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La lora diplomática II/ OPINIÓN

La lora diplomática II/ OPINIÓN

Por Loreley Noriega Acosta, abogada

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
19 de julio 2008 , 12:00 a. m.

 La semana pasada, en primera página, EL TIEMPO  publicó la fotografía de un campesino indio que llevaba en la parrilla de su bicicleta a un oso.

El pie de foto daba cuenta del decomiso del oso y su traslado a un zoológico  donde el animal se negaba a comer, de la entrega del  hijo menor del campesino a un hogar estatal y de la condena a prisión por dos años al desventurado indio.

Este caso, me recuerda uno reciente que no ocupó ninguna página. El de una solitaria anciana de 85 años que por causa de un disgusto con su vecina, fue denunciada ante el Inderena por la posesión de una lora que la venía acompañando desde hacía varios años. Resultado: Depresión severa de la anciana y por supuesto, de la lora; intolerancia y venganza de la vecina. 

Asimismo, y por haber conocido de primera mano su desenlace, la fotografía de ELTIEMPO me trajo a la memoria el famoso caso de Paquita, la lora diplomática, reseñado también, con amplio despliegue editorial, en enero y  febrero de 2005 en ese mismo periódico.

La historia, se refería a las peripecias y angustias que tuvo que padecer un diplomático caribeño, quien al terminar su misión en Colombia intentó sacar del país a "Paquita", una lora que por el año 2000 compró en el Batallón Cazadores del Caguán, cuando aún era "niña" y cuyo escaso plumaje, la hacía lucir flaca y triste.

El diplomático, se enamoró de la lora y se la regaló a su mujer, quien de inmediato la adoptó como a una hija, brindándole todos los cuidados y el afecto, que por fortuna, aún todavía le pueden prodigar.

Cuando el matrimonio iba de regreso a su país de origen, se encontró con la exigencia de unos requisitos legales contemplados en la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES),  adoptada desde 1981 en Colombia, normas que los obligaron a dejar la pobre lora. Ellos, el diplomático y su esposa, se marcharon con el alma partida al dejar un pedazo de su corazón con Paquita en Colombia.

A su vez, Paquita se negaba a comer. Sus dueños temían por su vida, en razón de los cuidados y el consentimiento que le prodigaban desde que la tuvieron con ellos, sentimientos que estaban seguros ella extrañaba.

En fin, lo cierto es que después del papeleo y de la intervención de lectores, expresidentes, ministros, etc., la lora felizmente llegó a su nuevo hogar. Allí, y luego de cumplir la cuarentena, la entregaron a la familia diplomática.

Al abrir el guacal donde se encontraba, ocurrió una escena conmovedora: la estremecida Paquita voló sorpresivamente y gritando el nombre de su dueña, se aferró a su cuello con evidente temor de desprenderse de ella. Toda una reacción de amor ante el reencuentro.

Si bien es válida la protección de estas especies ante la explotación excesiva, así como lo es también su preservación para futuras generaciones; en este caso como en los anteriores y tratándose de ejemplares domésticos, la legalidad no se compadece con los sentimientos ni las emociones de las personas y menos aún con los de los animales.

Marian Dawkins, catedrática de la Universidad de Oxford, en un foro de académicos reunidos en Londres, señaló:"El estudio de los sentimientos de los animales es uno de los ámbitos más interesantes de la biología" y añadió "A la hora de tomar decisiones y de debatir leyes relativas a los animales..., se debe escuchar, y con fuerza, las voces de los animales"

Paquita pese a estar con quienes quería estar, en su momento evidenció,  metafóricamente hablando, la clara confrontación entre la felicidad de unos y la miseria emocional de otros.
 
Dura lex sed lex; pero,  es excesiva.

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