Torero y ganadero / Crónica de Antonio Caballero sobre despedida de César Rincón en Duitama

Torero y ganadero / Crónica de Antonio Caballero sobre despedida de César Rincón en Duitama

En la corrida del lunes en Duitama, al César Rincón ganadero le indultó un toro Sebastián Castella con ayuda del entusiasmo del público y de la benevolencia de la presidencia de la plaza.

08 de enero 2008 , 12:00 a.m.

Un toro muy noble y muy fijo, bondadoso, dulce como la miel. Castella le hizo una larga faena de suave quietud, de quieta suavidad, limpia y flexible, sin exigencias. Era sin duda el mejor toro del encierro, pero no era de indulto. Y si la faena del torero francés se lo ganó, lo debió en buena parte a que el entusiasmo del público y la benevolencia de la presidencia se los había ganado ya la faena anterior: la del César Rincón torero, al cuarto de la tarde.

Pues en Duitama le fue mejor al César torero que al Rincón ganadero. La corrida empezó mal, bajo una llovizna persistente, con tres toros descastados y mansotes de Las Ventas del Espíritu Santo. Silencio de la plaza repleta para Rincón, para Castella y para Luis Bolívar, por sus tres anodinas faenas a sus tres sosos animales. Y salió el cuarto, zancudo y altón, desgarbado, reacio y tardo en el capote, distraído en varas. Y Rincón lo embarcó en la muleta.

Embarcar a un toro en la muleta es, como el verbo lo indica, obligarlo a montarse en ella como quien se monta en una barca sin posibilidad de echar pie atrás, de echar pie a tierra. Rincón lo suele hacer desde muchos pasos de distancia, adelantando el engaño (que así se llama, de manera engañosa, la muleta; porque no es un engaño, sino lo más cierto que hay en un ruedo) plano y claro en el cite, dándole una leve sacudida acompañada de una voz breve y seca para provocar la acometida, y recibiéndola en el cuenco de los pliegues como en una cuchara para llevarla hacia atrás, que desde el punto de vista del toro quiere decir hacia delante. La muleta va delante, el toro viene detrás, siguiendo el trazo del pase, y en esa persecución la acometida se refina en embestida hipnotizada. También se llaman pases, como los del toreo, los que los hipnotizadores de salón dibujan en la cara de los hipnotizados.

Torear consiste (entre otras muchas cosas: hay cien definiciones) en enseñarle al toro a embestir. En enseñarle a acompasar el paso en el dibujo del pase, y esa tarea de enseñanza es la que mejor define el toreo de Rincón, que es un toreo de creciente dominio. Al cabo de cinco pausadas tandas de seis pases cada una, el toro sabe embestir como si lo hubiera aprendido desde niño.

Dos orejas cobró Rincón por esa faena de maestro. Las dos y el rabo simbólico del indulto cobró a continuación Castella, llevado por la cresta de esa ola, por una faena más bonita que honda. Y ninguna, por fallar con la espada, cobró Bolívar por la suya, más porfiada que limpia.

Nos quedó la lección de Rincón, que hipnotizó al toro, al público y al habitualmente severo asesor presidencial don Manuel Santamaría, llevando al triunfo una tarde que se anunciaba mediocre. Gracias torero. Y enhorabuena, ganadero.

ANTONIO CABALLERO
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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