Aniversario del día del pan envenenado en Chiquinquirá

Aniversario del día del pan envenenado en Chiquinquirá

Este 25 de noviembre se cumplen cuatro décadas del trágico sábado en el que 86 niñas y niños murieron envenenados.

22 de noviembre 2007 , 12:00 a.m.

La llamada Ciudad Mariana aún no se reponía de los daños que dejó a la población el terrible terremoto del 29 de julio de 1967, cuando sus pobladores debieron contemplar, impotentes, cómo morían inocentes niños en medio de terribles dolores.
Ocurrió entre las seis y las siete de la mañana de ese último sábado de noviembre, cuando decenas de pequeños consumieron el delicioso y caliente pan al desayuno, antes de salir, la mayoría, a la última clase del año escolar, que se clausuraba ese día.
Tal vez 200 o 300 panes amasados con la harina de un costal sobre el que se derramó un frasco de Folidol, veneno fosforado, con la irresponsable anuencia del propietario de la Panadería Nutibara, que, dicen, ignoró el reclamo que sobre el mal olor que tenía esa harina hizo su panadero, quien se quejó por el mareo que le produjo semejante aroma. "Hágale", reseñan testigos que dijo el hombre al asustado y pálido panadero, después de recriminarlo por su supuesto guayabo.
"Por esta razón es que en diciembre de ese 1967 en decenas de hogares de Chiquinquirá no se cantaron los villancicos", relata el historiador local Víctor Raúl Rojas Peña, en una crónica sobre el día fatal (ver apartes).
Así fue el cierre de un trágico año que enlutó más de 200 familias y del que quedan recuerdos dolorosos, como epitafios no escritos en corazones de los dolientes, y la reseña archivada en las páginas de los periódicos nacionales EL TIEMPO y El Espectador.
Evocación dolorosa
Pero en la memoria de algunos sobrevivientes el dolor reaviva al repasar ese capítulo de sus vidas en el que fueron protagonistas de lejos o de cerca.
El escritor Rojas Peña recoge detalles de esos luctuosos hechos que este domingo cumplen 40 años. 

"Nadie pensó que en el sencillo pan de esa feliz mañana (día de clausura académica en los planteles educativos locales), estaba sentada la muerte con su horrible mueca de desprecio (...) había sido transportada en un camión que traía la harina para los amasijos de la panadería Nutibara, de Aurelio Fajardo y sobre la cual derramó su contenido un frasco de veneno que se rompió (...).

Araceli de Romero sostenía entre sus brazos, ya muerta, a su pequeña hija de 4 meses, y explicó que había cortado un pedazo de pan, lo había remojado en chocolate y se lo había entregado a la niña... a los pocos minutos había muerto en medio de terribles convulsiones..." (ver recuadro).

A finales de 1987, 20 años después, Rojas Peña fue encargado por la Uptc de organizar un simposio sobre la tragedia. Recuerda que en unas fotos con las víctimas de la época, obsequiadas por El Espectador para el evento, Rojas descubriría el rostro de un compañero de estudio, que creía vivo, en algún banco de la Costa, pues de allí era oriundo. Lo lloró 20 años después.

Alarma ignorada
Por Raúl Rojas Peña*
"El 24 de noviembre, un día antes, en un camión, desde Bogotá, se transportó la harina para los amasijos de la panadería de Aurelio Fajardo. Antes de que el automotor saliera de la capital, alguien lo detuvo para pedirle a su conductor, Floresmiro Vargas, que llevara una caja a Alberto Rodríguez, de un almacén. La caja contenía varios frascos del veneno fosforado Folidol y uno de ellos se rompió por el camino, contaminando la harina. Dicen que el fuerte olor fue advertido por el panadero de Fajardo, quien sufrió un mareo con solo aspirarlo. También dicen que el propietario ignoró la advertencia (...) El pan comenzó a circular a las seis de la mañana. A las siete los niños se revolcaban del dolor de estómago mientras sus madres corrían desesperadas por las calles aledañas al hospital buscando ayuda...".
"Horas más tarde, una turba de gentes doloridas y furiosas se apostó frente a la panadería de Aurelio Fajardo, que también era su residencia. Le gritaban palabrotas y lo retaban a que saliera para cruzarlo a puñal, mientras afilaban los estoques en las piedras de la calle. Debió intervenir la Policía (...).
"El sepelio colectivo de las víctimas, realizado en dos ceremonias... sobrepasó los límites del escalofrío...".
*Escritor e historiador

 

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