Inmigración japonesa al Valle del Cauca dio origen a la película colombiana 'El sueño del paraíso'

Inmigración japonesa al Valle del Cauca dio origen a la película colombiana 'El sueño del paraíso'

Se trata de un sueño que el realizador caleño Carlos Palau hubiera querido hacer realidad con mejores actores, una cámara de alta calidad y un presupuesto más amplio.

18 de octubre 2007 , 12:00 a.m.

Es, sin duda, una historia fascinante e inédita en el cine colombiano sobre por qué y cómo inmigró un grupo de orientales a esta zona del país, explica Palau.

Sin embargo, el realizador colombiano está molesto porque los exhibidores le han advertido que el filme -que se estrenó hace una semana- no ha conseguido la taquilla necesaria, lo que ocasionará que salga pronto de las salas. Y también porque la gente le pregunta por qué la película no ha tenido publicidad. "Pues porque no tengo plata", les responde enérgicamente el realizador caleño.

Palau conocía la historia desde hacía tiempo. Se la había contado un amigo de origen japonés. Era un relato de amor entre Isabel Sarmiento y Juzo Takeshima, joven filólogo japonés que se dejó seducir por la novela María, de Jorge Isaacs, y soñó con que ese lugar lejano y paradisíaco podía redimirlo de la pobreza.

"María es la que les revela el país. A partir del libro se crea una imaginería de un lugar que nadie conoce. Entonces, se vienen en barco cinco muchachos, entre los 18 y 23 años. Cuando llegan a Buenaventura creen que se han equivocado de continente", comenta Palau, el director de A la salida nos vemos y Hábitos sucios.

El sueño de los japoneses, entonces, se opacó cuando llegó la Segunda Guerra Mundial y fueron obligados, después de haber trabajado la tierra e implementado sus técnicas en el Valle del Cauca, a irse a un campo de concentración en Fusagasugá, junto con inmigrantes alemanes e italianos.

La película trata de recoger esa memoria que, si bien no está perdida, es conocida por pocos en nuestro país. Palau incluye el paisaje vallecaucano como otro personaje de su narración. Exalta, a veces con gran belleza, las planicies, la vegetación, el colorido y el sonido de las chicharras. Esa contemplación también incluye las costumbres japonesas: sus cantos, sus bailes, sus vestidos.

"Este es un país anegado en sangre. Nos dejamos convencer de que esto es horrible, pero uno voltea la cara y es hermoso", comenta el cineasta.

Tanta belleza y tanto potencial de la historia, sin embargo, se resintieron frente a los problemas de actuación del filme, a escenas repetitivas o sobrantes y a la precaria calidad técnica de la cinta.

En japonés

"Me da un dolor ver las falencias de la película. Con plata yo hubiera hecho una maravilla", agrega Palau, que destinó solo 40 millones de pesos a su rodaje.

Trabajó con los familiares de esos primeros inmigrantes japoneses, que jamás habían actuado y les pidió que hablaran el idioma de sus antepasados (muchos lo habían dejado de practicar y tuvieron que acudir a Nao Suzuki, que actuó en el filme e hizo las veces de profesor de fonética).

Fueron cinco meses de ensayos y el resultado es decoroso. El problema en la actuación fue realmente de los colombianos que interpretan a los hacendados del filme, encabezados por Alejandro Buenaventura, y de quienes hicieron el papel de alemanes e italianos.

Palau dice estar harto de rodar "al debe" y con tan poco dinero. Sin medirse, se lanza a decir que se va a retirar. "Me dolió mucho que no me pararan bolas en Bogotá para hacer El sueño... La puse a participar en todas las convocatorias, pero no pasó nada. Voy a retirarme del cine. Estoy deslumbrado con tanto derroche de dinero para otras películas colombianas, como Esto huele mal, a la que le entregaron 500 millones de pesos. Es que para las 'comedietas' sí hay plata como un berraco".

El sueño del paraíso fue hecha en video con una cámara "vieja", como Palau la describe, y prestada por una universidad de Cali. El rodaje duró tres meses y la posproducción, un año y ocho meses. ¿Cuál es el mayor logro de la película?, se le pregunta. Y él responde: "Haberla podido hacer. Eso fue un milagro".

PAOLA VILLAMARÍN
REDACTORA DE EL TIEMPO

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