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Columna/ El hombre, como el oso peludo, es ¿desastroso?

Columna/ El hombre, como el oso peludo, es ¿desastroso?

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
18 de julio 2008 , 12:00 a. m.

Quizás el único recuerdo darwiniano que nos queda de las cavernas es el pelo; esa elemental pelusa negra, en algunos casos rubia o roja, que se interpone entre la mano y la tez. Esa ramificación del folículo, que durante años enardeció a las damas de mantos largos, la misma que cubrió el cuerpo de King Kong, para ser más gráficos. Pero de eso ya pasaron miles de años, fue tan del siglo y hasta del milenio pasado.

El mismo hombre prehistórico de pelo en pecho fue quien descubrió el todopoderoso fuego y no fue un descubrimiento cuayas únicas funciones fueran para cocinar la carne o defenderse de las bestias (también peludas, por cierto). No. Fue también para calentarse y así poder despojarse de tanto pelo. En ese momento de creación, debo anunciar, en ese instante se debió abolir el vello y, por consiguiente, el hombre de pelo en pecho. Y de pelo en espalda y ni qué decir de pelo en nalga. Desde entonces se les debió decir adiós a los traseros llenos de púas como de erizo, apuntando hacia fuera. Como chapotear entre las algas. 

No es gratuito que en India hace miles de años se hayan inventado la técnica del hilo para arrancar cada bigote o que ahora, para hacernos la vida más acorde con la armonía de que menos es más, la tecnología desarrollara el láser y adiós pelos.

Sí, adiós al pelo, adiós a esa vellosidad parchada, casi tan deforestada como nuestras selvas; hasta nunca, deberíamos decir, a ese canal de vello negro (porque no importa el color de la piel, el pelo del ombligo para abajo es negro) que desemboca en el valle de las piernas. Adiós al beso en el tapete peludo de las nalgas.

Lo siento humildemente por el casi extinto primate del siglo XXI, que aún ronda nuestras calles y se sienta a comer en las mismas mesas que los demás más evolucionados -deberían ser fotografiados y postrados en base de mármol en algún museo; como reliquias-. Lo siento por ustedes hombres que aún guardan el lanaje de australopitecos, pero el pelo, el vello o como usted quiera llamar esa masita de flequillo que le sale, también se le llama pendejo.

POR PATRICIA CASTAÑEDA

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