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Sixto, el último de los tinigua

Sixto, el último de los tinigua

Sixto Muñoz vive como un ermitaño en la Serranía de La Macarena (Meta). Su etnia fue exterminada y es el último que habla su lengua.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
14 de junio 2008 , 12:00 a. m.

Como queriendo preservarse para la historia, Sixto Muñoz Mauricio vive en lo más profundo de la selva de la Serranía de La Macarena, alejado de cualquier rastro de civilización.

Tiene 72 años y tiene claro que es el último de los indígenas tinigua que habita esta basta serranía del sur del Meta.

Su choza, escondida entre vegetación espesa y a orillas de la Laguna Yarumales, a cuatro horas del casco urbano de La Macarena, la construyó hace diez años cuando todavía tenías las fuerzas para buscar la palma real, entrecruzar sus hojas y tejer el techo.

Para esa época estaba vivo su hermano mayor Criterio, otro de los sobrevivientes de la masacre de indios tiniguas, un triste episodio que ocurrió en los cincuenta y que el viejo indígena no olvida.

Sixto recuerda que ese fue el comienzo del fin de su etnia, su familia y su lengua nativa.

"Por eso nos vinimos a vivir aquí a la serranía. Antes estábamos en el Yarí (Caquetá). De mi familia mataron a cuatro, pero eso hubo como 300 muertos. Nos acabaron a todos", recuerda Sixto, a quien los años no han logrado borrarle esa época de violencia de 'chusmeros', caucheros y hasta de guerras tribales.

"Fue un señor de nombre Palma que quiso acabar con todas las mujeres tinigua. Todo porque no dejamos que se llevara a la fuerza a una hermana nuestra. De ahí en adelante empezó a matar a las más jóvenes y por eso se acabaron todos los tinigua", relata con un español que todavía se le dificulta hablar.

Otros historiadores indican que además de esta violencia de colonos, los tiniguas también se mermaron porque en algún momento se unieron con los huitotos en un enfrentamiento contra las etnias de los muinane y carijona.

Desde hace tres años, cuando murió su hermano mayor, Sixto dice sentirse más solo, pese a que él vivía a unas dos horas en lancha desde el caño Yarumales. Sus dos hijos se fueron a vivir a San José del Guaviare y no desean practicar las tradiciones y cantos de los tinigua. Y sus cuatro nietos, los únicos que han mostrado algún interés en aprender el lenguaje indígena, aparecen muy rara vez en La Macarena a visitarlo.

"No quisieron. No se interesaron. Nunca aprendieron bien", dice el viejo ermitaño de la selva, al preguntarle porque sus descendientes no hablan a la perfección el tinigua.

Fabiola Peralta, habitante de La Macarena y quien de niña conoció a Sixto, dice que todas las mañanas les cantaba canciones en tinigua a sus nietos y les hablaba.

"Antes de que él saliera a cultivar, conversaban y se reían mucho en las mañanas. Nadie les entendía, pero parecían felices", comenta la mujer, una de las pocas personas en quien Sixto confía y delante de la cual habla sin temores.

Es tal la confianza con esta amiga, que la última vez que el viejo tinigua se aventuró a pisar el cemento, fue hace seis meses cuando llegó a La Macarena al entierro del padre de Fabiola, a quien estimaba mucho.

"No tengo a qué ir al pueblo. Aquí tengo todo: mi comida, mi casa... mis medicinas", dice con su voz desgastada a la que se debe estar atento para concatenar las palabras.

Lo que él llama 'mis medicinas' son las hierbas de la selva.

Sixto sabe exactamente cuáles son las combinaciones de raíces y hojas que le alivian el dolor de cabeza, de muela o de estómago.

Tradiciones que quedan y se van

Hace tan solo un mes, cuando padeció una neumonía que casi lo mata, apenas tuvo alientos para levantarse e ir a buscar las hierbas que necesitaba.

"Me recé el dolor de pulmón y pasó . Este es mi hospital", dice, mientras señala con su dedo índice los alrededores de su rancho.

Es tan bueno rezando enfermedades que para muchos habitantes de veredas cercanas a La Macarena, Sixto es más famoso por su efectividad para curar males, que por ser el último en hablar una lengua en extinción.

"Vienen de otras veredas a buscarlo para que les rece el riñón, el dolor de muelas y hasta el ganado, pero a él no le gusta meterse con animales", explica Ismael Medellín, otro de los pocos amigos de Sixto.

"Me lo enseñaron mis padres, pero no rezo animales ni hago pócimas para amor. Cuando una mujer que se enamore que lo haga sin ayudas", dice el viejo indígena.

A pesar de vivir en plena serranía de La Macarena, uno de los teatros de operaciones militares más importantes que tiene el conflicto en Colombia, Sixto dice vivir tranquilamente porque no se mete con nadie.

"Por aquí pasan los unos y los otros. Siempre han pasado, siempre armados. Para poder vivir aquí en selva, hay que saber vivir y no meterse con nadie", afirma.

Pero el temor a la guerra sí ahuyentó a sus hijos y nietos Por eso, la soledad que hoy siente la demuestra al no seguir con sus tradiciones.

"Ya no me gusta pintarme la cara. Antes lo hacía con pinturas de bejucos. Hace más de 20 años que no lo hago, pero sigo cantando en tinigua", dice y canta.

Al entonar el canto, dice que es a la naturaleza y que es una melodía triste, pero no explica la razón.

Al pedírsele que hable algo en su propia lengua, después de pensarlo por algunos momentos, lo único que se limita a decir, con voz entrecortada es 'Ki pa nibe tinigua', que significa 'Soy el último tinigua'.

Las lenguas en riesgo

Para Jon Landaburo, doctor en lingüística de la Universidad de La Sorbona en París, y actual asesor del Ministerio de Cultura, es imposible preservar la lengua tinigua. "Este es el final. Lo único que nos queda es recoger sus testimonios y tratar de dejar registros de su voz, sus cantos y costumbres para la memoria histórica, pero ya no podemos hacer nada", explicó. El Ministerio de Cultura cree que desde la época de La Conquista se han perdido entre 100 y 200 lenguas en Colombia. Un reporte reciente de esa cartera reveló que además están por desaparecer el nonuya, de la familia uitoto (Putumayo); el carijona, de la familia caribe (Bajo Caquetá); el totoró de la familia barbacoa (Cauca) y el pisamira, de la familia tukano (Vaupés).

JHON ALFONSO MORENO
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
SERRANÍA LA MACARENA

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