Juancho Polo, casi olvidado a 30 años de su muerte

Juancho Polo, casi olvidado a 30 años de su muerte

El compositor Hernán Urbina Joiro dijo una frase que quizás sea la más contundente hoy a propósito de Juancho Polo Valencia: poco a poco la gente se ha ido olvidando de él.

21 de julio 2008 , 12:00 a.m.

Temas como Lucero espiritual y Marleny, se escuchan como si fueran nuevos, pero en la voz de Diomedes Díaz, y muy pocos, sin embargo, los relacionan con ese  hombrecito flaco, de sombrero vueltiao, camisas de colorines y pantalones de terlenka que tocaba por los pueblos de la Costa, muchas veces tan solo a cambio de licor.

Su muerte fue casi imperceptible. Uno de sus nietos fue a llevarle el café tinto mañanero, y Juancho Polo Valencia no respondió al llamado. Estaba profundamente quieto en la hamaca donde se había echado a dormir luego de tocar, la noche anterior, en las fiestas patronales del vecino municipio de Aracataca.

Era la mañana del 22 de julio de 1978. Fundación, considerado uno de los pueblos más calientes del departamento del Magdalena, se quedó frío: Juancho Polo Valencia, había muerto. Le faltaban dos meses para cumplir 60 años de edad.

Pero nació la leyenda. Su cara arrugada y pálida, el sombrero echado hacia la derecha para ocultar la oreja incompleta, y el acordeón colgado al hombro, se convirtieron en un ícono de la expresión pura del vallenato.

Su nombre real  era Juan Manuel Polo Cervantes. Nació el 18 de septiembre de 1918 en Concordia, corregimiento del Cerro de San Antonio (Magdalena). Sin embargo, por una costumbre entre amigos de la época, fue apodado 'Valencia' por ser el apellido de un poeta nacional y en vinculación con las virtudes del joven Juan para declamar poesía.

De manera que adoptó el "Valencia" como segundo apellido en su nombre artístico, y así se le recuerda. "Juancho Polo Valencia, no tiene dientes ni tiene muelas, no tuvo grado de escuela pero al cantar es la ciencia", decía Pastor López en los 70. Y esa era la imagen que se tenía de este juglar, a lo que se sumaron el desorden, las parrandas eternas y las amanecidas en los sardineles, donde era frecuente encontrarlo sucio y borracho.

La más famosa canción suya es, sin discusión alguna, Alicia Adorada, un lamento de reclamo a Dios por la muerte de su primera esposa, Alicia Cantillo, muerta de parto en el corregimiento de Flores de María, donde se había establecido con ella.

Compuso la canción sobre la tumba de la mujer, y aunque muy poco la cantaba en parrandas porque se iba en llanto, alcanzó a llegar a oídos de Alejandro Durán, quien la interpretó en 1968 cuando se coronó Rey Vallenato en Valledupar.

En la producción de Juancho Polo Valencia se destacan Sí, sí, sí; El Paseo de Concordia, Lucero espiritual (para muchos, la más filosófica de todas), La muerte de Alfredo Gutiérrez, Niña Mane, El pájaro carpintero, el provincianito, La muerte es la que puede,  y varias otras grabadas no sólo con su propia voz, sino por los artistas más destacados de la música vallenata.

Las canciones originales que se conservan con su voz existen menos por su iniciativa y más por insistencia de sus propios amigos, como el promotor Isaac Villanueva (quien prácticamente lo llevaba a la fuerza a los estudios de Discos Tropical en Barranquilla), y su compadre Víctor Moreno.

El primero es autor de varios de los temas que aún se escuchan en voz de Juancho Polo como La Prima, Vení, vení, y El sombrerito. Moreno compuso Angélica María y l Shió, shió, entre otras. Esta última es otra de las que grabó Diomedes Díaz en 1992.

Por testimonios de sus familiares más cercanos, se sabe que la canción Jesucristo con San Juan es una interpretación muy suya del pasaje del bautizo divino. Incluso, alguna vez se le escuchó decir que Lucero espiritual era el Dios que él entendía en la Biblia.

Su hijo Sebastián dirige un conjunto que se llama 'Los herederos de Juancho Polo',  con el que toca por pueblos y en fiestas familiares. Su voz es idéntica a la del juglar y es quien se ha preocupado porque la música de su padre siga viva, pero sus intenciones de grabar no han pasado de allí por diversas razones.

En Fundación Magdalena, donde Juancho Polo fue sepultado dos días después de su deceso, no se recuerda un cortejo fúnebre más multitudinario. Sus restos fueron trasladados, varios años después, a Santa Rosa de Lima, corregimiento a pocos minutos de allí, y donde Juancho Polo pasó parte de su juventud con su hermana María.

Pero han pasado 30 años de aquella muerte, son otros tiermpos y nadie parece recordar al juglar. La organización del Festival Vallenato, cuya historia está muy vinculada con Valencia así éste nunca lo haya ganado, no tiene previsto ningún evento especial. En las emisoras especializadas en la música del Cesar tampoco se tenía nada programado hasta ayer.

Agustín Bustamante, quien realizó en los 90 una investigación minuciosa sobre la vida de Juancho Polo Valencia dice hoy, con algo de tristeza, que esta ausencia de homenajes pone en evidencia, una vez más, la necesidad de rescatar la verdadera dimensión del juglar.

El filósofo Numas Armando Gil, quien se ha preocupado por descifrar los contenidos del folclor costeño, lo dijo hace unos años: ya vendrán las épocas en que a Juancho Polo Valencia lo recuerden como se merece, como un auténtico poeta de la metafísica.

JAVIER FRANCO ALTAMAR

Corresponsal de EL TIEMPO

BARRANQUILLA

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