Aunque se renueva con una inversión de 35 mil millones de pesos, los recuerdos y las historias siguen intactas, como aquella del 9 de abril de 1948 cuando Jorge Eliécer Gaitán aceptó ir a almorzar al hotel con sus entrañables amigos Plinio Mendoza Neira, Jorge Padilla, Alejandro Vallejo y Pedro Eliseo Cruz, horas antes de su asesinato.
También hay historias de las reuniones estratégicas de las selecciones de fútbol que arribaban a Bogotá para enfrentar a Colombia y se hospedaban en el hotel que, de hecho, antes de recibir a variedad de visitantes se proyectaba -por encargo de sus propietarios italianos, Sergio Cozza y Aldo Salvino- como un edificio de almacenes con mezanine en el primer piso y siete planchas superiores para oficinas.
Sin embargo, fue durante la IX Conferencia Panamericana que el gobierno exigió convertirlo en hotel ante la falta de alojamiento para los participantes. A este proceso se sumó el arquitecto Vicente Nassi. De ahí en adelante el lugar fue refugio de muchos, especialmente después del incendio de los hoteles Regina y Atlántico el 9 de abril. Y fue tal la demanda que en la década del 50 la firma Cuéllar Serrano Gómez lo amplió.
Para la ciudad contar con un hotel de esas características fue todo un honor. Además se convirtió en un reto para los arquitectos y diseñadores de la época, pues era el primer hotel moderno, con una geometría simple y una fachada de vidrieras continuas que llamaban la atención a propios y extraños.
Al caminar por el primer piso y mezanine se evidenciaban las áreas públicas del edificio, un cuerpo que aún está enchapado en mármol con amplios vanos tratados con carpintería metálica y un doble acceso con alero. Arriba, en el segundo y en el octavo piso se distinguía un cuerpo en voladizo enchapado en piedra blanca bogotana. El coronamiento del edificio, en el noveno piso, era un ventanal enmarcado entre dos profundas terrazas laterales.
Luego, entre los años 60 y 80 el hotel le apostó a la transformación. Para ello se adicionaron algunas estructuras en la cubierta y se modificó el ventanal del primer piso y el mezanine; sin embargo, en los 80 la ocupación de sus habitaciones, de tan solo 20 por ciento, presagiaron lo que vendría posteriormente: su decadencia.
Los dueños optaron por venderlo y su abandono dio pie al vandalismo. En el 2000, era evidente el deterioro del edificio; la fachada de la Avenida Jiménez presentaba daños físicos por adiciones, mutilaciones, oxidación y corrosión en la carpintería metálica de la ventanería y la humedad por aguas no controladas.
A pesar de esto, la firma constructora Coninsa Ramón H. le apostó su restauración y adecuación para vivienda, sin dejar de lado sus características históricas y su fachada, debido a que es un inmueble de conservación y patrimonio histórico y cultural de la ciudad.
A ese proceso se sumaron Didier Rincón, arquitecto experto y estudioso del centro de Bogotá, y Juan Tamasco, especializado en reconstruir y repotenciar este tipo de obras, quienes de nuevo pusieron al Continental en el mapa de una historia bogotana que también tiene a la arquitectura como protagonista.