Uno siempre quiere ser otra persona en la vida, pero en este momento no quiero ser más que yo. Es el momento de la realización de los sueños, y es tan concreto como Casa Ensamble. Lo que me tiene muy impresionada y al mismo tiempo en medio del pánico.

¿Qué cambiaría?
Nada, no importan los errores que se hayan cometido en el camino, el camino siempre es el camino, no es el final. Por eso estoy tan emocionada, llevo muchos años con este sueño en la cabeza, más de diez.

¿Cuáles errores?
Hablar de más, a pesar de que eso tiene un encanto; como que uno tiene su verdad por delante y nadie la puede pisotear. Hay cosas que sin duda hubiera preferido no haber hecho, pero incluso todo eso me ha llevado a ser la mujer que soy, y a apreciar lo importante.

¿Hoy le importa más o menos lo que piensen de usted?
Podría dar la respuesta sencilla y decir que no, pero eso es falso. Sí me duele cuando la gente no aprecia o no entiende mi sinceridad.

Está en una obra sobre los últimos días de Carlos Mayolo, ¿qué ha aprendido?
Ha sido un viaje maravilloso por su vida, por lo que fue. La obra condensa su genialidad.

¿Y la tragedia de Mayolo?
Está en las drogas, en el delírium trémens, en no poder respirar, no poderse mover, en cómo su cuerpo se deterioraba. Mayolo vivió en el delirio que quiso y tuvo desde chiquito, como cuando dice: "Toda esa infancia la viví como trabado, casi en el cielo". Menciona la codeína que le daban pues vivía con fiebre y con gripa, ese remedio produce una sensación que es como la traba.

¿Cómo fue el primer encuentro?
Yo venía de Estados Unidos, quería estudiar actuación en Pennsylvania y no pude pues no tenía el dinero necesario (tenía 19 años). Estuve un año aprendiendo inglés y me devolví muy triste; me metí a la Universidad del Valle. Me encontré con que mi novio de entonces, Hernando Tejada, estaba haciendo el sonido de una película de Mayolo (Carne de tu carne, 1983). Lo conocí trabajando y fui su amiga para siempre. En Mamá, qué hago (el libro de Mayolo) cuenta que no teníamos plata y cambió el bombillo de la nevera por uno rojo para que la lechuga pareciera carne... así vivíamos, del aire, de la fantasía.

¿Cómo vivió en 'Carne de tu carne' el contacto con las drogas?
En los 80, no sabíamos cuán peligrosas podían ser las drogas. La mía fue una generación que vivió y pasó por eso, todo era barato y asequible. Ahora veo el narcotráfico y sus consecuencias y siento una gran tristeza por haber comprado alguna vez. 

¿Por qué llegó a ellas?
Las conocí en Carne de tu carne, porque todo el mundo 'metía un pase' para poder trabajar sin parar. Mucha gente las usa para pensar, para crear, para filosofar... Y cuando va a ver, se le han convertido en un hábito.

¿Recuerda alguna sensación rica en medio de un 'pase'?
Ninguna... Tengo en la piel los horribles recuerdos de lo que son las drogas. Puedo decir que tengo una personalidad adictiva y no las puedo volver a tocar.

¿Qué es lo horrible?
Es justamente esa sensación de que se es dueño del mundo, de que uno es tan inteligente. Mayolo lo describe perfectamente en Pharmacon, habla de que convierte la vida en la sensación de estar recién bañado, como si uno hubiera salido de un comercial de detergente. Es supuestamente una droga (cocaína) para socializar, pero que poco a poco se va convirtiendo en lo contrario y acaba con las sensaciones reales. Por eso, es la droga del demonio.

¿Tiene algún recuerdo de alguna actuación o un texto brillante durante esos estados?
Toda la vida de Caliwood y lo que vivimos fue en medio de tantas drogas. Nunca usé drogas para trabajar porque no puedo construir personajes en un estado alterado de conciencia.

¿Hasta dónde llegó?
Hasta mi límite. A algunos les puede llegar con la muerte y a otros antes. Lo mío fue un despertar. La rumba, la fiesta y las drogas tienen unas lecciones claras, ya sea para morirse o para sobrevivir y ser otro.

¿Cuánto tiempo duró el proceso?
En ese momento sentíamos que estábamos sacrificando nuestra salud para ser genios en lo que hacíamos. Las drogas tienen eso: te producen una percepción distinta del mundo. Hoy sé que a eso se puede llegar de muchas otras maneras y sin necesidad de drogas. Dejé de 'meter' cuando me enamoré.

¿Fue curiosidad, fue por impresionar...?
Desde niña quise experimentarlo todo, y eso es una locura pues no podemos experimentarlo todo. De alguna manera, esta señora popayaneja que tengo dentro me obligó a parar.

¿Cómo paró?
Fueron dos años tratando y sintiendo que estaba cogida por la fiesta. Hasta que dije: 'paro o me muero'. Necesitaba mi alma para ser una buena actriz.
 

¿Era un hábito?
No era de todos los días, sino de la rumba, que me llevaba a fumar, a tomar, a 'meter'. A esa edad uno se siente grandísimo fumando y tomando.

¿Hace cuánto lo dejó?
Muchos años... unos 18...

¿Fue tan sencillo?
Sí, fue parar... seis meses antes de terminar Azúcar (1989) no volví a las fiestas, me quedaba en mi cuarto y me dio de todo, como cuando alguien fuma: me enfermé, me dio cansancio y tos... Todo lo que produce una desintoxicación. Hasta que me sentí del otro lado, y ¡nunca más!

¿Qué pueden hacer los papás, los novios, el amigo...?
Entender que no es algo para avergonzarse, que es una enfermedad, que es algo para dialogar, que hay que saber que eso pasa en todas las familias y más en nuestro país, donde las drogas están a la vuelta de la esquina.


A un alcohólico se le recomienda estar lejos de la rumba...
A mí no me produce nada, ya no me gusta ir de rumba, bailo de vez en cuando, pero el humo, la gente y el ruido me desesperan. Ha sido un proceso natural, no porque me lo hayan impuesto.

¿Se volvió viejita?
Ja, ja, ja... ¡Pedazo de mugroso!!! No me siento viejita sino madura.

¿Qué le va a decir a Mayolo cada noche cuando lo vea en escena?
(Alejandra baja la cabeza, salen unas lágrimas y guarda silencio)... Eso me hace llorar... Ricardo Duque, que es el director de arte, me trajo los zapatos de Mayolo, porque se los regaló Beatriz (Caballero, la compañera del director fallecido). Él se ponía sus zapatos blancos y se sentía el hombre más divino del mundo. El día que me puse los zapatos de Mayolo... (silencio).

¿Cómo hará para que le queden buenos sus zapatos?
No me digas eso, porque no lo he asumido así. Solo sé que él estaría muerto de la risa, me miraría y diría: '¡Ejo es fajilíjimo!, ¿oís?'.

¿Cuál es su mejor 'pase' hoy?
Venir a ensayar, y ensayar con amigos. Volver a trabajar con el primer director que tuve. Sandro Romero fue mi director en el colegio (Sagrado Corazón, en décimo grado). Montamos Sganarelle o el cornudo imaginario (de Moliere). Me dio el papel principal, no porque fuera la mejor sino porque era la más juiciosa, y gané el premio de mejor actriz.

¿Cuál es la mejor sensación hoy?
Lo más maravilloso de todo es la paz, la paz en el alma y la tranquilidad. No importa qué pase ni dónde estoy, mi alma está en paz. No tengo angustia ni paranoia, no tengo miedos, que es todo lo que genera la droga.

Los últimos días de Mayolo
Alejandra está eufórica y brinca por toda la casa de más de 1.600 cuadrados que tiene en el barrio La Soledad, de Bogotá, una joya arquitectónica de 1958 donde abrirá academia de actuación, salón de música y hasta salita de teatro para 70 espectadores. Dirigida por Sandro Romero (en la foto), con Pharmacon se estrenará el 14 de agosto Casa Ensamble (Cra. 24 # 41-69, Bogotá), e irá de miércoles a sábados, a las 8 p.m.: "No es una apología de las drogas sino el delirio de un hombre genial, inteligente y amoroso que no paró".

Por Diego León Giraldo S. / Fotografía: Andrés Reina / Producción: Chiqui Luna Morera / Maquillaje: Juan Carlos Trujillo, de Yanbal

Ya leíste los 800 artículos disponibles de este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido digital
de forma ilimitada obteniendo el

70% de descuento.

¿Ya tienes una suscripción al impreso?

actívala

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.